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CAPITULO PRIMERO.

PATRIA Y FAMILIA DE ESPARTERO.-SUS PRIMEROS ESTUDIOS -ALÍSTASE VOLUNTARIO EN EL REGIMIENTO DE CIUDAD-REAL.-PASA AL BATALLON de HONOR DE TOLEDO.-SU NOMBRAMIENTO DE SUBTENIENte de ingenieROS. -ENTRA EN LA academia GaDITANA.-OBTIENE EL GRADO de teniente. -FIN DE LA GUERRA Y MUERTE DE LA CONSTITUCION DE 1812.

Seguramente no habrá un año tan rico en efemérides como aquel en que vino al mundo Joaquin Baldomero Fernandez Espartero, pues baste decir que nació en 1793, año fatídico para los enemigos de la libertad. Toda la Europa estaba entonces con los ojos fijos en esa nacion vecina nuestra, destinada desde el siglo pasado á sacudir el polvo á los tiranos, por lo cual los tiranos desde hace mucho tiempo la miran de reojo, acechan todos sus planes y movimientos, la dirijen sus tiros siempre ocultamente, que es como acostumbran á pelear los tales nenes, y conspiran contra su existencia seguros de que mientras esa porcion del continente llamada Francia esté habitada por los génios revolucionarios que hoy alimenta, los amigos de la Santa Alianza sacarán de sus intrigas y maquinaciones lo que el negro del sermon. Digo que la Europa tenia fijos los ojos en Francia el año de 1793, y como la España forma parte de la Europa, es claro que tampoco nuestra patria perdia un ápice de cuanto pasaba al otro lado de los Pirineos, donde el ciudadano Robespierre, hombre que sin duda conocia y supo desempeñar la mision que trajo al mundo, vengaba en pocos años los ultrajes que el pueblo habia recibido en muchos siglos. Toda la Europa (y por consiguiente tambien la España) estaba sobrecogida por el estrépito con que se anunció

la tempestad revolucionaria, porque toda la Europa desconocia á la sazon el abecedario de la democrácia enseñado solo á los franceses por profesores ilustrados y elocuentes. Ademas los amigos del abuso pintaban con harto negros colores la mencionada tempestad: quejábanse de sus estragos; sumaban, multiplicaban y elevaban á la quinta potencia el número de las víctimas sacrificadas por el furor de los reformadores; pero tenian buen cuidado de no recordar los miles de millares de iniquidades cometidas durante muchos siglos por el capricho brutal de los reyes absolutos con la ayuda, que bien pudiera llamarse geringa, de la Inquisicion. Contaban que los republicanos cortaban la cabeza á los realistas, lo que era una verdad, pero tampoco podrá negarse que los descabezados mas ó menos merecedores del castigo que sufrian, llevaban el consuelo de una muerte pronta, al paso que ellos ó lo que es lo mismo sus amigos, se habian entretenido eternamente en atormentar á todo lo mas ilustre y escogido que brotara en el jardin del género humano. Los partidarios del antiguo régimen, es cierto, no habian inventado el recurso de cortar cabezas, pues no eran sus ideas tan humanitarias como todo eso. Ellos no habian pensado tanto en dar la muerte á sus semejantes, como en los medios de hacer esta muerte lenta, dolorosa y feroz. Con este objeto habian construido un taller de horrores, llamado Santo-Oficio, donde á uno se le arrancaban las uñas, á otro se le retorcian los brazos y las piernas hasta dislocarle todas las articulaciones, á otro le metian entre cuatro paredes donde no volvia á ver la luz y solo gozaba las caricias de reptiles venenosos, otros, en fin, y estos podian darse por contentos, eran arrojados vivos á una hoguera.

Y no se crea que tales suplicios se habian inventado para castigar á los malvados, ladrones y asesinos, no, señores; los que tales dolores sufrian y tan mala muerte llevaban, eran generalmente los hombres instruidos y despreocupados que revelaban al mundo alguna verdad científica y provechosa. Era necesario que todo lo que se hablara ó imprimiera estuviese conforme con las sandeces ridículas consagradas en ciertos librotes: todos los hombres estaban obligados á convenir en que el sol daba vueltas alrededor de la tierra con otras majaderias forjadas por la ignorancia y sustentadas por la codicia. Si algun sábio observando la naturaleza se atrevia á revelar una verdad, se le calificaba de hereje dándole para escarmiento de los demas los crueles suplicios de

que llevo hecha mencion, y como que los hombres de buen sentido han abundado siempre, tambien han abundado los horribles tormentos con que se pretendia apagar en el mundo la luz de la razon. Ahora bien, todos los sectarios de la escuela inquisitorial, los Herodes de la ciencia, los enemigos de la verdad, los que se deleitaban viendo quemar ó despellejar vivos á sus semejantes, pusieron el grito en el cielo cuando oyeron decir que en Francia se habia inventado una máquina para cortar cabezas conocida con el nombre de guillotina, instrumento en su concepto demasiado filantrópico por la rapidez con que obraba, aunque harto fatal por haberse empleado contra los serviles. Lloraron de ver morir algunos centenares de malvados, ellos que habian asesinado á tantos millones de inocentes. Gimieron, en fin, de ver la severidad de la justicia, ellos que por tanto tiempo habian ejercido el imperio de la venganza. Pero si la mayoria de los mortales prestaba fé á los sermones de estos farsantes sanguinarios, no dejaba de haber espíritus fuertes, hombres de inteligencia clara y noble corazon que deplorando los escesos de la revolucion francesa, sabian apreciarla en el fondo, pues veian en ella la semilla de la libertad y de la civilizacion que poco mas tarde habia de esparramarse en la Europa, aflijida por las crueldades del despotismo. No era nuestro pais el que menos parte tomaba en el grandioso espectáculo de los tiempos modernos. La masa general del pueblo era naturalmente absolutista por mas duro y pesado que la pareciese el yugo del absolutismo, y como per otra parte España disfrutaba una paz obtaviana gracias á la virtud de MARIA LUISA, á la intrepidez de GODOY y á la sagacidad de CARLOS IV, no era estraño que la mayoria de los españoles mirase con mal ceño el trastorno político de que la Europa se veia amenazada. Hubo algunos, sin embargo, que pensaron de otra manera: habia en ellos hecho algun efecto la leccion moral que los franceses daban al mundo; amaban al pueblo y, como nuestro gran poeta Quintana, hicieron resonar entre el rumor de las cadenas el sacro acento de la libertad. Estos hombres tenian, como he dicho antes, una inteligencia clara y un corazon noble; hijos de la revolucion de las ideas, habian nacido con la mision de propagarlas y defenderlas; y cuando poco mas tarde la nacion necesitó de sus talentos y sus brazos para salvar su independencia amenazada por estranjeras huestes, encontró felizmente varones esforzados y políticos entendidos, que la libertasen á un tiempo de la

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esclavitud propia y de la dominacion estraña. ESPARTERO, digno hijo de su época, tuvo la gloria de pertenecer al número de estos esclarecidos ciudadanos que habian de contribuir á defender la libertad y la independencia de su patria, aunque por aquellos años estaba bien lejos de creer que vendria con el tiempo á ser el símbolo de un partido cuyos principios sentia encarnados en su corazon y que tendria por rival à un hombre como don Ramon María Narvaez.

Aqui es donde viene ya como de molde decir que BALDOMERO ESPARTERO, nació en un pueblo de la Mancha, perteneciente á la provincia de Ciudad-Real, conocido con el nombre de Granátula. Fueron sus padres un pobre, pero honrado, carretero, llamado Antonio Fernandez Espartero, y Josefa Alvarez, digna esposa de Antonio, y recibió el bautismo el dia 27 de febrero de 1793. Escusado nos parece estendernos aqui en reflexiones: los que solo hallamos la nobleza en los hechos de los hombres y no en esos pergaminos que habrán pasado por tantas manos deshonradas, claro es que hemos de estimar á nuestro héroe desde su cuna, y claro es tambien que el nombre y apellido de BALDOMERO ESPARTERO envuelven para nosotros en sí tanta nobleza como puedan atesorar los títulos aristocráticos con que posteriormente ha visto el hijo del pueblo premiadas sus hazañas.

Tampoco nos detendremos á filosofar respecto à la supresion del nombre de Joaquin y del apellido Fernandez que verificó EsPARTERO desde sus primeros años. Algunos han hallado en esto motivos de censura y otros de elogio. Yo solo he visto en ello un capricho, una muestra del libre albedrio, facultad de que todos gozamos y en virtud de la cual hacemos de nuestra capa un sayo cuando nos da la gana.

Aunque desde luego Baldomero recibió educacion literaria estudiando el idioma latino y dos años de filosofía, siempre manifestó particular aficion á la carrera de las armas, y en 1809, es decir, á la edad de 16 años, hallándose invadida la Península por los ejércitos de Napoleon, sentó plaza voluntariamente de soldado distinguido en el regimiento de infantería de Ciudad-Real, encontrándose poco despues en la memorable accion de Ocaña.

Triste era por cierto entonces la suerte de la Nacion. Hallábase el deseado Fernando prisionero en Francia, comiendo jamon con tomate y bebiendo champagne como un desesperado, mientras el pueblo español, sin gobierno y sin bandera, solo pro

baba las calamidades de la invasion. Pero el pueblo aquel, era todo un pueblo: por todas partes se preparaba á la pelea, improvisaba ejércitos y producia aquellos insignes guerrilleros que tantos estragos habian de causar al águila imperial, y á quienes Fernando debia dar mas tarde en premio de sus servicios la horca y la espatriacion. Las universidades convirtieron sus estudiantes en soldados, y ESPARTERO por su cualidad de estudiante dejó el regimiento de Ciudad Real para pasar al batallon de voluntarios de honor de Toledo, donde permaneció hasta su ingreso en la academia militar de la Isla de Leon instituida con el fin de llenar el vacio de oficiales que se notaba en el ejército. Allí estudió con notable aprovechamiento aritmética, álgebra, geometría, fortificacion y dibujo, mereciendo siempre la nota de bueno y obteniendo la de sobresaliente en la táctica. Por fin, despues de un exámen rigoroso en que BALDOMERO ESPARTERO manifestó aptitud suficiente, el consejo de regencia le nombró subteniente del cuerpo de Ingenieros, lo que basta á hacer el elogio de nuestro héroe, pues todos sabemos con cuanta rigidez se procede en los exámenes del mencionado cuerpo de Ingenieros. Vemos, pues, que los principios militares de Espartero hacen honor á la cabeza y al corazon del hombre, y sin duda es envidiable la gloria del que habiendo llegado á la primera categoria de la milicia española tiene la satisfaccion de decir: «He empezado mi carrera de soldado, y he ganado con el estudio la honra de pertenecer á un cuerpo facultativo.»>

Váyase, digo yo, lo uno por lo otro: Tú has pasado, ínclito ESPARTERO, por todos los escalones, y obtenido todos los honores que tienen su principio en las fatigas del soldado y su glorioso fin en los triunfos del general, y el gobierno olvida tus servicios tanto como el pueblo recuerda tu nombre. Ahí tienes, en cambio, un peloton de generales que han adquirido sus grados sin aprender la táctica y sin oler la pólvora, y nadie les conoce mas que el gobierno que les confia los mas elevados empleos civiles y militares. La posteridad te hará justicia, y baste para no lastimar tu amor propio la consideracion de que, empezando tu carrera de soldado has llegado dignamente á general, al paso que los que han empezado la suya por ser generales, merecian acabarla de soldados, y aun llevar algunas baquetas.

Pero volvamos á nuestra historia. Siendo subteniente de Ingenieros, ingresó ESPARTERO en la academia Gaditana, donde parece

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