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pecialmente de los objetos que nos rodeaban; así fué como supimos que su isla se llamaba Zuloan. No es muy grande. Sus habitantes eran afables y honrados. Por deferencia a nuestro jefe, le condujeron en sus canoas a los depósitos en que tenian sus mercaderías, como ser clavo de olor, pimienta, nuez moscada, oro, etc., etc., dándonos a entender por señas que las regiones hácia donde nos dirigíamos producian en abundancia todas estas especias. El comandante les invitó, a su vez, á que pasasen a bordo de su nave, donde les hizo ver todo lo que podia sorprenderles por la novedad. En el momento en que iban a partir hizo disparar una bombarda, de que se espantaron tanto que muchos se preparaban a tirarse al mar para huir, aunque no costó mucho persuadirles a que no tenian nada que temer, de suerte que se despidieron tranquilamente, asegurándonos que regresarian muy pronto, segun nos lo habian prometido ántes. La isla desierta en la cual estábamos instalados la nombran los insulares Humunu, pero nosotros la designamos con el nombre de Aguada de los Buenos Indicios, porque habíamos encontrado ahí dos vertientes de una agua esquisita, y porque observamos las primeras señales de que habia oro en el país. Se encuentra tambien en ella el coral blanco, árboles cuyos frutos, mas pequeños que los de nuestros almendros, se asemejan mucho a los piñones del pino, várias especies de palmeras, de las cuales algunas producen fruto comestible, y

otras nó.

Habiendo percibido a nuestro derredor cierto número de islas el quinto domingo de cuaresma, que se llama de Lázaro, les dimos el nombre de archipiélago de San Lázaro. Se halla situado hácia el grado diez de latitud setentrional y a ciento sesenta y uno de ongitud de la línea de demarcacion.2

El viernes, dia veintidos del mes, cumplieron los isleños su palabra, llegando con dos canoas llenas de cocos, naranjas y un cántaro repleto de vino de palma, y un gallo para manifestarnos

1 Son las que en seguida se llamaron Filipinas.

2 Estas islas no están situadas, como dice Pigafetta, en el grado ciento sesenta y uno, aunque es verdad que hasta el tiempo de Dampierre, se erraba su longitud en veinticino grados, es dudoso que Magallanes hubiese caido en este error, estando interesado en acer creer que las Molucas se hallaban ántes del grado ciento ochenta.

que tenian gallinas. Compramos todo lo que trajeron. Su jefe era un anciano, con el rostro pintado y pendientes de oro en las orejas; y los de su séquito, traian en los brazos brazaletes de oro y pañuelos que les rodeaban la cabeza.

Pasamos ocho dias en esta isla, yendo el comandante diariamente a tierra a visitar a los enfermos, llevándoles vino de cocotero, que les probaba muy bien.

Los habitantes de las islas inmediatas a aquella en que estábamos, usaban en las orejas unos agujeros tan grandes y las tenian tan prolongadas, que por él se podia pasar el brazo.

Estos pueblos son cafres, esto es, gentiles. Andan desnudos, cubriendo solo sus órganos sexuales con un trozo de corteza de árbol, y algunos jefes con un pedazo de tela de algodon, bordada con seda en sus dos estremos. Son de color oliváceo y generalmente bastante obesos. Se pintan y se engrasan todo el cuerpo con aceite de cocotero y de jenjelí, para preservarse, segun dicen, del sol y del viento. Tienen los cabellos negros y los llevan tan largos que les caen sobre la cintura. Sus armas son cuchillos, escudos, mazas y lanzas guarnecidas de oro. Como instrumentos de pesca usan dardos, harpones y redes hechas mas o ménos como las nuestras. Sus embarcaciones se asemejan tambien a aquellas de que nos servimos.

El lúnes santo, veinticinco de Marzo, me encontré en el mayor peligro. Nos hallábamos a punto de partir y yo queria pescar, para lo cual, para colocarme cómodamete, puse el pié sobre una verga humedecida por la lluvia; hube de resbalarme y caí al mar sin que nadie lo notase. Afortunamente la cuerda de una vela que pendia sobre el agua estaba cerca, me sujeté a ella y me puse a gritar con tanta fuerza que me oyeron, viniendo con el esquife en mi ausilio: lo que sin duda no debe atribuirse a mi propio mérito, sino a la misericordiosa proteccion de la muy Sana Virgen.

En el mismo dia partimos, y gobernando entre el oeste y el sudoeste, pasamos en medio de cuatro islas llamadas Cerralo, Huinangan, Ibusson y Abarien.

Juéves 28 de Marzo, habiendo divisado durante la noche luz en una isla, en la mañana pusimos la proa a ella, y cuando estuvi

mos a poca distancia, vimos que se aproximaba a nuestra nave una pequeña embarcacion, que llaman boloto, tripulada por ocho hombres. El capitan tenia un esclavo natural de Sumatra, llamada antiguamente Taprobana, quien salió a hablarles en la lengua de su país, y a pesar de que le comprendieron y vinieron a situarse a cierta distancia de nuestra nave, no quisieron subir a bordo, y aun parecian estar temerosos de acercársenos mucho. El comandante, viendo su desconfianza, arrojó al mar un bonete rojo y algunas otras bagatelas, atadas a una tabla, las cuales cojieron dando señales de mucha alegría; pero incontinenti partieron, habiendo sabido despues que se habian apresurado a ir a advertir a su rey de nuestra llegada.

Dos horas mas tarde, vimos que venian hácia nosotros dos balangayes (nombre que dan a sus grandes embarcaciones) llenas de hombres, hallándose el rey en el mas grande, bajo una especie de dosel formado de esteras. Cuando el rey estuvo cerca de nuestra nave, le dirijió la palabra el esclavo del capitan, habiéndole comprendido perfectamente, porque los reyes de estas islas hablan varios idiomas. Dispuso que algunos de los que le acompañaban subiesen a bordo, habiéndose él mismo quedado en su balangay, y partido tan pronto como los suyos estuvieron de regreso.

El comandante hizo una acojida muy afable a los que habian subido a bordo, regalándoles tambien algunos presentes, sabido lo cual por el rey, quiso ántes de alejarse obsequiar al comandante un lingote de oro y una cesta llena de jengibre, presente que el comandante agradeció, pero que no quiso aceptar. Hácia la noche fuimos con la escuadra a fondear cerca de la casa del rey.

Al dia siguiente el comandante despachó a tierra al esclavo que le servia de intérprete, para decir al rey que si tenia algunos víveres que enviarnos se los pagariamos bien; asegurándole, a la vez, que no habiamos venido hasta él para cometer hostilidades sino para ser sus amigos. Con esto el rey en persona vino en nuestra chalupa a bordo, con seis u ocho de sus principales súbditos, y despues de subir, abrazó al comandante, presentándole

1 La Taprobana de los antiguos no es Sumatra, como dice Pigafetta, sino la isla de Ceylan.

tres vasos de porcelana llenos de arroz crudo y cubiertos de hojas; dos doradas muy grandes y algunos otros objetos. El comandante le ofreció por su parte una chupa de paño rojo y amarillo, hecha a la turquesca y un bonete rojo fino. Obsequió tambien a los de su séquito, dando a unos espejos y a otros cuchillos. En seguida hizo servir el almuerzo, ordenando al esclavo intérprete que dijese al rey que queria vivir con él como hermano, lo que pareció darle grandísimo gusto.

Estendió en seguida delante del rey paños de diversos colores, telas, cuchillos y otras mercaderías; hízole tambien ver todas las armas de fuego, hasta la artillería gruesa, ordenando aun disparar algunos tiros, de que los isleños se manifestaron muy atemorizados. Hizo armar de punta en blanco a uno de nosotros, encargando a tres hombres que le diesen sablazos y puñaladas para manifestar al rey que nada podria herir a una persona armada de esta manera, y despues de sorprenderse mucho, por medio del intérprete, hizo decir al capitan que un hombre tal podia combatir contra ciento. Es verdad, replicó el intérprete en nombre del comandante, y cada una de las tres naves tiene doscientos hombres armados de esta manera. Se le hizo examinar en seguida con despacio cada pieza de la armadura y todas nuestras armas, indicándole la manera de servirse de ellas.

Despues de esto le condujo al castillo de popa, y habiéndose hecho traer el mapa y la brújula, le esplicó por medio del intérprete, cómo habia encontrado el Estrecho para llegar al mar en que nos hallábamos, y cuántas lunas habia pasado en el mar sin divisar tierra.

El rey, admirado de todo lo que acababa de oir y de ver, se dispidió del comandante, rogándole que despachase con él a dos de los suyos, para hacerle ver, a su vez, algunas particularidades de su país. El comandante me envió con otro para que acompañase al rey.

Cuando pusimos pié en tierra, el rey levantó las manos al cielo y se volvió en seguida hácia nosotros, como tambien todos los que nos seguian: nosotros hicimos otro tanto. El rey me cojió entónces de la mano, y uno de los principales hizo igual cosa con mi camarada, en cuya forma seguimos hasta un tinglado hecho de ca

as, en que estaba un balangay que tenia cerca de cincuenta piés. e largo y que se asemejaba a una galera. Despues de sentarnos n la popa, procuramos darnos a entender por señas, porque no disJoniamos de intérprete. Los del séquito del rey, de pié, le rodeapan, armados de lanzas y de escudos. Se nos sirvió entonces un plato de carne de puerco con un gran cántaro lleno de vino. Despues de cada bocado de carne, nos bebiamos una escudilla de vino, la cual, cuando no se vaciaba enteramente (lo que no era frecuente), se echaba el resto en otro cántaro. La escudilla estaba siempre lista sin que nadie osase tocarla, a no ser él y yo. Todas las veces que el rey queria beber, ántes de tomar la escudilla, levantaba las manos al cielo, las volvia en seguia hácia nosotros, y en el momento en que la cogia con la mano derecha, estendia hácia mí la izquierda, con el puño cerrado, de tal modo. que la primera vez que ejecutó esta ceremonia, creí que me iba a dar una bofetada; y en esta actitud permanecia durante todo el tiempo que bebia, y habiendo notado que todos los demas le imitaban en esto, ejecuté con él otro tanto. De esta manera comimos, sin que pudiese escusarme de probar la carne, a pesar de que era

viérnes santo.

Antes de que llegase la hora de la cena, obsequié al rey várias cosas que para este efecto habia llevado conmigo; preguntándole al mismo tiempo los nombres que algunos objetos tenian en su idioma, habiéndose sorprendido todos al vérmelos escribir.

Llegada la cena, se trajeron dos grandes platos de porcelana, uno con arroz y otro con cocido de puerco, observándose durante la cena las mismas ceremonias que ántes he descrito. De allí pasamos al palacio del rey, que tenia la forma de un monton de heno, sostenido por cuatro gruesos postes, cubierto con hojas de plátano, y tan en alto, que para subir a él hubimos de necesitar escalera.

Cuando entramos, el rey nos hizo sentar sobre esteras de cañas, con las piernas cruzadas, como los sastres sobre su mesa. Media hora mas tarde trajeron un plato de pescado asado, cortado en pedazos, jengibre acabado de cojer, y vino. Habiéndose presentado el hijo mayor del rey, le hizo sentar a nuestro lado. Sirviéronse entónces otros dos platos: uno de pescado cocido y otro de

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