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trocarretero le llevaron á componer un birlocho que debia conducir á Cabrera hasta Ulldecona. El general Leon, despues de haber guarnecido con tres compañías el convento de San Francisco de Horta se encaminó por Gandesa á Mora de Ebro.

Al dar vista al primero de estos dos puntos observó que los facciosos ocupaban los estribos de la gran cordillera que domina el pueblo por la parte del E. Eran aquellos seis batallones de Aragon y Valencia encargados de disputarle ó cuando menos retardar su paso á Mora, favoreciendo asi la fuga de su general. Bizarro siempre el de los constitucionales dispuso que la vanguardia formada por las compañías de Logroño, el segundo batallon de Luchana y los dos de la Rioja atacase al enemigo en sus posiciones: hízolo asi aquella fuerza con tanto denuedo que éste se vió precisado á abandonar las primeras estancias y á replegarse á otras de que sucesivamente fué lanzado sin tener tiempo para reorganizar sus masas. La guarnicion de Mora, que contaba como único elemento de defensa la resistencia de los seis batallones mencionados, abandonó el fuerte con todos los pertrechos militares. Las tropas del general Leon le ocuparon á las doce del dia 30. De este modo los soldados de la Reina marchaban vencedores de conquista en conquista, mientras los carlistas desmayados leian en el rostro cadavérico de su caudillo el duro decreto que reducia á cadáver tambien la causa por ellos sotenida. Como Leon en Mora, Ayerve asentó el 29 la bandera de Castilla en Ares, punto importante por ser la llave de las comunicaciones que tenian los carlistas desde la Plana á Morella. Pero ninguna de estas ocupaciones fué tan interesante como la de Alpuente, antigua fortaleza que inspiraba la mayor confianza á los carlistas.

El general Azpiroz con la division de su mando llegó á la vista de la poblacion que lleva aquel nombre en los últimos dias del mes de abril ocupándose con actividad de los preparativos de sitio en términos de dejar concluida la construccion de la batería de morteros en la tarde del 26 y espedito al anochecer del mismo dia el camino que habia de servir para la conduccion de la artillería que colocaron durante la noche. Rompióse el fuego contra la plaza al amanecer del 29 y le hicieron tan certero una batería de brecha, una de obuses y otra de morteros en todo el dia, que fué destruida una parte de los tres órdenes de parapetos del primer recinto; un reducto del segundo, el cuerpo de guardia mas avanzado y la torre de la iglesia cuyos defensores quedaron incomunicados con el castillo. Los sitiados que habian hecho un vivo fuego de cañon al comenzar los trabajos de los sitiadores desmayaron mucho al verlos tan adelantados. El fuego certero de la artillería, la esplosion de una mina que Azpiroz habia mandado abrir y la actitud marcial y decidida de la columna intimidó de tal manera al enemigo que ya solo trató de salvar la vida. Era en verdad capaz de infundir pavor

en los pechos de los defensores del castillo el entusiasmo manifestado por las compañías destinadas á dar el asalto. Todas las de la division se habian ofrecido á competencia y no siendo posible acceder en el todo à sus bélicos y laudables deseos, llegó la bizarría hasta el punto de que muchos de los oficiales á quienes no habia tocado se presentaran como simples soldados, ya que otra cosa no les era posible, para marchar con un fusil á participar de las glorias de sus valientes camaradas. Tan bélica disposicion, ya lo hemos dicho, determinó al carlista à someterse; pero queriendo negociar algunas condiciones honrosas envió de parlamentario á uno de sus capitanes. Rechazóle Azpiroz haciéndole entender que para evitar la muerte que les esperaba entre las ruinas del castillo no habia otro medio que el de rendirse á discreccion y aunque mediaron varias contestaciones solo pudo conseguirse el que aquel general les concediese las vidas. Rindióse con esta sola garantía el fuerte de Alpuente, el cual fué ocupado á las once de la mañana del 2 de mayo por las tropas leales, en cuyo poder quedaron 3 piezas de artillería, 250 fusiles y abundantes repuestos de víveres y municiones, prisioneros de guerra el gobernador del fuerte, otros dos jefes que habian desempeñado igual destino en Chulilla y Torre de Castro, 21 oficiales y 222 individuos de tropa.

Refierése á estos una anécdota que no deja de ser curiosa y con la cual se trata de calificar, aunque con alguna inexactitud, la conducta de los principales gefes carlistas. Hallábase entre los prisioneros un oficial que por estar herido llevaba dos muletas y dirigiéndose al gobernador del fuerte le dijo:

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«¿Sabe V. mi comandante las condiciones, bajo las cuales nos entregamos? ¿Sabe V. que solo por gracia nos conservan las vidas? «Lo sé contestó el gobernador.» En tal caso nada tengo que decir, replicó el oficial carlista; y volviéndose á los de la Reina. Bien pueden Vds. contar, les dijo, este dia por uno de los mas gloriosos de la campaña. Vuelvan Vds. la vista á estas fortificaciones, señalando las del castillo, y digan si podiamos aun resistirnos. Ni aun la rendicion de Morella les dará á Vds. tanto nombre como la de Alpuente. Mas no es esto lo que siento sino deber á la traicion una entrega que por la fuerza seria imposible. Los gefes de la Reina trataron de mitigar su dolor diciéndole que tambien los valientes se rinden, pero á sus reflexiones contestaba el oficial. Un español aun no debia rendirse hallándose aqui, pero tal es nuestro destino, cúmplase. Retiróse en seguida al interior de la plaza y comenzó á rasgarse los vendajes llorando de rabia y de desesperacion. Y como llegase la hora de sacar del recinto á los prisioneros, dejó que todos ellos pasasen delante y encarándose á los muros los saludó diciendo: Adios, Alpuente: llevo el consuelo de que no soy yo quien te vende ni te entrego.

Las circunstancias en que se encontraba el oficial à quien la anécdota anterior alude, el justo dolor que debia probar al considerarse vencido, disculpaban sus palabras de la inexactitud, ó lo que es mas cierto, de la acusacion gratuita que dirigia á sus gefes, á los cuales hacia aun menos favor que á los del ejército conquistador. La ocupacion de Alpuente no fué debida á la traicion, ni á valor alguno entendido, ni lo que es aun mas, á la falta de bizarría de sus defensores, sino al superior arrojo de los constitucionales, á las bien entendidas disposiciones del general que la dirigió. Ya dejamos trazada en mas de un lugar la respectiva posicion de cada uno de los ejércitos beligerantes; sus circunstancias, sus progresos favorables y adversos, y los diversos elementos reunidos en pro de uno para tocar un triunfo completo, conjurados en contra del otro para sufrir la suerte de vencido. Resultado de esta diversidad de posiciones fué la conquista de Alpuente como antes lo habian sido otras infinitas. La guarnicion de aquella fortaleza hubiera al fin sucumbido como la de otras, por grande que hubiera sido su resistencia. Los carlistas no podian dejar de preveer este resultado, y esto bastaba para justificar su conducta, porque el heroismo es virtud no deber, y mucho menos cuando es inútil, como hubiera acontecido en la hipótesis de que los defensores del fuerte hubieran determinado lidiar para ganar una sepultura. Fuera de esta inexactitud disculpable, el hecho hace honor al oficial héroe de aquellá escena.

Ya que casi involuntariamente hemos venido á ocuparnos de estos lances individuales, no dejaremos de referir aqui el de dos cornetas del ejército de la Reina que dejó sorprendidos á todos cuantos tuvieron ocasion de

presenciarle. Estos dos individuos se hallaban en un puesto avanzado durante las operaciones contra el castillo, sobre las cuales discurrian á su modo como en tales casos sucede. El curso natural de su conversacion les llevó al punto de hacer apuestas sobre lo que cada uno de ellos se creia capaz de hacer, hasta llegar el caso de ofrecer escalar el fuerte y reconocerle minuciosamente en lo mas recio de la pelea. Los soldados que escuchaban tuvieron por una fanfarronada esta apuesta de los cornetas, pero se quedaron asombrados cuando vieron que no queriendo ser inferior en va– lor ninguno de ellos partieron los dos à todo correr hacia la fortaleza em→ pezando á trepar con serenidad y arrojo inaudito los peñascos en que estaba asentada. Al cabo de una fatiga tan larga y penosa como la que se deja conocer habia de ser la de encaramarse por las paredes, llegaron á la muralla enemiga apareciendo el uno de ellos sentado sobre un saco de tierra de los que servian de parapeto á los facciosos. Estos que se hallaban ocultos y tenian hasta á los mismos centinelas debajo de las casamatas para evitar el fuego y proyectiles de los sitiadores, se alarmaron creyéndose sorprendidos al oir al atrevido corneta que desde el asiento en que tranquilamente descansaba daba gritos desaforados llamando á los carlistas y provocándoles á que saliesen de los agujeros en que estaban escondidos. Salieron aquellos con efecto á la muralla alarmándose y creyendo que habia llegado el momento del asalto: pero vueltos de aquella primera impresion, y cerciorándose de la verdad se disponian á acometerlos, cuando uno de los cornetas dió un golpe al primero que se le acercó, echándole á rodar la boina. En seguida y sin perder tiempo se abrazó á un saco de tierra invitando á su compañero á seguir el ejemplo, y ambos se echaron á rodar por la pared y escarpas abajo mientras les hacian fuego los defensores del fuerte y los mismos sitiadores que empezaron á dirigirle sin intermision asi que vieron coronada de gente la muralla. Tan inaudito arrojo, del que no resultó otro daño á los cornetas que algunas contusiones, fué premiado por el general despues de haberse convencido de que no se debió á escesos en la bebida, sino á un acto de valor de que habrá seguramente pocos ejemplos.

Los prisioneros hechos en Alpuente salieron para Valencia y llegaron á esta ciudad el dia 4 de mayo. Un inmenso gentío salió á recibirlos y como al verlos recordasen vivamente los estragos y horrores que habian cometido empezazon á alarmarse las gentes y á dirigirles algunas imprecaciones á pesar de los esfuerzos de la tropa para contenerla. Llegados à la cárcel se redoblaron las voces, clamando porque se les quitasen las boinas, se tirasen al rio y que se los fusilase. Las persuasiones y trabajos de la escolta pudieron conseguir encerrarlos en las cárceles de San Narciso, mas no sin haber antes transigido con los que llevaban la voz en aquella especie de alboroto para dejar fuera á un capitan faccioso á quien parece equivocaron

con otro que habia causado las mayores atrocidades en los pueblos de la huerta, cuya muerte pidieron y á quien fué preciso conducir à la plaza en que se hallaba el alojamiento del segundo cabo D. Fermin Iriarte. Este benemérito general, cumpliendo con la obligacion que le imponia el deber de hacer respetar á los que ya estaban rendidos y que cualesquiera que fuesen sus delitos anteriores debian ser juzgados con sujecion à la ley, salió á su balcon y arengó á la multitud, procurando calmarla y persuadirla de que si el preso era criminal se le castigaria: mas como estos medios no bastasen, el segundo cabo montó á caballo y acompañado solamente de su hijo y un ayudante se dirigió á los grupos y á fuerza de peruasiones y prudencia pudo lograr que se disiparan. En seguida dispuso que el prisionero fuese custodiado en el cuartel de miñones, de donde luego derestablecida la calma fué trasladado al punto de su destino. La Milicia nacional de aquella culta y sensata capital como toda la del reino y amante del respeto á las leyes contribuyó con su conducta al restablecimiento del órden. El general ESPARTERO aprobó la entereza y disposiciones del general Iriarte para salvar las vidas de aquellos prisioneros.

El grueso de las fuerzas carlistas veia cercenarse cada vez mas el terreno que pisaba, hallándose como arrinconado en la parte de la Cenia, con el mar á la espalda, un rio invadeable á la derecha, y al frente un ejército numeroso, fuerte y ganoso de ensanchar el catálogo de sus triunfos. Las divisiones que operaban á las órdenes inmediatas del DUQUE DE LA VICTORIA se hallaban acantonadas en Horta, Monroyo y Peñarayo: las que seguían al general O'Donell estaban divididas por brigadas en los pueblos del Fortanete y Mosqueruela. Ayerbe ocupaba el Forcall, Portell, Villafranca y Ares; Amarillas, la Iglesuela del Cid, y Zurbano los pasos del Ebro. El general Azpiroz se preparaba á ocupar el fuerte de Begio para cortar por la derecha de la linea la comunicacion entre el Maestrazgo y la serrania de Cuenca. Ya no quedaba otra esperanza á los carlistas que el auxilio de su general Cabrera y éste condenado por la Providencia á permanecer en la inaccion hacia mucho con evitar un tropiezo de las tropas leales. Constante en su propósito de penetrar en Morella y alentar á sus defensores, siguió su marcha por Ulldecona, Pinell y Prat de Compte con 2,000 infantes y 300 caballos. Llegado que hubo á aquella ciudad salió á los muy pocos momentos al balcon de su alojamiento sito en la plaza en la cual se veia una multitud de gentes del pueblo y soldados ansiosa de ver á su caudillo. El estado de su salud era el menos á propósito para inspirar aliento: privado de la energía que otras veces fuera el distintivo de su carácter mal pudiera comunicarla á los demas. Con todo, dirigió la palabra á sus soldados en términos lacónicos exhortándoles á que se resistiesen hasta el último trance y concluyó su arenga con estas palabras: vengo á cumplir la palabra que

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