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en todos los tiempos y países de preferente atención por las profundas enseñanzas que encierra, y la original organización que plantea y describe su autor por boca de un afortunado via-jero que tú vo la dicha de ver realizado en Utopia el ideal de la humana felicidad.

Han creído algunos autores, según acabamos de indicar, que la obra de Morus más debiera entenderse como crítica acerba'y dura de las costumbres públicas y privadas de su tiempo, que como tipo de organización social de un país (1); y aunque nosotros no profesemos en absoluto tal opinión, pues que ni el plan, ni el desarrollo de las doctrinas contenidas en ella son adecuados si su primordial objeto hubiera sido satirizar los vicios de la organización política de sus contemporáneos; de todas suertes creemos conveniente,

lo

que puede servir para formar opinión, como por que así resulta más completo este estudio, exponer algunos de los hechos más culminantes de la vida de este hombre ilustre, mártir de sus arraigadas creencias católicas, y que influyeron indudablemente en su ánimo, decidiéndole á publicar sus doctrinas políticas.

En la historia del Cisma de Inglaterra, escrita por el P. Pedro de Rivadeneyra, de la Compañía de Jesús, podemos encontrar datos suficientes á nuestro propósito. De familia modesta, Tomás Morus era muy docto en lenguas y peritísimo en la griega y latina, por cuyos especiales conocimientos y altas dotes de gobierno que le distinguian, sirvió durante cerca de

tanto por

(1) De la primera opinión muéstrase partidario el insigne cuanto profun-do escritor D. Francisco de Quevedo en su Noticia, juicio y recomendación de la Utopia de Tomás Morus. «Su vida mortal, dice, la escribió en nuestra lengua Fernando de Herrera; su segunda vida la escribió con su sangre su muerte, coronada de victorioso martirio; fué su ingenio admirable, su erudición rara, su constancia santa, su vida ejemplar, su muerte gloriosa; docto en la lengua latina y griega y celebráronle en su tiempo Erasmo de Roterdamo y Guillermo Budeo. Llamóla Utopia, voz griega, cuyo significado es «no hay tal lugar», y vivió en tiempo y reino que le fué forzoso, para reprender al gobierno que padecia , fingir el conveniente ; fabricó aquella politica contra la tiranía de Inglaterra y por eso hizo isla su idea. Algunos han pensado que la libertad de ciertas proposiciones de este libro podía oponerse á la religión católica, siendo al contrario vasallas de la Iglesia. Escribió poco y dijo mucho, y si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por: él, ni á aquéllos será carga, ni á éstos cuidado.»

cuarenta años, primero muchas embajadas de su rey, y más tarde altísimos cargos en la corte, entre ellos el de gran

Canciller. Católico ferviente y convencido, se opuso desde los altos puestos que desempeñara á la invasión de las doctrinås heréticas que realizaba Alemania, que tan decisiva influencia tuvieron en el curso de su vida, siendo, por último, causa de su cruenta muerte. Decidido partidario y mantenedor de la validez del matrimonio que celebrara Enrique VIII con Doña Catalina de Castilla, no quiso doblegarse primero á los halagos y más tarde á las amenazas de su Rey; y cuando se hizo público el secreto de su matrimonio con Ana Bolena, no se prestó á reconocerla y jurarla por reina; por cuya negativa fué preso y despojado de todos sus oficios y bienes, permaneciendo en dura prisión por oponerse obstinadamente á aceptar la religión anglicana y la nueva reina, que debió su trono al cisma, hasta que en 1535 fué condenado á muerte y decapitado.

Créese que La Utopia fué escrita en la prisión, así como otras dos de sus obras tituladas Consuelo en la tribulación

у Pasión de Cristo. El original de la que nosotros hemos de examinar está escrito en idioma latino, habiéndose publicado en lengua castellana un compendio ó reducción de la misma, hecho con exquisito cuidado, por D. Jerónimo Antonio de Medinilla, señor de Montiel, grande aficionado al estudio de esta obra, que, á instancias de D. Francisco de Quevedo, su amigo, dió a la estampa para la difusión y mayor conocimiento de sus doctrinas.

En el diálogo que supone Morus sostenido con Hythlodé, el afortunado viajero que visitó Utopia, da á éste las siguientes noticias respecto a la topografía, costumbres y organización social y política de aquel imaginario país. La isla de los utopienses tiene la forma de luna nueva, habiendo cortado su conquistador Utopo un istmo que la unía con el continente. Hay cincuenta y cuatro ciudades conformes en lengua, instituciones y leyes, y casi por un mismo modelo fabricadas en cuanto el sitio lo permite; las más cercanas distan 24.000 pasos, mas ninguna se halla tan apartada que en un día no pueda llegar á ellas un peón. Tres ciudadanos expertos y ancianos de cada una asisten á Amauroto, ciudad que por estar en medio de la isla es á todos de fácil acceso y tenida por principal y cabeza, y en ella tratan de la causa común y pública de toda Utopia.

Las ciudades no tienen más de dos mil pasos en contorno, y ninguna desea extender su distrito, juzgándose antes usufructuarios que señores de ellas. Tienen alquerías provistas de todos los instrumentos y aperos necesarios para la agricultura, y á estos cortijos van los ciudadanos. Ninguna de estas familias rústicas tiene menos de cuarenta personas, de las cuales vuelven á la ciudad cada año veinte, quedando los restantes para enseñar á los otros veinte que van al campo, a fin de que todos tengan experiencia en la agricultura y sean hábiles para la recolección de frutos; los Magistrados dan gratuitamente todos los útiles de labranza, y al llegar la época de la recolección se pide el número necesario de ciudadanos para terminar en breve tiempo.

Cada diez años truecan las casas, por suerte, y todas son de igual construcción, con jardín y huerto. La ciudad (Amauroto, que es la que describe como tipo) está cercada por una muralla alta y fuerte y por fosos, torres y parapetos, hallándose construídas las plazas tanto para el comercio como para la comodidad general.

Eligen anualmente para cada treinta familias un Magistrado que llamaban Sifogrante, correspondiendo á cada diez de éstos y sus familias nombrar otro Magistrado superior llamado Traníboro. Todos los Sifograntes, que son en número de doscientos, hacen juramento de que elegirán por cabeza y Príncipe, en votación secreta, á uno de los cuatro propuestos por el pueblo, para cuyo efecto se halla dividida la ciudad en cuatro partes, cada una de las cuales propone uno al Senado. La dignidad de Príncipe es vitalicia, como no se venga en sospecha de que trata de tiranizar al Estado, y los Traníboros los eligen sólo por un año, aunque no suelen mudarlos sin justa causa; siendo anuales todos los demás cargos. Los Transboros consultan con el Príncipe cada tercer día, y con más frecuencia si así lo exigen negocios urgentes. Las proposiciones al Senado han de hacerse tres días antes de la resolución, y no se discuten tampoco los asuntos en el mismo en que se proponen,

las ne

sino al siguiente; «porque ninguno, sin precedente consideración, diga arrojadamente lo primero que le ocurra, y por sustentarlo después trate más de defender su parecer que la utilidad y causa pública; pues muchos, llevados de una vergüenza necia, porque no parezca que en sus principios fueron poco advertidos y circunspectos, se inclinan más á aventurar la salud común que su opinión particular, en aquello que debían tenerlo desde luego bien mirado para hablar con más consejo que arrojamiento.»

Además de la agricultura, que todos practican en la forma expresada, cada ciudadano es instruído en algún otro oficio distinto, como tejer lana ó lino, ó en trabajos de cantería, herrería, carpintería ú otro arte manual, y el traje de los ciudadanos es uniforme en toda la isla y no ha sufrido nunca modificación. Los Sifograntes están encargados de cuidar no haya vagamundos, y cada uno esté ocupado en su ministerio. Trabajan no más que seis horas diarias, y aunque algunos creerán son pocas, ellos entienden que son muy

bastantes para cesidades de todos, pues que allí no ocurre como en otras partes que hay muchos sacerdotes, nobles y personas ricas que huelgan de continuo, haciendo necesario que otros trabajen más tiempo del que debieran para suplir su falta de trabajo. Además, como las cosas no se compran por dinero, existen solamente las artes necesarias y no hay ninguna de esas superfluas y vanas que sólo sirven para satisfacer el capricho y el lujo.

Viven los utopienses en familia bajo la dirección del más anciano, ó en su defecto, por enfermedad o incapacidad, del que le suceda inmediatamente en edad. De las familias numerosas, y para que exista un número proporcionado de individuos en cada una, pagan algunos de ellos a las que cuentan con menos número, y cuando la población llega á ser excesiva en una ciudad, van los sobrantes á otra en que haya menos población, con objeto de promediar el contingente de todas.

Las ciudades se dividen en cuatro partes iguales, en medio de cada una de las cuales hay una plaza donde se hallan todas las cosas. De allí toma cada uno lo que necesita para sí y los soyos, sin dinero ni recompensa, y no se recela de que nadie pida más de lo que ha menester, sabiendo que nunca le ha de faltar lo necesario.

En cada barrio hay ciertos edificios donde moran los Sifograntes, en cada uno de los cuales se reunen á comer treinta familias, así como también mercados de subsistencias y almacenes públicos abundantemente provistos, donde toma cada uno lo que necesita. Existen también cuatro hospitales fuera de cada ciudad, espaciosos y bien acondicionados, y como en ellos están perfectamente asistidos los enfermos, acuden allí en caso necesario todos los ciudadanos, pues que cuentan para su curación con más medios que en sus propias casas.

El oro y la plata no tienen estimación y se destinan á los objetos de más infimos usos, entre otros, á la fabricación de cadenas para los esclavos presos, porque la moneda no es necesaria para nada. Se hallan adelantados en la literatura, pintura y música, que cultivan en los ratos de descanso, puesto que no pueden dedicarse á los juegos por estar prohibidos. Definen la virtud diciendo que no es otra cosa que vivir según la ley natural, y sienten que la razón inflama á los hombres en el amor y veneración de la divinidad.

No tienen por esclavos á los que en la guerra hacen prisioneros, aun de aquellos que la comenzaron, ni á los hijos de los esclavos, ni á otro alguno que esté en servidumbre en otros países, aunque los puedan comprar; sino sólo á aquellos que han sido condenados á esclavitud por algún delito. Tratan á los esclavos con rigor, porque juzgan son merecedores de grandes castigos los que habiendo sido educados en la virtud no se han podido abstener del vicio; y admiten también la servidumbre de los extranjeros que voluntariamente y por su pobreza quieren prestarles servicio, pero teniéndolos casi en el mismo concepto que á los ciudadanos y tratándolos benignamente.

No se casan las mujeres hasta los doce años ni los hombres hasta los dieciséis; y si antes del matrimonio son aprehendidos en actos de deshonestidad, se les castiga gravemente, privándoles además perpetuamente del matrimonio. Para elegir mujer tienen un modo extraño verdaderamente: una matrona muestra desnuda al futuro esposo la doncella ó viuda, é igualmente un varón grave muestra también desnudo el esposo a la mujer,

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