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rona, Gaspar de Verona y Poggio Bracciolini; y en aquella época empiezan tambien á intimarse las relaciones literarias de España y de Italia, á donde

y fueron para asistir a los concilios de Constanza y Basilea, entre otros, D. Diego Gomez de Fuensalida, obispo de Zamora, D. Gonzalo García de Santa María, D. Juan de Silva, D. Alvaro de Isorna, obispo de Cuenca, siendo el más notable y famoso de todos estos egregios castellanos Don Alonso de Cartagena, ántes nombrado. En tan claros ingenios no pudo menos de causar profunda impresion aquella grande actividad literaria, despertando su admiracion y entusiasmo los maravillosos descubrimientos literarios que por entonces se hacian. Desde aquel tiempo y por muchos años la comunion intelectual entre España é Italia fué estrechísima, habiendo contribuido eficazmente á fortalecerla el establecimiento en el trono de Nápoles de la dinastía aragonesa, que en aquel tiempo era una rama de la de Castilla. Alonso V, hijo del gran D. Fernando el de Antequera, elevado al trono de Aragon por el compromiso de Caspe, era uno de aquellos infantes de Aragon, de que habla en sus famosas coplas Jorge Manrique, y el amor de este príncipe, tan turbulento en Castilla

como glorioso en Italia, a las letras y á las ciencias fué tan grande y es tan conocido que no es menester probarlo.

Unidas más tarde las coronas de Aragon y

de

Castilla por el feliz enlace de D. Fernando y de Doña Isabel, y poseedor el primero del reino de Nápoles, Italia fué el teatro de las glorias españolas, y la comunicacion entre los ingenios de ambas naciones cada vez más íntima, hasta el punto de que italianos y españoles aparecen, no obstante las vicisitudes de las guerras y de la política, como hijos de una misma patria. Al finalizar el siglo xv y principiar el siguiente, en el órden literario, reina entre ambos pueblos una admirable semejanza; el Renacimiento clásico domina en ambas penínsulas, y en el mismo período florecen en Italia Beroaldo, Jorge Merula y Demetrio Chalcondilas, y en España Nebrija y Barbosa, profundos conocedores de los idiomas griego y latino; y así en una como en otra nacion se desarrolló de tal manera el conocimiento de este último idioma y su uso entre los eruditos, que la mayor parte de ellos lo emplearon en las obras en prosa y verso á que

daban

mayor portancia, y en que ponian mayor esmero.

No se abandonaba, sin embargo, por completo el estudio de las lenguas vulgares que tantos escritores habian ya ilustrado, porque no era posible que cayesen en olvido idiomas que habian ennoblecido D. Alonso X, Juan de Mena y tantos otros en nuestra patria, y en Italia ingenios tan profundos como Dante y Petrarca, ó tan agudos como Boccacio. Así es que al empezar el siglo xvi culti

im

van la prosa y la poesía italiana Navajero, Bembo y Castellon, á más del Tasso y de Ariosto, y

y escriben en el habla de Castilla, Pulgar, el cura de los Palacios, Juan del Encina y otros egregios escritores.

Las glorias de España llegan á su más alto punto en el reinado de Cárlos I de España, quien logra tener bajo su cetro todos los reinos en que antes estuvo dividida la península, menos el de Portugal, y que extiende su dominacion á la mayor parte de Italia, sin contar con los estados que constituian el imperio germánico, y con los inmensos territorios que iban agregando á la corona de Castilla los heroicos caudillos, que, con tan pocos medios como grandísimo valor y pericia, conquistaban y sometian el continente nuevamente descubierto por la grandeza de ánimo de la Reina Católica.

Los estados independientes de Italia, así la aristocrática y poderosa república de Venecia como los duques de Florencia y los Pontífices, se apresuraban a tratar paces con el César siempre que sus victorias parecian extender y fortificar su inmenso poder, sin perjuicio de confederarse contra él con los francesss ó con cualquier otra nacion, si por este medio creian que habian de lograr poner coto al predominio de España, la cual fué sin duda por entonces un gran peligro para la independencia de todos los pueblos de Europa. Estas

b

circunstancias fueron parte á que, ademas del contínuo roce de los españoles y de los italianos con

y motivo de las guerras y de la posesion legal y pacífica de ciertos estados de Italia, la venida á España de embajadores y nuncios de los estados independientes estableciera entre ambos pueblos nuevos medios de comunicacion intelectual, y á que Italia, más adelantada en las ciencias y en las artes, ejerciera en España poderosa y decisiva influencia.

Aun no habian alcanzado las armas españolas la señalada victoria de Pavía, que hizo por entonces incontrastable nuestro poder en Italia y en el resto de Europa, cuando ya el Papa Clemente VII habia enviado á España por apoderado y representante suyo al Conde Baltasar Castellon, fiando á su prudencia, á su talento y al poderoso atractivo de su elegante persona,

el captarse la voluntad del César, haciéndole olvi dar las señales de desafecto, y aun de enemiga, que le habia mostrado. Mas arteros todavía los venecianos, detuvieron con diversos pretextos á sus embajadores; pero conocido el triunfo de las armas españolas y la prision del rey Francisco, fué tan rápido su viaje a España despues de este suceso como perezoso y

lento habia sido miéntras atravesaban la Italia.

El 11 de Febrero de 1525 entró en Madrid el Conde Castellon, y el 25 de Abril del mismo año

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