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coronado, que tiene un látigo de oro por atributo de soberanía, en las heladas márgenes del Neva y á la sombra de los cimborrios de topacio de Moscou, convierten en un grito de libertad, la memoria de lo que fueron las tres naciones esclavas, y sobre todo la que, madre ayer de Sobieski, llora hoy al que poetizó sus amarguras, á Chopin el músico Benjamin de los desterrados. Pero entre nosotros no acontece lo mismo. Ni Navarra, ni Asturias, ni Galicia, ni Cataluña, han sido víctimas de crímenes, cual el crimen de que lo es la nación Briseida, – gran maestra en el arte de morir, — que despedazada por las uñas de tres águilas, fué un día la más poderosa de la Europa Central y vió el estandarte blanco de Prusia, inclinado ante su bandera en ceremonias, cual la conmemorada en el Homenaje de Alberto de Brandemburgo á Segismundo (1). Y no; no se encuentra en el estado de la perspicaz raza judía, que influyó de un modo tan enérgico, en el progreso humano, el país de los Berengueres, y que en la Edad Media «fué el primer Parlamento y la más alta cúspide de la la libertad que habíase hasta entonces conocidos; ni el sucesor de los bravos de Covadonga; ni el nieto del vasallo de Sancho el Fuerle, biznieto del héroe de Roncesvalles; ni el devoto del que simboliza la unidad espiritual de España, y dió su nombre, al peregrino de Compostela para que cristianizase la via-láctea, a los que lucharon por el Evangelio en la Reconquista, para crearles un lazo de unión y al soldado de Alfonso VIII y Pedro II, á los David que derribaron á Almanzor, á los sitiadores de Murcia, Sevilla y Granada, para que su grito de combate fuese un talismán, que les diese el privilegio del triunfo.

Todas las monarquias,- personajes de la epopeya que tiene su inicial en la Cruz de la Victoria (2),-atraíanse entre si; y sucesivamente dejaron de ser, convirtiéndose en España, en el altar en cuya presencia celebráronse las nupcias de los Reyes Católicos. Para que alboree un Renacimiento, para florecer una pascua literaria, necesarios son inteligencias que adivinen, genios dotados del don de profecía; Ariostos y no Petrarcas ó Tassos que escriban poemas á Scipión y al Africa ó tallen un lucero vespertino, como La Jerusalén Libertada. Lo que fué, «jamás despierta los afec

(1) Cuadro de Matejko, premiado en la última Exposición de Bellas Artes de Roma y que está en la Galería Nacional de Cracovia, al lado de Las Hogueras de Nerón, magnífico lienzo del gran Siemiradski.

(2) La cruz románica de la Reconquista, forrada en oro y guarnecida de pedrería por Alfonso III el Magno, se guarda en el relicario de la Cámara santa de la catedral ovetense.

tos que vienen á ser, como los hilos misteriosos con los que se teje la urdimbre de la vida y se prepara á la inicia. ción del progreso, las generaciones por venir». Históricamente hablando, las nacionalidades perdidas en la antigua Iberia, no son un dolor justo. Más aún, el trabajar por reconstruirlas es, declararse rebelde contra la historia, pues equivale a desobedecer el código fundamental de ésta. Si tales sentimientos existen en alguno, entienda que no pueden constituir un manantial del arte, pues el arte no es hijo de lo individual y sí, en cambio, vehementisima aspiraciòn á lo general de la naturaleza del hombre, á lo futuro, å la bienaventuranza, y por esto sus sacerdotes más legitimos se llaman Goya, más bien que David.

No quiero, no, el cultivo de las literaturas regionales, si los móviles que lo impulsan, son tendencias que la crítica considera bastardas, o el vano empeño de continuar la tradición poética del siglo de oro, de la que carecen muchas de aquéllas, faltándoles en su virtud el arte. La literatura catalana, por ejemplo, paluciega, erudita y raras veces popular, antes de D. Jaime; con inspiración suya, mirada á través del espíritu de las reformas del Conquistador; sin pensamiento nacional, aunque originalisima, en Lull y Muntaner; imitadora hasta la segunda mitad del siglo xv, en que recibe los efluvios de la musa de Castilla; no tiene savias, sino para producir épocas que, cual las de los consistorios y el Gay Saber, dejen tras sí máximas de retorica... «Los Quintilianos nunca han sido anuncio de grandes periodos en la Literaturas.

Todas las poesías regionales uniéronse; las obras escritas en el habla de Serveri de Gerona y Guillermo de Berga, en que fueron traducidos los amadores de Laura y Beatriz, en que cantaron los que obedecían las Leys de amor de Moliner, enriquecieron el tesoro literario de España, que empezó á considerar tan hijos suyos, al que le legase el Rimado de Palacio y á Juan de Mena, como al triste Rodriguez del Padrón, y al esclarecido numen (1) Benjamín de aquel mozo dignisimo de mejor fortuna y de padre más manso (2); y desde el siglo xvi, el arte de Castilla, no expresa una particular cultura, sino la del país que aprisionó al monarca más caballeresco de su época; que limpió de piratas las olas mediterráneas, eclipsando con este triunfo

(1) El Marqués de Santillana llama á Ausias March, gran trovador y varón de esclarecido ingenio.

(2) EI P. Mariana, refiriéndose al Príncipe de Viana.

la fama del rival de César; que luchó en Mulberg; que fatigó los tornos, labrando fajas para sus caudillos.

Pero si asi pienso, aplaudo el que por otros motivos, se cultive la lengua de las Cántigas y sobre todo la lengua de la Corona de Aragón. Una lágrima que sonrie placentera produce siempre, la memoria del hogar bajo cuyas vigas resonó la voz de nuestros padres y hermanos: irresistible impulso induce a las familias á recordar su casa solariega, con altivez ó con la modestia que Quevedo, en su célebre epigrama (1); á las entidades á no olvidar sus pragmáticas; á los países á celebrar sus fechas memorables; a los indivi. duos (2) á amar la lengua de su niñez, y sobre todo si es la de los que formaron con sus picas, después de Guadalete, el Ararat de acero en que salvóse el arca de nuestra liberlad, de las leyes, culto, y literatura cristianos, ó la del Altabiskarco cantúa, ó la que escuchaba el peregrino en sus noches de vela, junto al sepulcro de Santiago. Y si á esto se añade, la justicia con que, nacionalidades enemigas de la uniformidad y de la centralización, buscan por el camino de oro de las letras, lo que otras corrientes no les procuran, el vivir bajo el imperio de la ley de unidad y de la ley de independencia, se comprenderá cuán nobles son los afanes del compatriota de Rosalía Castro y de los que, en la falda del Tibidabo, se consagran á salvar el habla de sus abuelos, de la triste suerte, que ha cabido á muchos dialectos de la Edad Media.

Pero, ni el que escribe Espiñas, Follas e Frores, ni el discípulo de Aribáu, alcen pendón para derogar la ley sapientísima, que crea y destruye en provecho de los hombres; no esperen resurrecciones que no sucederán, al borde de los sepulcros en que yacen sus literaturas amadas; que el restaurador, á lo sumo puede producir, un instante literario. Sin vida pública, el catalán y el gallego no han recibido la influencia que los hechos generales y la marcha de la civilización ejercen en las lenguas, amoldándolas á nuevas tendencias é imprimiéndoles novísimos caracteres. El es

(1)

Es mi casa solariega, más solariega que otras, pues por no tener tejado

le da el sol á todas horas, escribía Quevedo, recordando la suya, en el delicioso valle de Toranzo.

(2) De guía me sirve, el magnífico discurso leído en la Academia española por el Sr. Balaguer, ilustre hermano en las letras, de Federico Mistral. Aprovecho esta coyuntara para ofrecer el testimonio de mi admiración cariñosa, al gran historiador y poeta.

critor moderno no puede hablar como el del siglo de oro, cuyo dialecto perdióse para siempre: la musa de aquel Parnaso, no es la de la centuria actual, porque no es posible el emanciparse del gusto de la época de que somos hijos; ni más allá de sus fronteras hay fuente de inspiración al alcance del genio. El hombre de letras, el erudito, el sacerdote de Apolo, trabajen enhorabuena por conservar todas las glorias de las literaturas. Que no haya en España lengua señora y. lenguas esclavas! Que el que pulsa su harpa en la margen de la ria de Pontevedra ó del Turia, y escribe en bable, el dialecto más rico para expresar los placeres de la vida que han descrito, pintado y reproducido mejor que nadie, el Cisne de Mantua, Watteau y Bellini; – que el triunfador en el moderno Consistorio, especie de Compostela catalán literario, cuyos santiaguistas se nombran Aribáu y Bofarull, Clavé y Balaguer, Forteza y Llorente, Permanyer y Querol, Rosselló y Blanch, Milá y Cortada, F. Soler y Pelayo Briz; que el vate regional, en suma, inspirándose en lo que fué y será, cante la historia, la bondad y la belleza, preséntenos al hombre más digno de Dios cada día, «pueble los corazones de esperanzas, la inteligencia de presentimientos y de propósitos la voluntado, aceptando á este fin todos los materiales necesarios al arte para cumplir su misión altisima! Sea así el guardador del canto de Lelo ó de las pastorelas y vaqueiras de la tierra de Payo Gómez Chavino y exprésese en la lengua «del Poema del Cid refrendado por Cervantes, en la de la Crónica de Jaime el Conquistador legalizada por Ausias March, en la de las Cántigas visadas por Camoens», que son los breviarios con que entrar podemos, en la Iglesia de las letras españolas. Y el vate y el prosista trabajen sólo por conservar la lengua de sus padres, aprendiendo la lección que Bofarull ha dado, en su Crónica de Muntaner. Y procediendo de tal suerte, procederán como buenos, porque útil es el guardar el habla de Saavedra Fajardo y Hurtado de Mendoza, y asimismo todas las variedades engendradas por el eterno y múltiple desarrollo de la vida, pues lo contrario sería rebelarse contra las leyes sociales. «El querer suprimir lo vorio porque lo uno existe, equivaldria á suprimir las naciones, porque existe la humanidad; y es imposible un elemento tan idéntico á sí, que en su desarrollo no produzca lo diferente»; que vasallos son el el Universo y la historia de la unidad y la variedad; y como el Universo y la historia, las lenguas. La de la ciencia subdividióse en innumerables dialectos, en la dorada mañana de la perenne juventud del alegre país, que perfumaban la miel del Hibla y el tomillo del Himeto: Roma no pudo con

seguir la unidad en el orbe de las letras, pues según observa nuestro Tullio (1), Tertuliano trasciende á Africa, Séneca à cordobés y en los epigramas de Valerio, se ve un hijo de la ciudad segada á flor de tierra por los siglos, en el collado Bambola y un patavino, en el suave, honesto, y elocuente historiador, que escribió sus narraciones, con leche pura y candorosa. Dice con acierto D. Victor Balaguer: - Es ley natural que las sociedades humanas estén sometidas a la de unidad y á la de independencia; mas no se olvide que la unidad, no evitando el Scyla de lo uniforme, conduce á la servidumbre hierática y la independencia, si no huye el peligro de las profanaciones del derecho, cierra entre sus brazos,

llamas, dolores, guerras,

muertes, asolamientos, fieros males. Si esto es innegable; y la armonía como la variedad, un precepto necesario de vida; si forman la personalidad Estado las personalidades provincias; éstas desaparecen, al caer en el señorio de aquélla; y literariamente, si su habla nativo es objeto de bruscos atentados en su dignidad. El herir la de las lenguas regionales, es sangrar la lengua patria, que será más eximia y de salud más firme, cuanto más eximia y más en salud estén aquéllas, á semejanza de lo acontecido en otras órbitas, en las que el poderío y el amor patrios, hallanse en razón directa, del amor local y del poderio provincial. Lo confirma la historia. España dió ejemplo de un delirio sublime, cuando Cataluña renovabu en los collados del Bruch la hazaña de Leónidas inmortalizada por el Tito Livio de la Pintura francesa, el gran David; cuando Aragón eclipsaba en las tapias de Zaragoza la fama de Sagunto y de Cartago; cuando Bailén y los Arapiles daban su nombre a batallas tan célebres, como la de Maratho en los anales griegos, la de Farsalia en los de Roma, las de Poitiers y Simancas en la Edad Media y en días más próximos á nosotros, las del Garellano, Pavía y Waterloo.

A las lenguas locales, es adonde ha de ir la oficial, en busca del modismo que necesite para agraciarse ó embellecerse. En modo alguno á las extrañas; á las de genio diverso! En modo alguno á la que hablaron Boileau y Balzac, como es costumbre; pues si la lengua de Boileau y Balzac, al decir de Voltaire, es una pobre orgullosa que lleva á mal la socorran con la dádiva más humilde, tiene que ser muy

(1) Emilio Castelar.

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