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sostuvo por cuenta del Estado alguna manufactura de objetos artísticos y de lujo, como la de los Gobelinos, en que únicamente se trabajaba para alhajar los palacios de la Corona: las demás eran empresas de particulares, favorecidas con privilegios ó con anticipos sin interés. Las fábricas establecidas por cuenta de nuestro Estado extendieron su producción a las «telas llanas» y otros artículos de uso general; y el maestro agremiado que vendía á las clases medianamente acomodadas, vió erguirse un competidor más formidable aún que eľ particular gran capitalista.»

Además, las máquinas y la división y subdivisión del trabajo que apenas si tenían aplicación en los modestos talleres de los maestros agremiados, se aplicaron en grande en las fábricas que mantenía el Erario público, y en las de Talavera se distribuyó el trabajo «entre más de cuarenta ramos conexos y dependientes unos de otros, para sacar la seda desde el capullo, y el oro y la plata desde la fundición hasta concluir el tejido.»

De la política mencionada se siguieron dos males: uno, que «sucumbiese en tan desigual contienda el maestro agremiado»; y otro, que «las pérdidas pusiesen de bulto que (las Reales Fábricas) no debían continuar funcionando por cuenta del Estado.»

La compañía de los cinco gremios mayores de Madrid remedió este último mal tomando a su cargo las Reales Fábricas de Talavera, Guadalajara, San Fernando, Ezcaray y algunas más; pero la separación del capitalista y del trabajador provocada por el establecimiento de las mismas, en vez de desapa-recer, continuó en pie, y aun si se quiere adquirió mayor proporción, porque á la par de la compañía citada, se establecieron otras, aunque en menor escala y ordinariamente para explotar un solo ramo de la producción, en Toledo, Zaragoza, Sevilla, Zarza, Burgos y Granada; mandando el Rey en 1748 que «pudiera interesarse en ellas toda suerte de personas naturales de estos reinos, de cualquiera clase, empleos y estados,

sin exceptuar el eclesiástico, ni caudales de obras pías, y sin que por motivo alguno sirviese de obstáculo á la nobleza, antes la diera nuevo lustre.»

«Pero no podían hacerlo, porque les faltaba caudal suficiente para tomar acciones, los maestros y oficiales agremiados, de quienes únicamente suelen acordarse las cédulas de concesión para imponer fuertes multas si abandonan á la empresa. Quedaron, de consiguiente, reducidos a la condición de simples jornaleros ú operarios á destajo, por ser imposible que siguieran trabajando de su cuenta, dados los extraordinarios privilegios de las compañías.>>

Y esto era tanto más preciso, cuanto que aunque aquéllas «hicieran alarde del nombre de fábricas, no establecieron ninguna en que la serie de operaciones se hallara distribuída, como en Talavera de la Reina, entre numerosas oficinas, sino que dejaron á cada maestro manipular el artículo casi según la inveterada costumbre, desde el comienzo á la conclusión en su particular obrador, corriendo la Compañía las eventualidades de adquirir las materias brutas y de enajenarlas una vez elaboradas. De igual manera procedían otras Sociedades y hombres de negocios, que iban logrando el monopolio de ciertas industrias en varios puntos.»

«La irritación que semejantes novedades despertaban en los practicantes de los oficios, se conoce por las ordenanzas que formaron los maestros

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oficiales de loza fina de Talavera (én 1571, es decir aun antes de que tomasen incremento las Sociedades industriales y mercantiles) para «su fraternal y perpetua unión» contra los dueños de los alfares, de quienes dice el capítulo primero «que no son más que unos meros comerciantes en este trato, sin inteligencia de la pintura ni de las maniobras de la rueda,» atentos sólo a su particular interés y á lucrarse con el producto de las obras. Notad en qué términos, añade el académico recipiendario, se entabla aquí la lucha del trabajo y del capital.»

Más sentidas, más numerosas y más justificadas habían de

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ser aún las quejas de los trabajadores, cuando se generalizase la aplicación de los agentes naturales, y especialmente del vapor, «como fuerza motriz, continua y uniforme», y cuando las máquinas se convirtiesen «en organismos que parecen dotados de voluntad é inteligencia, y ejecutan, casi solas, lo mismo que antes el trabajador», porque en estas circunstancias la habilidad de éste caería en menosprecio, su trabajo sería menos estimado, el empleo de sus aptitudes en la obra de la producción menos preciso, el apego á él del capitalista menos intenso, su cooperación en el producir tan anónima y aun más que la de la máquina, y por resultado de todo, su presente de malestar y de inseguridad y su porvenir de tristezas. Desde estos momentos pueden nuestras Cortes de 1813

3 у 1836, como las de otros Estados, abolir los gremios y declarar

y libre el ejercicio de la industria, sin someterlo a la aptitud probada, y cambiar en su virtud la faz del mundo industrial, adquiriendo el mercantil toda la importancia personal que pierde aquél. En efecto, «hoy el dueño de un obrador puede carecer de la capacidad necesaria para ejecutar lo que el último de los oficiales; ha menester, en cambio, las circunstancias del empresario moderno, y conoce los artificios del crédito, sigue los vaivenes del mercado, estudia el adelanto de las manufacturas, se anticipa á los caprichos de la moda, tiene comisionados, recurre á la exposición y al anuncio, y disputa palmo á palmo el terreno de la venta, mucho más escabroso que el de la producción, en la lucha implacable de la libre competencia.»

Véase por esta reseña histórica cómo vivieron y murieron los gremios; como una desatentada política económica postró la industria; cómo el Derecho moderno por un lado socavaba los cimientos de los primeros; cómo la experiencia y las enseñanzas de la moderna ciencia de la Economía política por otro daban al traste con la segunda recabando para la vida económica de las naciones la más amplia libertad, y cómo, en fin, al amparo de ésta con ayuda de los admirables progresos de la mecánica y en virtud del estímulo para las explotaciones industriales que ha producido el crecimiento y la multiplicación de las necesidades en la vida moderna correspondiente al desenvolvimiento en grado más perfecto de las fuerzas y aptita des del hombre, se produce una efervescencia fabril caracterizada por su libre movimiento, por su mecánico modo de producir y por su gran importancia cuantitativa, que deja planteado en pos de sí el gran problema de las relaciones entre el capital y el trabajo, dada su dispersión actual.

En conclusión, los gremios fueron precisos como escuelas de artes y oficios, aunque prácticas, y como amparadores de la vida y haciendas de los agremiados, en aquellos tiempos medios, que fueron por un lado de renacimiento industrial de Europa por consecuencia de las Cruzadas, que eran por otro de fraccionamiento de la soberanía, de desgobierno y de injusticias; pues según un historiador español (1), uno de los objetos de su institución fué el de conseguir la justicia para los industriales en sus relaciones sociales.

Pero desde el momento en que los gremios se desnaturalizan, amparándose al privilegio y lesionando el derecho de tercero, por fuerza de haberse convertido en asociaciones cerradas para la defensa de intereses puramente personales; desde que fueron una amenaza constante contra el orden público por «las perpetuas rivalidades, así entre los de diferente oficio establecidos en la misma población, como entre los de un mismo oficio y de diferentes localidades, que las más de las veces degeneraban en luchas porfiadas y sangrientas» (2); desde que

y los procedimientos del trabajo manual cambian, el hombre es reemplazado por la máquina en la faena industrial, «las fábricas arrollan á los oficios domésticos» y «para muchos de los que funcionan aún, sirven de materias primas artículos totalmente manipulados, quedando reducida su labor á concertar

(1) D. Fernando de Castro en su Compendio razonado de Historia general, tomo lv, pág. 90.

(2) El historiador citado antes.

esos artículos, según las necesidades y el gusto de los compradores», haciendo, pues, inútil en gran parte la práctica de las artes y oficios, y en fin, desde que el Estado nacional se alzó potente y vigoroso sobre todas las soberanías sustraídas á la saya exclusiva y única, el gremio dejó de tener razón de existir y hubo de pasar al panteón de la historia.

De aquí que «fuera de muy contados casos y comarcas, nada queda de los antiguos gremios ni de las instituciones y los hábitos á cuya sombra florecían», como dice el Sr. Conde de Torreánaz,

Pero ¿podrán restablecerse con otros fines que los que tuvieron primitivamente, ó sea acomodándose á las modernas circunstancias industriales, y sobre todo con objeto de influir en la armonía de las relaciones entre el capital y el trabajo?

El nuevo académico contesta: «pueden y deben confederarse para muchos fines del primitivo gremio, y para otros nacidos de las novedades modernas, los que ejercen en pequeña escala un arte ó un oficio cuyo ministerio no desempeñan las grandes fábricas todavía», y uno de esos fines es, á nuestro juicio, el de la prosperidad de la industria ejercida, procurada no ya en virtud de prescripciones técnicas sobre la producción de precisa é ineludible observancia para los agremiados como antiguamente, sino mediante una instrucción común libre, mente aceptada en sus conclusiones, por medio de trabajos 80bre desarrollo del crédito industrial y fomento del cambio o ensanche del mercado para los productos, en virtud de una acción común cerca de la Administración pública en todos los aspectos y relaciones que interesen al gremio, etc.; y podía ser otro fin de las corporaciones de que se trata, el del auxilio de los agremiados, bien en concepto de dueños de taller, ya en el de simples jornaleros, en los casos de desgracias, como sucedió antes.

Cierto es que los ministerios que no desempeñan las grandes fábricas todavía en una región ó comarca dada, podrán desempeñarlos después; pero es positivo que nadie como los

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