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generales, sino al de sus afiliados. La privanza distribuida entre los duques del Infantado y de San Carlos, y del consejero Escoiquiz, se apoderó de las riendas del gobierno.

Sus opiniones y sus caracteres eran conocidos; en ninguno de ellos brillaba la llama dėl ingenio; eminentes en las intrigas de antesala habian sobresalido en Palacio; al dirigir los destinos del reino, al salir á la luz del sol iban a hacer ver en su desnudez la pobreza de sus conocimientos y la flojedad de su ánimo.

Dejados aparte sus artificios en las conspiraciones anteriores, arcediago de Alcaraz, es decir, Escoiquiz, se habia caracterizado á sí mismo en el folleto que publicó en defensa de la Inquisicion.

El duque de San Carlos, que habia adulado á la reina Maria Luisa y al principe ee la Paz, de quien se glorió de ser pariente, descubria un alma falsa y nada elevada, que á trueque de figurar, saltaba por encima de los más sagrados objetos.

En el duque del Infantado se traslucia un cortesano flojo y distraido, consecuente solo en su sistema de persecuciones; duro, tenaz y sin ninguna de las prendas que deben adornar á los hombres de Estado.

En un punto céntrico se encontraban sus tres almas, en el ánsia de reinar: y fijaron pues sus primeros pensamientos en las bodas imperiales, blanco de su anhelo, porque podia asegurar y cimentar el trono recien levantado.

Y al efecto enviaron á obsequiar á Napoleon, y darle cuenta de lo sucedido con una carta del rey á los duques de Medinaceli y de Frias, y al conde de Fernan-Nuñez.

Para halagar igualmente á su cuñado Murat, que, sabedor

de los tumultos de Aranjuez precipitaba su marcha á Madrid, salió á su encuentro el duque del Parque.

XII.

Entró en la corte el gran duque de Berg, precedido de la guardia imperial y rodeado de su ostentoso y brillante Estado mayor, excitando la admiracion de la pasmada multitud.

Los madrileños, embriagados de gozo, porque juzgaban ver en los franceses otros tantos defensores de su idolatrado Fernando, se esmeraron en recibir con muestras de cordial agasajo á los simulados huéspedes. Y como embargaba su alma la nueva que se habia estendido de que al dia siguiente

haria su entrada triunfal el monarca recien exaltado al sólio, henchia los corazones el gozo y para todos relucia un cielo azul, presagio de felicidades.

Aquella noche, impaciente el pueblo por demostrar su amor y su entusiasmo, agolpóse al camino de Aranjuez, que bien pronto se vió cubierto por un inmenso gentío qne, á piė, á caballo y en carruajes de todas clases, salia á esperar el dia y á recibir a su røy.

¡Infelices!

Pero no filosofemos, describamos, ó mejor dicho, oigamos describir á un testigo ocular la entrada en la corte del filamante Fernandito.

XIII.

«El sol, dice, iluminó con sus hermosos rayos aquel espectáculo tierno y patético, que no es dado al hombre describir.

>La riquísima diadema de dos mundos que ceñia la frente del jóven monarca, era ménos bella, menos envidiable

que la corona popular que los españoles le tejieron en aquella gloriosa mañana. >>

Montado en un brioso caballo Fernando VII, con escasa escolta, pero escudado por el más acendrado amor, apenas podia adelantar un paso, apenas podia moverse.

» Los pueblos vecinos se habian derramado por el camino; pero al entrar el rey en Madrid por la puerta de Atocha, seguido de los infantes D. Cárlos y D. Antonio, era tal el gentío, tal el alborozo, tantas las lágrimas de contento que vertian jóvenes y ancianos, que hubiérase dicho que iba á comenzar el siglo de oro.

» El estampido del cañon, el repique de las campanas, el incesante clamoreo de vivas, los hombres tendiendo sus capas por

por las calles para que las hollase el caballo, y abrazando las rodillas de su héroe, las mujeres agitando sus pañuelos desde los balcones y ventanas, y esparciendo flores, todo formaba un cuadro de gloria, más pura y radiante que la de los vencedores de Roma.»

El prínclpe, que no grabó en su corazon la imágen de aquel dia con caracteres de fuego, que no palpitó de gratitud toda su vida, al recordar tanto entusiasmo, tanto amor, ó

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no era hombre, ó la naturaleza habia formado sus fibras de otra materia.

Más de seis horas costó atravesar a la real comitiva, en el espacio que media de la puerta de Atocha al Palacio. La embriaguez era general, y todos gozaban del momento presente, sin levantar los ojos á to faturo.

Más les valia no ver entonces el porvenir.
Pero si no lo vieron es porque estaban ciegos.

Al lado suyo empezaba a encenderse la hoguera destructora.

Con efecto, el gran duque de Berg, a pesar de la moderacion que

el emperador le encargaba en todas sus cartas, se dejó llevar de su insensato orgullo, y confiado en el poder de las armas, comenzó á herir en lo más vivo el amor propio del pueblo madrileño.

Mandó maniobrar á sus tropas en parte de la carrera por donde habia de pasar el monarca; de su propia autoridad, se traslado de su alojamiento del Buen Retiro al antiguo alcázar del principe de la Paz, y se apoderó de la Casa de Campo, en cuyas alturas colocó una batería, destinada á obrar contra Madrid.

En su correspondencia con el emperador, en los informes que le dió del estado de la nacion y de su espíritu público, le engañó, y contribuyó á hacerle tomar una determinacion violenta que le arrastró á su ruina y perdió á nuestra patria.

Si Fernando y sus consejeros hubieran creido que su elevacion al poder era justa, si hubieran tenido el sentimiento de

que obraban bien, no se hubieran engañado á sí mismos. En aquel alarde de fuerza de Murat hubieran visto un en

sayo de dominacion, y al principio del cautiverio hubieran podido llamar en su auxilio á la nacion, y el pueblo español hubiera anticipado su heroismo del Dos de Mayo, su valor de Bailén, su grandeza de Zaragoza y su admirable obstinacion de Gerona.

Pero Fernando y sus secuaces eran afortunados aventu

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Al dar el golpe no esperaban el triunfo; la suerte les habia sorprendido, se habian arrastrado como las culebras, y desde el fango les parecian los hombres gigantes.

Hicieron la vista gorda, aseguraron al país que los franceses estaban allí para sostener al nuevo monarca, y buscaron las cadenas que Napoleon forjaba para esclavizarnos. Y lo peor es que creian lo

que

decian. illusion dolorosa!

XIV.

Mientras los usurpadores abrigaban esta cándida creencia, Napoleon, por medio de sus agentes, atizaba la discordia entre Carlos IV y Fernando VII.

El gran duque de Berg, no solo procuraba exaltar en el ánimo de los reyes la idea de que su abdicacion debia considerarse nula, sino que al mismo tiempo propalaba cautelosamente la voz de la próxima llegada de Napoleon; y como la córte de Fernando se preocupaba mucho del juicio que de su conducta pudiera formarse el emperador cuando Cárlos IV y María Luisa le refiriesen la verdad de los acontecimientos que les habia obligado á renunciar la corona, aquella corte,

TOMO I).

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