Sammlung spanischer gedichte

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Adolf Kressner
Renger, 1891 - 200 páginas
 

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Página 62 - Desde la cumbre airosa Una fontana pura Hasta llegar corriendo se apresura. Y luego sosegada El paso entre los árboles torciendo, El suelo de pasada De verdura vistiendo, Y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, Y ofrece mil olores al sentido, Los árboles menea •Con un manso ruido, Que del oro y del cetro pone olvido.
Página 61 - Los pocos sabios que en el mundo han sido ! Que no le enturbia el pecho De los soberbios grandes el estado, Ni del dorado techo Se admira fabricado Del sabio moro, en jaspes sustentado ; No cura si la fama Canta con voz su nombre pregonera, Ni cura si encarama La lengua lisonjera Lo que condena la verdad sincera.
Página 60 - ¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!
Página 17 - No LAS damas, amor, no gentilezas de caballeros canto enamorados, ni las muestras, regalos y ternezas de amorosos afectos y cuidados; mas el valor, los hechos, las proezas de aquellos españoles esforzados, que a la cerviz de Arauco no domada pusieron duro yugo por la espada.
Página 183 - ... me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos!... ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno? ¡No sé; pero hay algo que explicar no puedo, que al par nos infunde repugnancia y duelo al dejar tan tristes, tan solos, los muertos!
Página 83 - Madrid, castillo famoso que al rey moro alivia el miedo, arde en fiestas en su coso por ser el natal dichoso de Alimenón de Toledo.
Página 87 - Sultana, aunque bien entiendo ser favores excesivos, mi corto don admitiendo; si no os dignáredes ser con él benigna, advertid que a mí me basta saber que no le debo ofrecer a otra persona en Madrid».
Página 62 - ... sosegada, el paso entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los árboles menea con un manso ruido, que del oro y del cetro pone olvido. Ténganse su tesoro los que de un falso leño se confían; no es mío ver el lloro de los que desconfían cuando el cierzo y el ábrego porfían.
Página 120 - DAOIZ, intrépido VELARDE, que osando resistir al gran torrente, dar supisteis en flor la dulce vida con firme pecho y con serena frente. Si de mi libre musa jamás el eco adormeció...
Página 130 - ¿Al toro no miráis? El suelo escarban de insoportable ardor sus pies heridos: la frente poderosa levantando, y en la hinchada nariz fuego aspirando, llama la tempestad con sus bramidos. ¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando vela en triste vapor su faz gloriosa, y su disco nublado sólo vierte luz fúnebre y sombría, que no es noche ni día... ¡Pavoroso color, velo de muerte!

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