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libro septimo.

Al dia siguiente celebraron consejo los palaciegos

Acuerdo de

de Fernando para acordar el sistema que convenia seguir en vista del cuadro que de la situacion de España habia bosquejado el duque de San Carlos á su vuelta de la corte castellana. Y despues de debatir el asunto con la desmesura propia de hombres avasallados por las pasiones, opinaron que el monarca no debia soltar prenda en favor del códı- los consejeros

de Valencey. go constitucional, ni tampoco declararse en guerra abierta contra los liberales hasta que sin riesgo alguno pudiese abolir las nuevas leyes. Porque en una nacion en armas, y que con tantos prodigios de va. lor acababa de asombrar al mundo, menester era caminar con paso mesurado, y no despeñarse en errores que comprometiesen la suerte del trono. Observar pues el estado de la opinion en las poblaciones del tránsito; activar los trabajos de las minas con que los conciliábulos realistas pensaban volar el templo de la libertad, y doblarse en caso necesario al peso de las circunstancias, fue la clave de la política aprobada por los consejeros de Valencey.

Adoptado este plan, partió el dia 10 de la residencia real el mariscal de campo don José Zayas, con orden de que se preparasen los pueblos para la entrada del rey, y con una carta dirigida a la Viajede Zayas. regencia, en que empleando el lenguaje ambiguo

Ma r20 de

1814.

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que convenia á sus tortuosos fines, decia el princi

pe: "En cuanto al restablecimiento de las Cortes Carta á la re- de que me habla la regencia, como á todo lo

que gencia. puede haberse hecho durante mi ausencia, que sea

útil al reino, merecerá mi aprobacion, como confor(* Ap. lib. me á mis reales intenciones.” (*) Acompañado desnúm. 1.)

de Gerona, donde se hallaba entonces el cuartel
general, por un oficial del estado mayor, llegó Za-
yas á la capital de la monarquía, y despertó còn
tan fausta nueva estraordinario entusiasmo. Rego-
cijáronse las Cortes, cayendo los diputados liberales
en el anzuelo de aquellas palabras oscuras, que in-
terpretaron en favor de la libertad, aunque encer-
raban su muerte en el sentido verdadero. Y en
muestra del gozo que henchía sus corazones dieron
un decreto, en el que declaraban igualmente el
aprecio con que miraban al general Zayas.

Con el título de conde de Barcelona empren

dió el rey su viaje el 13 del mismo Marzo, en Sale Fernando compañía de los infantes don Carlos y don Antode Valencey.

nio y de sus favoritos, con direccion á Tolosa y
Perpiñan, segun habia ordenado el emperador de
los franceses, para que las personas reales no tro-
pezasen con el ejército britano. Aguardábalos alli
el mariscal Suchet, á quien habia prevenido el go-
bierno de las Tullerías que retuviese en Barcelo-
na al monarca español en rehenes hasta que regre-
sasen libres á Francia las guarniciones bloqueadas en
las provincias de Cataluña y Valencia. Mas observan-
do el mariscal el disgusto de Fernando, que deseaba
encaminarse en derechura á Valencia, y queriendo
coinplacerle para que le confirmase la posesion de
la Albufera, que al decir de Suchet le fue ofrecida,
contentose con que el infante don Carlos permane-
ciese en Perpiñan como prenda de lo pactado.

En Tolosa y demas puntos del imperio que re-
Su promesa é corrieron los príncipes, prometió S. M. á los refu-

1814.

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sa do s.

Marzo 1814.

giados españoles que en tanto número se habian los afrancealbergado en Francia, abrirles las puertas de la patria, porque queria ser el padre de sus súbditos, y acogerlos todos bajo su manto real, sin mirar á partidos ni opiniones pasadas, y porque asi lo habia estipulado en el convenio de Valencey. Alegres y asegurados con tan sagrada promesa, festejáronle aquellos infelices unidos á los prisioneros, que corrian á contemplar al rey, espoleados tambien con el acicate de los premios que dijo iba á distribuirles apenas recobrase el cetro. El 22 holló Fernando la tierra natal, parándose el 23 en Figueras á causa de la creciente del Fluviá: y Suchet le rogó que aligerase la suerte de los prisioneros, y acelerase la vuelta á Francia de las indicadas guarniciones. Ofreciólo asi S. M., y aun estampó San Carlos una promesa formal en cuanto al regreso de los franceses sitiados, al margen de cuyo papel se leía de puño del rey: "Apruebo este oficio. Fernando.'

Avisado don Francisco Copons, general del primer ejército hispano, de que se acercaba el monarca, preparó sus legiones para tributar el debido homenage al que venia á ceñirse otra vez una corona con tanta porfia disputada por el conquistador del siglo. Con este fin tendió sus tropas por la orilla derecha del Fluviá al alborear los primeros rayos del dia 24, mientras los franceses se colocaban en la margen opuesta, formando entre ambas huestes una especie de anfiteatro. La armonía de las músicas militares, el estruendo de las salvas, el hacinamiento de los soldados y paisanos que se dirigian á bandadas de los lugares vecinos, separados amigos y enemigos por los cristales del rio en que reflejaba su tréinula luinbre el sol, aumentáronse con la señal de nueve cañonazos, que precedidos de un parlamento, anun

ciaron al rey Fernando. No tardó á aparecer el Entra en príncipe en la llanura izquierda del Fluviá acomEspaña. pañado de su tio el infante don Antonio

у

del mariscal Suchet, á quien seguian algunos caballos. Adelantose Mr. de Saint-Cyr Nugues, gefe del estado mayor contrario, para participar al general Copons que S. M. iba á atravesar el rio, y de jando la escolta francesa, á entrar en el ejercicio de su libertad, Sería la hora del medio dia, cuando habiendo estampado el rey sus pies en la orilla derecha con solo el infante y los suyos, recibió el primer homenage del general Copons, quien hincada la rodilla, pronunció un breve discurso gratulatorio, y puso en las reales manos un pliego cerrado y sellado, que le habia remitido la regencia del reino, y que contenia una carta para S. M. informándole del estado de la nacion y de

sus sacrificios, con varios documentos, todo en cum1814. plimiento del artículo 3.o del decreto de 2 de Fe

brero. Embriagados de gozo los españoles que presenciaron aquel acto, entregáronse á los transportes del entusiasıno que inspiraba la presencia de un monarca querido despues de seis años de ausencia. Y mientras revistaba Fernando aquellas tropas vencedoras en tantos combates, y desfilaban los batallones en columna por delante de las augustas personas, un grito unánime de amor y de alegría rompia los aires, grito de esperanzas que no se realizaron, grito de ventura que no tardó en einponzoñar el infortunio.

El inismo 24 entró el rey en la heróica GePasa por Ge

rona, llena de escombros, fresca la sangre derramada por sus defensores, y remnoyida aun la tierra que sepultaba á tantos heróes contra cuyos pechos se estrelló repetidas veces el arrojo de los adalides del imperio. Pero Fernando, no miraba aquellas ruinas, que la adulacion adornaba con

Marzo de 1814.

rona.

colgaduras, sino observaba el camino sembrado de flores, y en todas partes comenzaba á herir sus ojos el espectáculo de Neron en Roma, quien, como dice el elocuente Tácito, "veía agolparse á su entrada las tribus, los senadores en hábito de fiesta, y cuadrillas de esposos y de sus hijos colocados conforme al sexo y á la edad, y construidos tablados por donde pasaba, como en los triunfos.” (*) Y el lienzo de la muralla der- (* Ap. lib. 7. ruido , abiertas aun las brechas, ennegrecidas las núm. 2.) blancas alınenas con el humo, las casas sin techumbre, y las calles obstruidas con el maderage medio abrasado, debieron ser ornamento de gloria para la ilustre Gerona, si hubiese palpitado en el pecho del príncipe un corazon agradecido. ¡Qué escena!¡Una ciudad destruida, millares de hombres muertos por defender á un solo hornbre, y este hombre atravesando aquellas ruinas tranquilo, como si los ciudadanos alli sacrificados hubiesen solamente pagado una deuda, rendido un tributo! Confiado Suchet en la real palabra, soltó al infante don Carlos, acoinpañándole el 26 hasta las márgenes del Fluviá, Marzo de 1814. desde donde se trasladó S. A. á Gerona, entrando en compañía de su regio hermano, que habia salido á recibirle.

El general Copons, firme en su propósito de cumplir á la letra el citado decreto de 2 de Febrero, no consintió que regresasen á Francia las guarniciones bloqueadas, conforme á la promesa que tan solemnemente habia hecho el monarca al mariscal del iinperio. Asi al lado de la ebriedad pública, de los arcos de triunfo, de las alfonbras de rosas, y de las entusiasmadas aclamaciones que ensoberbecian el ánimo de Fernando, hallaba éste en el general de las Cortes una resistencia in.lexible que no se maridaba con las genuflexiones y bajeza del vulgo, tirando cual bestia de carga del coche del príncipe en los T. II.

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