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un solo momento en olvido las grandes virtudes del ejército, sus gloriosos sacrificios por la causa nacional, y los inmensos sufrimientos que tan heróicamente ha arrostrado durante la sangrienta lucha que acaba de sofocarse; la benemérita clase militar por otra parte, sabe harto bien que no necesita de la hipócrita amistad de defensores advenedizos, y que nada debe recelar en medio de un pueblo que recuerda sus servicios con tanto reconocimiento como orgullo, y bajo la autoridad suprema del caudillo, que tantas veces ha dividido con ella sus padecimientos y su gloria.»

Pero los manejos que sin escrúpulo alguno se empleaban ya en estos dias para trastornar el órden de cosas existente no habian de cesar por estos clamores del gobierno, sobre quien pesa quizás un cargo terrible por su condescendencia y lenidad, y ya veremos como al abrigo de ellas aquellos se desarrollan, crecen y toman nueva forma hasta el instante de provocar una lid en que de seguro no anduvieron hermanadas la audacia con la fortuna. Pero antes de ocuparnos de esta tarea en el capítulo siguiente, harémonos cargo para finalizar este, de otro asunto tan importante como ruidoso que llamó la atencion del gobierno del REGENTE.

Constantes sus enemigos en combatirle con toda clase de armas y no siendo las que peores resultados habian ofrecido en el trascurso de tantos siglos las dirigidas á turbar las conciencias de los fieles, en en una nacion dominada por el sentimiento religioso, trataron de sacar tambien partido de la célebre alocucion que el Pontífice Romano habia dirigido á los cardenales en el consistorio secreto de 1.o de marzo, apresurándose á darle publicidad en millares de impresos que circularon profusamente en toda Europa, pero muy particularmente en España. Las formas de que aparecia revestido aquel escrito eran de afliccion y dolor los mas profundos, con los cuales S. S., deplorando los males que la revolucion habia proporcionado á la Iglesia y al clero, llamaba la atencion de los sumos imperantes «hácia las heridas hechas á aquella madre bienhechora» recordándolos las censuras y penas espirituales que las constituciones apostólicas y los decretos de los concilios imponen á los que usurpan las atribuciones eclesiásticas.

Este tan notable como alarmante documento que se habia recibido en España en tiempo de la regencia provisional no habia sido contestado sin embargo de estar asi acordado en consejo de ministros, y aun ofrecido á las Córtes. Reservada esta tarea al gobierno del REGENTE la tomó sobre sí á pesar de su enormidad, publicando con fecha 31 de julio el documento que vió la luz pública con el título de manifiesto del gobierno español con motivo de la alocucion de S. S. pronunciada en el consistorio secreto de 1.o de marzo: autorizado con una sola firma, la del ministro de Gracia y Justicia don José Alonso, quien desde luego calificaba á la alocucion del Santo Padre de

<«<violenta invectiva en que el gobierno y la nacion española se ven acerbamente acusados de perseguidores de la fé y como amenazados de ser escluidos del gremio de la cristiandad si no vuelven sobre sí.>

«Por fortuna añadia mas adelante, no estamos ya en los tiempos de odiosa memoria en que á un amago del Vaticano temblaban los tronos y se agitaban las naciones. No hay duda en que ahora la intencion es en grán manera hóstil; pero no debe haberla tampoco en que será repelida y con todo vigor escarmentada; porque los españoles sabrán en esta ocasion, como ya lo han hecho en otras muchas, distinguir perfectamente bien entre lo que deben á su fé, no maculada jamás, y lo que deben á su seguridad é independencia; entre los intereses verdaderamente respetables de la Iglesia de Jesucristo, y las pretensiones injustas y nunca abondoñadas de la curia

romana. »

Sin descender el gobierno de S. M. á una política de controversias, en que para defender cualquier punto se encuentran á cada paso cavilaciones y sutilezas, máximas ó principios que alegar, ejemplos antiguos y modernos que seguir, entraba el ministro de Gracia y Justicia en el exámen de la conducta del Santo Padré respecto al gobierno de S. M., la reina doña Isabel II recordando otra alocucion análoga á esta en el consistorio de 2 de febrero de 1836 digna precursora suya en doctrina é intencion. El ministro Alonso se quejaba amargamente de la proteccion que se habia dispensado por la curia romana á los partidarios de D. Carlos, de la cual hallaba una prueba en la reclamacion de inmunidad y declinacion de fuero á favor del obispo de Leon cuando el gobierno de España citaba á este famoso agente y consejero de D. Carlos para que compareciese ante el tribunal supremo de Justicia. Otra prueba de las simpatías de aquella corte con el interés y el objeto de la faccion, era (à juicio del ministro) la delegacion de las facultades pontificias á favor de ese mismo obispo, para atender a las necesidades del pais, ocupado por las tropas de don Cárlos, conceder gracias y dispensas, y salvar las irregularidades que pudieran someter los eclesiásticos.

«Por fortuna (decia Alonso) todas estas maniobras dirigidas á producir un cisma en la iglesia de España, y favorecer la parcialidad del Pretendiente, no han tenido efecto alguno. Los breves y despachos de la curia romana, aunque revestidos esteriormente de fórmulas religiosas y cclesiásticas, no eran otra cosa que municiones de guerra suministradas por un aliado, por una causa comun y vueltas en humo y consumidas en batallas que se perdian. »

Y refiriendo como las armas de la reina conquistando provincias y perdonando vencidos, ensanchaban cada dia mas el territorio de la legiti

midad y de la razon en términos de poder desafiar las ardides y maqui naciones de sus impaclables enemigos, añadia:anes a by con spu

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«Increible será para la posteridad, que entre ellos hayamos de contar todavia al padre comun de los fieles. Ya no solo habia cesado todo un tiro de hostilidad, pero ni aun quedaba pretesto para el desvío. Ya no habia en toda España en favor de don Carlos una arma cubierta, niuna voz del viva, ni un hombre en fin. Ya por consiguiente no podia apelarse à la cómoda distincion de poder de hecho y poder de derecho, inventada por la politica para salvar sus inconsecuencias. Era en fin de esperar, y la razon, la conveniencia y el interés mismo de la iglesia parece que lo aconseja ban, que el santo padre se decidiera á reconocer los derechos y regaliss de la reina de España y confirmase los obispos nombrados por ella. Però el ánimo del santo padre, preocupado y prevenido por nuestros enemigos políticos, no estaba dispuesto á escuchar esta prudente y noble insinuacion, Su aversion se aumentaba en proporcion a nuestra buena fortuna. Y cuando treinta iglesias de España, huérfadas de pastor propio, se la est tan pidiendo tantos años há con lágrimas, él sordo, insensible a sus clamores les da por respuesta esa agria declamacion pronunciada, en su con↔ sistorio, en que atacando con una violencia sin igual la autoridad temporal de la reina de España, aspira asi, aunque en vano, á justificar la propia dureza y su injusta obstinacion. >>

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«Al hacerse cargo de las palabras casar y anular que se leian en la alocucion del papa, se decia en el manifiesto. «¡Casar y anular! ¿De dónde ha venido á la silla apostólica esta nueva prerogativa que si reconoçida fuese pondria otra vez los reinos en las manos del sumo pontifice y los príncipes á sus pies? ¡Casar y anular! Nunca se atropellaron con tan poco miramiento los fueros y facultades de la potestad temporal, ni se ha hecho mayor insulto á las regalías siempre reconocidas de la España Y de sus monarcas. >>

Las páginas de la historia atestiguaban en favor del manifiesto que los reyes de España tan celosos de sus prerogativas como de la religion y de la paz de las conciencias, atajaron con mano fuerte à las demasías de la curia romana. A este propósito se mencionaban en aquel las célebres palabras del rey de Castilla don Juan II, quien habiendo sido reconvenido por la prision de un prelado contestó: que á todo obispo que fuese revolvedor en sus reinos le haria prender la persona y limpiaria y doblaria su hábito para lo enviar al santo padre. Los ejemplos de Fernando el Católico, de varios príncipes de la casa de Austria, y del muy piadoso rey Carlos III, trazaban el camino que el gobierno de S. M. doña Isabel II trataba de recorrer con firmeza. Y fundándose dos en la mal querencia de TOMO III.

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la corte romana para acusarla de levantar un muro de separacion entre ambas potestades concluia el ministro de Gracia y Justicia en estos términos:

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En suma la violenta alocucion del santo padre, no puede considerarse sino como una declaracion de guerra contra la reina Isabel II, contra la seguridad pública y contra la Constitucion del Estado. Es en realidad un manifiesto en favor del vencido y espulsado Pretendiente, y una provocacion escandalosa de cisma, de discordia, de órdent y de rebelion.

Con todo este nervio y energía, se espresaba el gobierno del REGENTE por boca del ministro de Gracia y Justicia don José Alonso, cuyo nombre fué desde entonces mas señal de terror y espanto para los exagerados defensores de la curia romana. Pero bien puede decirsel que ese esceso de calor y de vida que se advertia en uno de los miembros del gabinete Gonzalez, no obraba sino á espensas de las restantes, quienes confiaban quedar demasiado en los beneficios que procuraban derramar sobre el pais, sin cuidarse los manejos de sus eternos é implacables enemigos. Veremos como estos se arrojan á destruir la calma de que aquel empezaba á disfrutar para satisfacer el doble conato de ambicion y retroceso.

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CAPITULO XVIII.

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Rebellon de los moderados.Sediciones militares de Pamplona, Bilbao, Vitoria y otros puntos del Norte-Invasion en el palacio de la Reina la célebre noche del 7 de octubre por los generales D. Manuel Concha, D. Diego Leon y varios otros gefes al frente de un corto número de tropas seducidas y amotinadas.-Heróica defensa de los alabarderos.-Valiente y leal comportamiento de la benemérita milicia ciudadana.-Conducta del gobierno y 'de las autoridades de la capital.-El general Leon, Montes de Oca, Borso y algunos otros gefes son pasados por las armas.-Viaje de Espartero al Norte en cuyas provincias consigue restablecer la paz.-Sucesos de Barcelona, concluye el año de 1841.

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insbesong laugi obedolo ob nos substih nois ESTANOS historiar tres acontecimientos terribles y estraordinarios en los que se puso en evidencia el acrisolado españolismo y el amor à la libertad del ilustre pacificador de España, firme sosten del trono de la augusta nieta de cien reyes.eb y cobitnoq golo La rebelion de octubre, la infausta coa

licion y el malhadado pronunciamiento...! hé aqui los tres sucesos que dieron en tier rai con delo invicto guerrero cuya ausencia se Horól despues con lágrimas de sangre y de tardíos desengaños. Enunciemos las causas, que tales acontecimientos produjeron con la imparcialidad de historiadores, si bien con la amargura que reproduce en los pechos de leales patricios el recuerdo de tan dolorosas escenas. 14

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Nadie hubiese imaginado, que despues de la espontánea renuncia de

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