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una almáciga literaria. Alumno de la Universidad de Zaragoza, aumentó el número de los hijos de bendición de la madre sapientísima de Prudencio, del ilustre autor de los Fastos del Justicia, de los Argensolas, del Dr. Andrés de Ustarroz, de Pignatelli: catedrático, mereció un sitial, donde lo habían tenido, Pedro el Orador, tan ensalzado por S. Jerónimo, Verzosa, y Sobrarias, y Malón de Chaide, y Abril, y Juan Costa, y Hortigas y Portolés el célebre fuerista, y Carrillo y Nasarre y Guillén el sabio y angelical Obispo de Canarias; Rector, elevó la escuela de que fué patrono Cerbuna á la altura de las más distinguidas de España y narró las grandezas de la docta Casa que dirigió tanto tiempo, incansable en sus afanes por enaltecer á su país, amado sobre todas las cosas por Borao. Ved lo que hace á éste popular:--el que aragonés por su cuna, lo era asimismo por su carácter, por sus aficiones, por sus estudios, por sus dotes intelectuales, lo cual le privó de conquistar hojas de laurel más frondoso aún y de encina todavía más robusta, que la encina robusta y el laurel frondoso que posee, en el paraíso de la fama.

De haber escuchado los consejos de Mañé y Flaqué y del ilustre bardo que nos ha descrito las cuevas de Collbató, otra habría sido su carrera! No aseguraré que hubiese llegado á Ministro, acordándome de Moreno Nieto y de que lo ramplón y chapucero es á veces favorito de la fortuna: sí, que hubiese alcanzado las posiciones más altas, en la milicia de las letras. Y á decir verdad, á esto es á lo que debió aspirar, pues no había nacido para esos encarnizados combates, en que el orador esgrime el arma de las pasiones, casi siempre. Borao, que era fácil en la conversación, diserto en la cátedra, un prosista de elegante estilo, jamás brilló en la cima, donde en medio de la tempestad, sono la palabra ruda, enérgica, salvaje de Ríos Rosas y en que lucieron Galiano, López y Valdegamas el sublime ritmo de las suyas; jamás alcanzó uno de esos triunfos que consiguen los que con la magia de la fantasía, con la pompa del lenguaje, con la majestad de la entonación, convencen de que en efecto es la elocuencia, como dijo Eurípides, la soberana de las almas. Su modo de ser, le hacía más apto para las investigaciones del historiador y los trabajos del erudito, que para pisar con segura planta, la encendida arena que casi cubre, las rojas gradas de la tribuna política; más desenfadado en el trato con las musas, que en el trato con los jefes de los partidos; más ambicioso del retiro de una biblioteca y de la Holanda tranquila de una cátedra, que de lucir en otros palenques literarios.

Lástima que en aquel hombre, no hubiese sido el arte el culto único de su vida! Láslima que por lo múltiple de sus quehaceres, se llevase á la tumba, un Borao superior al que resulta dibujado de cuerpo enlero, en sus obras! Lástima que ejercitase todas sus diversas facultades! El fué un humanista de varia y selectísima lectura, de acendrado gusto, aunque un tanto arqueológico por su amor á la antigua poesía; un profesor de gran prestigio y autoridad moral, que cuando explicaba parecia que estaba leyendo un libro, tan admirable por la grandiosidad de sus ideas y la profundidad de sus pensamientos, como por el ingenio y galanura de su castizo lenguaje. Treinta y un años desempeñó su cátedra de Literatura, con el acierto que un día la de Matemáticas. Con la misma pluma que escribió su Tratado de Aritmética y el de Ajedrez ó la Historia de la sublevación de Zaragoza en 1854, y el Tesoro de la Infancia, emborrono las cuartillas de su drama Las Hijas del Cid, de la oda a la Virgen de Covadonga, o del estudio crítico de La Muerte de César de Vega: terminaba un trabajo y sin darse reposo, disponíase á leer las obras sometidas a su censura ó meditaba acerca del mejor medio de honrar á Echeandía, el ilus. tre amigo del primer cultivador de la patata en la tierra aragonesa, el químico Olano: y alma de la Comisión de Instrucción primaria, de la de Monumentos, y de la Academia de S. Luis, le sobraba espacio, como Rector, para la obra del Jardin Botánico, para mejorar la Biblioteca y embellecer el edificio de la Universidad, para sustituir con ventaja el libro de Gestis; como hombre de estudio, para enriquecer cada día más su inteligencia; como colaborador de los periódicos más acreditados, para ennoblecerlos con sus trabajos; como poeta, para certar; como literato, para fundar Revistas literarias; como consejero de la Diputación, para ilustrarla en los asuntos históricos que hubo de consullarle. Así vivió, el hombre que por desgracia, dirigió sólo breves días la Enseñanza española, desde el elevado sitial en que tantos servicios presió Gil y Zárate á su patria; y así vivió con grave daño de sí mismo, pues adornaban á Borao, además de sus dotes de catedrático, otras, exi. mias para el género en que sobre las demás provincias españolas ha descollado la patria de Blancas y Zurita tan visiblemente, como descuellan en el bosquecillo de Mammuth los altos cedros de California y en los jardines de la Orotava, el dragonero famoso, tan venerado de los guanches, cual lo fuese de la Lidia, el plátano de Jerjes. Todas las prendas morales é intelectuales en el historiador exigibles, le adornaban:-reunía en sí profundidad de ideas,

serenidad en el juicio, belleza en el lenguaje, maestria para unir el principio abstracto con el hecho, el desarrollo de éste con el de la literatura: y su pluma pintaba, como el picel más empapado en luz, esculpia como el mejor buril. El pudo haber producido una historia que, siendo una obra de arte bella, fuese admirable, considerada en sus reglas críticas y método de investigación, enriqueciendo de esta suerte el joyero de la época de que somos hijos y que es tan gloriosa en el linaje de estudios, á que deben un rayo de inmortalidad, los Niebuhr, los Savigny, los Gervinus, los hombres que han obligado a hablar á la esfinge egipcia y al ladrillo caldeo; que «interpretando las raíces aryas nos han dado á conocer al Patriarca de la Bactriana»; que en las márgenes del Hifaso, del Ganges, del Éufrates, de los cinco ríos que regalan sus aguas al Indo, y sobre las ruinas del templo del Sol de Palmira, han reconstruido el Oriente, con sus ciencias, sus artes, sus sacerdotes, sus sabios, sus astrólogos, sus guerreros y sus portentosas é inmensas civilizaciones.

Si; él pudo haber escrito la historia de Aragón, al modo de un Zurita con estilo, satisfaciendo así una necesidad, más imperiosa, á medida que la civilización avanza, y el mundo clásico, la Edad Media y la España que fué, remozan en un Jordán de juventud y resultan más bellas, que las que aprendimos a ver en las aulas. Son muchos los grandes dias aragoneses, que no se conservan en el recuerdo humano, con la luz que doró ó plateó su ambiente: son muchas las figuras nuestras que resultan empequeñecidas, al lado de las castellanas: abundan por ahí errores tan crasos, como el que supone, en la canastilla de boda de Isabel I, las joyas con que se compró al Océano, el secreto de América. Hace falta que no resulte humillado por una hembra en las historias, el más grande de los reyes políticos y que conste lo pingüe de la dote aportada por las Barras, al escudo en que uniéronse, á los Leones y Castillos. Yo bien sé que en su obra, habría sido tan visible la pasión aragonesa, como la de venganza en Tucidides, la de soberbia patricia en Tácito, la de unidad italiana en Maquiaoeto, la de portugués separatista en el autor de La Guerra de Cataluña, mas hubiese hecho el bien inapreciable de añadir un peldaño a la escalinata por la que subiremos, cuando esté terminada, á un ideal que acariciamos. El historiador perfecto no ha existido aún. No lo fué Tucidides; no lo fue Salustio; no lo fué Tito Livio; no lo fué el más grande de los artifices creadores de hombres, el Shakespeare de la historia; no lo han sido Maquiavelo, ni Hurtado de Mendo

za, ni Mariana, ni Voltaire, ni Thierry, ni Macaulay. Llegará sin embargo un dia, en que se haga la historia por la historia, y sin más pasión que la verdad, y la hermosura, reteja y desenrolle la tela de la vida; y esto acontecerá, cuando termine la tarea de investigación en que el siglo xix está empeñado. He aquí el por qué los hombres favorecidos por Dios con sus dones, deben aumentar el número de los que trabajan en el campo, fertilizando con su hábil cultivo, por los Momsem y los Gibbon. Además, aunque preciosas las conquistas de esa crítica, de esa filologia, especie de mediadora de la eternidad y de inclinación secreta que nos conduce á adivinar lo que ya no existe, la historia no ha de limitarse á ser «una pura esencia conservada en libros sin estilo, acotada por notas y testimonios», y si ha de convertirse en algo semejante a aquella ninfa eslava, aérea al principio é invisible, hija de la tierra después y de presencia manifiesta sólo por una larga mirada de vida y amor, es preciso, que cada vez, sean menos raras las páginas, en que las virtudes poéticas estén en el grado, que en la batalla de Cunaxa de Xenophonte, en las Horcas de Caudium de Livio, en el asesinato de Roger de Flor de Moncada, en el ataque de Monjuich de Melo y en la entrada de los bárbaros en Roma, de Emilio Castelar.

Borao podía haber sido útil colaborador, en la empresa de acercarnos á los tiempos en que un Tácito, superior á Tácito mismo, componga é interprete, los elementos dispersos de la realidad, dando cabida á toda la estética que admite el arte maravilloso de los Horodoto y Mariana, que es superior å la elocuencia, en jerarquía. Cómo habría descrito al Batallador en Fraga, á D. Jaime en Mallorca, á don Alfonso el Magnànimo en el Puerto de Marsella, el Compromiso de Caspe y las hazañas grabadas en el Tauro y el Bósforo, el que nos retrató al almogávar, con pluma que Pantoja habría aceptado por pincel!

Ah! mucho, muy mucho perjudicó á Borao el que no hubiese sido la historia el centro único de sus afanes; y al poeta (tan parecido á Hartzenbusch, en que en ambos el ingenio y la erudición, aventajaban al estro) el haberse empeñado en cultivar la lírica, la épica y la dramática; en escribir lo mismo sátiras que leyendas, epístolas que romances; en vivir tomando un dia la copa de Anacreonte ornada de pámpanos y otro pulsando la cuerda profana ó abrazándose al salterio religioso; pues no era posible que tuviese todas las facultades exigidas para entrar, pisando flores, en el Alcázar de Hojeda, de Calderón, de Rioja y de S. Juan de la Cruz. Así es que sus poesias, incluso su Ro

mancero, que es su diamante más limpio, por las altas cualidades de historiador que á su autor adornaban, son nada más, gallarda muestra de lo que Borao pudo haber sido, si hubiese aspirado á merecer tan sólo, una de las tres coronas que constituyen, el atributo de la literatura.

Lo creo firmemente. Si D. Jerónimo Borao hubiérase limitado á cruzar su pecho con la estola de oro de la didáctica, convencido de sus nativas aptitudes para el más aragonés de los géneros literarios, habría aumentado los joyeles que testifican, que si nuestro siglo, nada ha imaginado más bello que la Alhambra, ni más sublime que la catedral de Burgos, ni de hermosura más perfecta que el Apolo de Belvedere, la Virgen de la Palmera y las Concepciones de Bartolomé, su lírica en cambio, vence á la antigua, por lo vasto de sus dominios, por lo delicado de la gamma de sus variedades, por la riqueza de su métrica, de su ritmo y de versificación, por la superioridad de sus Manzonis, Leopardis y Fóscolos; de sus Lamartine, Victor Hugo y Musset; de sus Esproncedas, Quintanas y Zorrillas; de sus Goethe, Heine y Schiller; de sus Tenison y Byron.

Y he aqui que á Borao perjudicó muy mucho, una de sus más bizarras cualidades. Nadie ha empleado jamás el tiempo mejor, ni ha dado menos descanso y paz al espíritu y á la péñola. Nadie le aventajó en practicar con exactitud, el proverbio nulla dies sine linea, que esculpió en su paleta, el pintor ilustre á quien honro Alejando, concediéndole su esclava Campaspes por modelo.

Fué el mayor enemigo que la ociosidad tuvo nunca; el tipo más acabado del laborioso, del hombre útil. Más aficionado á lo mejor que á lo bueno, alcanzó siempre lo mejor, que es el obsequio con que la Providencia demuestra su cariño, al que trabaja.

Es más necesario éste que el genio á los fines providenciales de la historia. Las imaginaciones privilegiadas conquistan la inmortalidad en el tiempo; el trabajador, las palmas de la eternidad. No, no son los siglos en que florecen la adelfa y el mirto, los más fértiles en bienes. El áureo de Horacio no salvó á Roma; la centuria de Velázquez y de Quevedo es una centuria de decadencia:-en cambio, han hecho feliz å la humanidad, los que, con su perseverancia, raspando la roca del castillo, hicieron el grano de pólvora, que habla de destruir á ésle; encontraron en el cristal una retina superior a la retina del hombre; construyéronnos el émbolo de la máquina de vapor, la relorta en que se descompone el agua y el aire, la palanqueta del telégrafo, la prensa de Gutenberg, (la lámpara de Davy, el ancla de la

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