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Los hombres de bien creen de buena fé estas palabras, las mujeres, de suyo religiosas, les ayudan á creer, el clero em puja, y una gran parte del país sigue sin saberlo á un fariseo, á un escriba, á un mercader que, cubierto con la máscara de la hipocresía, y acompañado de multitud de tunos, perezosos, vagos, licenciados de presidio, estafadores de oficio, etc., etc., busca el influjo que le dăn los elementos sanos, para quitar el poder á otro camarada suyo con distinta careta, vivir sobre el pais, enriquecerse,, reirse de la candidez de los que le apoyan, y añadir leña á la hoguera política, en donde poco á poco van convirtiéndose en cenizas instituciones

y veneros de fortuna, tradiciones y virtudes, glorias y esperanzas. .

--Esos que os hablan en nombre de la religion, exclama otro, son unos miserables, unos farsantes; os llevan al precipicio. El hombre ha nacido libre y debe serlo: todos los hombres son iguales ante la ley divina, y deben serlo ante la ley humana. No consintais ese absolutismo que os degrada; romped las cadenas, derramad vuestra sangre por la libertad, realizad el deseo de Jesucristo, sed hermanos.

Los vagos, perezosos, estafadores, etc., etc., esa abigarrada clase de la sociedad, que es su escoria, que es el cieno que está en el fondo, removida sube á la superficie, toma la más cara de la libertad, y los hombres de bien, los elementos conservadores que siguieron al primero, desengañados siguen al segundo, para encontrar un nevo desengaño.

Esta es la historia de siempre.

Los ambiciosos, los aficionados á enriquecerse sin trabajár, á brillar en primer término sin pasar por el crisol de los grandes sacrificios, emplean el talento que Dios les ba dado

para hacer el bien de sus semejantes en socabar el edificio del poder, en reunir todos los rencores, todas las envidias, todos los malos instintos para destruir lo existente.

Cuando lo consiguen, incurren en los mismos vicios que ban censurado, premian la falsia, el dolo, la indisciplina, comparten los empleos, y las gracias que conceden son insultos. á las personas honradas y meritorias.

Detrás de ellos van otros que los reemplazarán.

La parte sana del país, engañada mil veces, tiene un dia pujos de independencia, una buena causa pide su auxilio y se le niega; pero cansada de esperar, vuelve á arrojarse en brazos de un aventurero.

¡Misera condicion la suya y más mísero aun el destino á cuyo ipflujo cede, se agita y vive!

II.

No hay que cansarse: los pueblos logran lo que merecen.

La revolucion que hemos visto crecer, desarrollarse y triunfar en el libro precedente, es un prueba de ello.“

Las otras muchas que por desdicha nuestra contamos en lo que va de siglo, hablan con la misma elocuencia. Hamlet en el drama de Shakespeare dice: ¡PALABRAS! ¡PalaBRAS! ¡PALABRAS!

Nosotros podemos decir: ¡Hombres! ¡HOMBRES! ¡HOMBRES!

Donde digo hombres lean Vds. pasiones, y si quieren añadir el adjetivo malas, no estará de más.

Godoy era el jefe supremo del Estado, tenia entusiastas amigos con sueldo del Tesoro, y encarnizados adversarios que no cobraban del presupuesto.

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El canónigo Escoiquiz, que le debió su elevacion á preceptor del príncipe de Asturias, le aduló cuando pretendia este cargo y poco despues de alcanzarlo se convirtió en su más ardiente enemigo.

Era un verdadero cuervo.

-El príncipe de Asturias, se dijo, será rey con el tiempo; si yo le educo á mi gusto seré un Godoy en su reinado.

Esta idea le halagó, y notando que el angelito amaestrado en el arte de sacar los ojos á los pájaros para solazarse, llegaria á ser mozo de provecho, dominado por la impaciencia de ser árbitro de los destinos del país, quiso anticipar tan grato momento y dijo á Fernando:

- Vuestra madre, señor, ha sido débil, y seducida por el inicuo Godoy, le ha consentido que mancille el tálamo nupcial; esto prueba que vuestro padre, aunque es un santo va

para el caso, es decir, para gobernar. Vos, señor, sois jóven, teneis buen corazon, y sino diganlo los pa- jarillos á quienes habeis sacado los ojos para que no tengan el pesar de ver á los cazadores apuntarlos; valeis un Potosí, y si algo os falta, aquí estoy yo; con que ánimo, y echemos con dos mil de á caballo al tuno de Godoy.

Al jóven principe le agradaban estos juegos.

Escoiquiz formó con los descontentos y los ambiciosos platónicos un partido, y sucedió lo del Escorial y lo de Aranjuez.

ron, no sirve

III.

Toda idea necesita propagandistas.
La de elevar al trono al principe halló eco en los jesuitas,

que no te

que habian recibido la seguridad de que su elevacion coinci diria con el restablecimiento de la Compañía de Jesús en España.

Las viejas beatas fueron otras tantas trompetas de la fama. La manolería, que veia en Fernando un joven y que no podian soportar que María Luisa se diese tono con ellos, hicieron propaganda. Los pretendientes desesperanzados, los vagos,

los nian sobre qué caerse muertos, el vulgo, no tardaron en formar la cohorte de hojalateros que se agrupan siempre en torno de todas las ideas que tienen algunas probabilidades de éxito.

La masa sana cayó muy pronto en el anzuelo.
Y

que esta masa era buena, lo prueba una anécdota que voy a referir, un ejemplo imitado despues muchas veces, que tuvo lugar en la primera revolucion española, es decir, en el saqueo del Palacio que habitaba en Madrid el príncipe de la Paz.

En lo más agitado de la operacion, un muchacho de los barrios bajos, mal vestido y peor calzado, echó mano á uno de los baules que sacaban otros compañeros con la mayor prisa y algazara para arrojarlos en una hoguera que habian encendido delante de la puerta. ΑΙ pasar

el cofre de unas manos á otras se abrió de pronto, y cayeron en el suelo las ropas y alhajas que contenia.

El muchacho soltó el baul, y cogió un bolsillo lleno de onzas de oro.

Con este hallazgo se aumentó su alegría, y otro de su calaña, más ladino que él,

--¿Qué has encontrado? le pregunto.

TOMO II.

2

-Un bolsillo con peluconas.
-¿Cuántas habrá!
-Lo menos treinta.

-A ver.

-No quiero... voy a echarlo a la hoguera.
-Estás endemoniado; si no me lo das, guárdalo.

-¿Guardarlo? no por cierto: de esos endinos y bribones, ni aun el oro debe tomarse.

Y con una conviccion y una energia impropias de su edad y de su condicion, arrojó al fuego el vil metal.

En todas las conmociones populares de España ha tenido imitadores el mancebo en cuestion.

La masa es buena, lo repito: los malos son los que la soban para ablandarla y ponerla á su gusto.

IV.

Pues bien; como iba diciendo, Escoiquiz se creyó que por ser un mal cura y haber traducido algunas obras del inglés podria ponerse en el pescante del carro de la patria, y contando con el beneplácito del principe de Asturias, comenzó á desplegar sus fuerzas para dar la batalla.

Una de las primeras cosas que hace el que quiere seducir, por ejemplo, á una hija de familia, ó apoderarse de las talegas del señor de la casa, es comprar á las domésticos.

En todas las conspiraciones políticas hay siempre alguno de los de adentro combinado con los de afuera.

Escoiquiz pensó en Caballero, en aquel Caballero amigo de la Matallana, á quien ya conocen mis lectores.

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