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Niña ó las cuerdas de la nave que dobló el Cabo de las Tormentas...; los que han colocado en la fachada del alcázar de su gloria, blasones que lucen en sus cuarteles, la hoz, el escoplo, el nivel y en su manto de armiño, las manchas del sudor que cae de un rostro inclinado al suelo, entre las espigas del trigo ó entre los racimos de la viña. No son el pueblo y el hombre más grandes los más sabios, si tienen dañado el corazón; ni los más heroicos, si su aureola tiene color de sangre; ni los más poderosos, si el puño de su espada es una argolla y opresor su imperio.

Hoy que no existen más clases que las definidas por las buenas obras y por la honra y que la ociosidad es vil, el pueblo y el hombre más grandes son los más trabajadores. Vivir es trabajar: no es otra cosa la vida. Magnífica es la entrada de un ejército vencedor en una ciudad:-hojas de laurel cubren el suelo; gallardetes y arcos triunfales sin número, se ven por todas partes; millares de cabezas apiñanse en los balcones y ventanas de los edificios; y en las calles y plazas, un gentío inmenso apriétase, cada instante más. Generales hermoseados por las victorias caracolean con su corcel, al frente de sus soldados ennegrecidos por el humo de la pólvora; una lluvia de coronas y de flores cae sobre las banderas, acribilladas por las balas; deslumbran los reflejos del sol en las bayonetas y en el acero de las lanzas; millares de pañuelos se agitan; y casi apaga el ruido que producen la infantería y artillería que pasan, los caballos que trotan ó piafan, las cornetas y músicas de los regimientos, los carros de la cruz roja, el estridor de las cadenas de los pontones, las armas que chocan en las espuelas y estribos, los hurras de una muchedumbre, que agítase, ebria de entusiasmo. Ante espectáculo tan deslumbrador, creéis estar en la confluencia de todos los ríos que arrastran los caudales, en que se distribuye la existencia: y sin embargo lo que veis son atributos brillantísimos de la muerte.

En cambio al penetrar en una fábrica, en un día en que los obreros descansan, las silenciosas máquinas no despertarán el frenesi en vosotros, y sin embargo allí el acero sirve al amor y no al odio, pues crea vínculos de gratitud y lazos fraternales, entre el pobre que transforma el algodón y el rico para quien es la tela. Al pensar en esto, aqui está la vida! decís sin duda: como los que tenéis sensaciones rurales, al ver en los pueblos, la ausencia de ese fastidio, de esa melancolía, que proyectan los vicios sobre las grandes ciudades, al ver la paz que existe, en la choza que humea al caer la tarde ó en la casa cuyo vestíbulo adornan,

trofeos de agricultura y en cuyas estancias os hieren el oído, piar de golondrinas, arrullos de palomas ó percibis las emanaciones de la alcazarra, olor a mosto, á luminoso aceite, á higos de mieles, à sabrosísimas frutas, à vaca de pezones ubérrimos, se os ocurre exclamar: Es cierto, como dijo Cooper, que Dios hizo los campos y es cierto, porque son los talleres en los que el trabajo, acerca la naturaleza cada día más, á ser digna morada del espíritu. Los guerreros son los protagonistas de la historia pasada, porque la historia pasada, es la historia de la guerra: los trabajadores lo son de la novísima, porque esta es la historia del trabajo. Y en verdad que los unos arrebatan más que los otros. Sublime, muy sublime es Bonaparte, haciendo lo que jamás pudo el simoún del desierto, haciendo estremecer las Pirámides y convirtiendo al Egipto monumental en adulador suyo; y sublime, cuando asustadas las naciones de su misma victoria, empujaron un mar hacia el Mediodía, amarraron à una peña de él, al árbitro de las batallas, y separadas de éste por un océano, por un cielo, por la invisible muralla de la zona tórrida, temblaban como las olas y las escuadras que guardaban al que tuvo su Lisipo en Canova y su Apeles en David, al que mereció que Byron le cantase, que Bellini le cubriese de siemprevivas la tumba y que le admirase Manzoni, especie de Rafael poeta, que condensando en cuerdas sonoras, los rayos más dorados del sol meridional y los más dulces del sol del Norte, reconcilió en sus versos, la encina druídica y la higuera latina: sublime la hazaña escrita en Puente-Sampayo y en las lomas del Bruch, y sublime Nelson el marino de táctica osada, rápida, terrible, conocedor de todos los misterios de las aguas, en el instante en que vestido de gran uniforme, atravesado por un tiro del Formidable, à la vista de la escuadra aliada en derrota y de los buques españoles hundiéndose en un Atlántico de sangre, exclama, cerrando los ojos, gracias, Dios mio, he cumplido con mi deber: sublime Mooltke sabiendo, antes de calzarse las botas de montar, que su corcel relincharia bajo el Arco de la Estrella, y sublime MéndezNúñez en el Callao; sublime Skobeleff, cubierta la blanca casaca con sus condecoraciones todas, como quien asiste á una gran fiesta, franqueando los Balkanes, con intrepitez digna de Aníbal, ansioso de convertir la media luna en escarpia de las caballerizas del Czar; y sublime Prim, hermoso, transfigurado, según le reproduce Fortuny, enardecido por el espectáculo de las movibles tiendas, de las masas de caballería, de los relámpagos de la infantería, del fuego de las baterías, por la serenidad de los que avanzan, por el

número de los que caen, por el valor de los que al ser heridos, cúranse tan solo de infundir ánimos á sus comaradas, por el aspecto de fiereza de los cadáveres, por la confusión de los que se desbandan, por el magnetismo, en fin, de aquella hora, en que denso el humo, copiosa la sangre, magnífico el peligro, à un tiempo se oyen robustas voces de mando, disparos de fusileria, cañonazos, ayes de muerte, toques de enronquecidas cornetas, el ruido que producen los sables al rozar en las piedras, las espingardas que estallan, las balas al partir los aceros, los batallones al calar bayoneta, valiendo él solo un ejército y un caudillo, atraviesa con la rapidez del rayo un suelo sembrado de valientes exánimes, de armas, mochilas, cajas, instrumentos de música, ruedas y arcones hechos pedazos, y espada en mano, á escape su tordo, penetra por el reducto en que fué general y soldado y donde la metralla respetó la majestad del héroe; porque no era cobarde, cual el plomo de la noche, en que las sombras envolvieron en el misterio el rostro de unos miserables asesinos, à fin de librar á la historia de la vergüenza de conservar en sus páginas los más execrables, de todos los nombres criminales.

Para mí es más sublime aún, el que voltea un puente, el que desinfecta lagunas y pantanos, el que construye la nave por medio de la que se cambia al nardo y las perlas de los golfos indicos, por el tabaco de América y el tabaco de América por la pasa de Málaga, llevando por doquier la comunidad del espíritu; Eddison en su horno; Lesseps yendo y viniendo à todas partes tan rápidamente, que no sé si él va á ellas ó ellas al corrector del globo, ideando, soñando y ejecutando trabajos, por los cuales le ha hecho Dios muy de prisa viejo, para no ver ociosas á las generaciones que han de venir, porque nada les dejaría por hacer en verdad, si en el cenit de su juventud se hallase, el que ha abierto puertas de bronce, en el istmo de Africa, á fin de que entren en las aguas de la civilización las rojizas olas faraónicas, que penetraron por las del infierno (1), para separar el Asia del pueblo arquitecto y geómetra, del país del simbolo. Aquéllos lucen aureola que deslumbra más; éstos son más humanos y útiles. Y sin negar su importancia á un conquistador ilustre; á artistas de la talla de Van-Dyck ó Delacroix, à Reaumur estudiando en los bosques, los trabajos de las orugas procesionarias ó á Beethoven inspirándose en las melodías campestres, para escribir las Geórgicas de

(1) Puerta del Infierno significa Bab el Mandeb.

la música; nada tiene que envidiar á la del que triuufó en Waterloo, ó produjo el Cuadro de las Llaves, la gloria de aquel por quien hierven ahora en millares de pucheros, patatas que alimentarán esta noche à sinnúmero de trabajadores.

Por esto, yo aplaudo el encontrar en las cumbres del Pincio, en las colinas melancólicas del P. Lachaise, en la Abadía de Westminter, en los templos y palacios de Venecia, los bustos, las tumbas de los hijos más preclaros de Italia y Francia, de la patria de Shakespeare y de la ciudad de los Dux: yo aplaudo que nuestro siglo haya celebrado los centenarios del epigramático historiador Voltaire, de Rubens, Petrarca, Calderón, Murillo, Santa Teresa y Sanzio: yo aplaudo la apoteosis de Goethe en el castillo de Weimar, y deseo que haya un día en Lisboa, un Alcázar, en cuyas iluminadas paredes se contemple, en pinturas al fresco, el sueño de D. Manuel el Feliz, á Adamastor cerniéndose sobre el Cabo, la isla de Venus, los pasajes más primorosos de la obra producida por aquel ilustre glorificador de la raza ibera, que describió á lo Séneca el fuego de S. Telmo; que en sus visiones del mundo y los planetas parece un Dante; que guerreó en el Atlas, combatió en el Rojo y en el Pérsico; y que marino en Buena-Esperanza, soñador en la India, visitó casi toda la tierra; lo mismo el mundo ptolemaico y los países que descubrió Magallanes, que el hoy tan calumniado Celeste Imperio, que opone el principio de unidad al federalismo tártaro; que conoció la brújula, la imprenta, la pólvora, la filosofía y leyó en los astros antes que nosotros; que con un pulso admirable ha descartado lo maravilloso de su credo; que ha dado un carácter práctico á su moral y un carácter moral á su religión; y que haciendo de la historia «un mayorazgo del espíritu», ha formado una especie de tribunal ó de concilio con sus historiadores. Pero si aplaudo el que Salamanca haya erigido una estatua al fraile que superó en la Profecia del Tajo la horaciana de Nereo; el que Espinel en Ronda, el Pintor de los Angeles en Sevilla, Cervantes en Madrid, Elcano en Guetaria, Pignate lli en Zaragoza, reciban testimonios de cariño, consignados en bronces y mármoles; deseo que igual acontezca á trabajadores, como Jacquard, Dollon y Ramsden á quienes debemos, un telar célebre, la máquina divisoria y el acromatismo del anteojo; como Fulton, Evans, y el Cellini y Antonio Allegri de la alfarería, soñador en el tejar de su padre, en el taller de un vidriero y en la iglesia de Chapelle Biron; que aprendió solo, la geometría, el dibujo, la pintura y la estatuaria elementales; que en el Pirineo se hizo pintor y

poeta, en los Alpes naturalista, en Flandes, en el Rhin, en las comarcas privilegiadas de la Francia, extasiándose ante los hechizos de los campos, al borde de las fuentecillas que retratan invertido el paisaje en el bosque umbroso en que se oyen los mimos de las alondras, al pie del roble à cuya sombra descansa la oveja, ó bajo la parra que esconde el establo de la vaca entrelazando con las mazorcas sus racimos, convirtióse en teólogo, filósofo, politico y literato; que Platón, Virgilio, Fidias y Rubens de los obreros, un fragmento de Lucas Robbia le reveló un arte sublime, merced al que nos reprodujo, la culebra dormida, el niño mamando, los juegos de Venus y los amores, una joven que, con el propósito de enseñarlos á las gentes, lleva en el delantal unos perritos que ha sorprendido en una cama y que asustados sacan la cabeza, á la vez que la madre muerde el vestido de la muchacha que apresúrase á tranquilizarla con una sonrisa, é innumerables vendimias de una sencillez encantadora, que discípulo de la naturaleza, sabio, genio de corazón, redentor de la tierra vil, es el patriarca del taller, el numen del trabajo manual novisimo, el alfarero de la Odisea, de la Biblia y del Evangelio, que luchando con su hambre, y con la incredulidad epigramática del ignorante, invencible á los obstáculos, ebrio de esperanza con sed de gloria y de belleza, quema su casa en su último horno, avasalla la musa de la inventiva, triunfa, y símbolo de la laboriosidad, inventor-tipo, mártir, rival de Rousseau en sus Confesiones,-de más precio aún que sus vasijas,-dulce, pio, virtuoso, convierte à Bernardo de Palissy en patrono de los artesanos y los libros de Bernardo de Palissy en Catecismo de la profesión que tiene por patriarcas à Corebus y Dibutades, su Jerusalén en la Etruria, su Atenas en la China y su Florencia en la Arabia. Por esto, si hago votos, para que luego, nuestra Basílica guarde, con el cariño que San Sebastián de Venecia las del Verones, las cenizas de Goya, á quien debe esta ciudad, entre mil beneficios, el retrato del Duque de San Carlos, segundo milagro del arte, al decir de un joven escritor (1), acordándose de que es el primero la Infanta Margarita de Velázquez, que Jordán llamaba el dogma de la pintura y de la que no sabía Mengs apartar los ojos; si bendeciré el día en que reciban homenaje B. Argensola en la Plaza de La Seo, Josef Luzán en la de San Miguel, el Justiciazgo en la del Mercado y en el Patio de la Universidad, Zurita; apetezco que la patria por él

(1) El Conde de la Viñaza, en su libro inédito sobre Goya.

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