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siciones sociales, que os niegue la obediencia? ¿Qué le direis? ¿Que el órden social está interesado en que todos obedezcan, en que todos cedan parte de su libertad? El ciudadano español podria contestar: «¿Qué me importa el »órden social? Yo quiero que la sociedad se hunda, yo quiero ser egoista, yo »quiero tener el vano capricho de ver cómo la sociedad se hunde.» ¿Qué direis al español cuya frente, cuya alma, cuyo espíritu, cuyo corazon no se levante al cielo, desde el momento que os hayais imposibilitado para hablar el lenguaje católico, porque hayais abandonado la religion católica, no queriendo que continúe figurando ya como base del órden social en España, como la religion del Estado?

Y no creais, señores Diputados, que el pueblo se equivoque cuando así discurra en la práctica, y vea despues del catolicismo, mas allá de las ruinas del catolicismo, el vacío y la nada. Porque vosotros y yo, que afortunadamente hemos recibido alguna instruccion, no sé qué podamos hallar para sustituir y reemplazar á la enseñanza católica, al principio de derecho público expuesto por la doctrina católica, de que es menester obedecer á las autoridades superiores, porque aquel que resiste á las órdenes de la ley, resiste á Dios, y con esta resistencia incurre hasta en la condenacion eterna de su alma. Quitada la base, señores Diputados, ¿cómo'vais á sostener, cómo vais á hacer que se perpetúe el Estado, el edificio que sobre esa base habíasę levantado? Yo encuentro perfectamente lógico, yo encuentro arreglado a la buena filosofía, que el hombre que deje de temer á Dios, se emancipe ya de toda autoridad humana, porque no hay moralidad sino en la conformidad de nuestros actos con la ley de Dios; no hay deber de cumplir la ley sino en tanto que estos deberes arrancan de la misma ley natural, ley eterna de Dios. El hombre, pues que renuncia á esto, el hombre que se separa de esto, hace bien, segun la lógica de que aquí se habla, on rebelarse contra toda autoridad, contra todo órden, contra toda superioridad, contra toda idea que limite el círculo de su libertad absoluta, de su soberana autonomía. Ved, pues, señores Diputados, ved si teneis un gran interés, ved si debemos hacer todo género de sacrificios para evitar ahora que os tiempo, hoy que es oportunidad, el gérmen fecundo de males que ha de caer sobre nuestra patria si la religion católica deja de ser en España la religion del Estado, si en España, la religion católica deja de tener la categoría política que tenia como religion oficial del Estado.

»Dícese, sin embargo, señores Diputados, y aqui entro en la materia de la enmienda al art. 21; dicese, sin embargo, que es ya hoy imposible el sostenimiento de la unidad católica en España, porque reclaman de consuno contra este sostenimiento la marcha de los siglos, la ley eterna del progreso, la reciprocidad que debemos nosotros mismos, por nuestro propio interés, desear que exista entre la nacion española y los demas pueblos de la tierra. Yo, señores Diputados, respetando como respeto la opinion y el talento de los señores de esta Cámara que así opinan, voy, sin embargo, á ocuparme de cada uno de esos argumentos: procuraré demostrar que ninguno de ellos tiene fuerza bastante para que en nuestra Constitucion garanticemos y autoricemos el culto de otra religion, sino que estamos en el caso de

Henar nuestros deberes sosteniendo que la religion católica es la única cuyo culto se permite en España.

»Ocupémonos primero, señores Diputados, del argumento que á primera vista puede causar mal efecto, que yo confieso desde luego que tiene grandes apariencias de robustez incontrastable, el de la ley de reciprocidad.

»Se dice que cuando nosotros, los españoles, vamos al estranjero, se nos permite continuar profesando el culto católico: ¿por qué nosotros no hemos de permitir el culto de otras religiones á los estranjeros que vienen á nuestro pais y no tienen la buena dicha de profesar, como nosotros, la religin católica? «Sois injustos, se nos dice: violais la ley de la igualdad: ¿por qué »no haceis con los demas lo que quereis se haga con vosotros?»

» Hé aquí el argumento: veamos si su solidez es aparente 6 real.

» Señores Diputados, al llegar al debate de la enmienda relativa al artículo 21 de la Constitucion, prometí hacerme cargo de la razon en que la comision puede fundarse para proponer la tolerancia civil de cultos en Espana. Y dije que podia fundarse principalmente en la grande reciprocidad, en cuya virtud los españoles católicos estamos interesados en conceder tolerancia aquí á los estranjeros, para que ellos a su vez nos la concedan para la práctica de nuestra religion en paises estraños. Yo debo contestar á este argumento recordándoos, en primer lugar, que segun los principios de la mas rigorosa lógica, argumento que prueba demasiado, nada prueba. Y fácil cosa es demostrar que si este principio se aceptase y se llevase á sus últimas consecuencias, nos habia de conducir hasta abismarnos en el error mas monstruoso y absurdo.

> Vosotros sabeis perfectamente, señores Diputados, cuánta es la degradacion de aquellos pueblos que tienen la desdicha de vivir en el error, y en donde se hallan envueltos bajo las negras sombras del paganismo. Vosotros no ignorareis cuál es el tristísimo estado social que presentan en nuestros dias los paganos de la India, que se ven obligados á sacrificios enormes, hor ribles, atroces, bárbaros, cuyo solo recuerdo nos hace perder el color y la sangre. Sin estenderme en largas escursiones históricas, os recordaré solamente el sacrificio llamado PITRIMEDHA YAGA, que consiste en que la mujer que queda viuda haya de abrazarse con el cadáver de su marido y pre-, cipitarse con él á la hoguera, hoguera á la cual pone fuego el hijo ó el pariente mas próximo, y obedeciendo á una ley horrible, al mas bárbaro fanatismo, la mujer se cree obligada á seguir á su marido mas allá de la tumba. En este mismo siglo XIX, segun averiguaciones practicadas por el Gobierno de Bengala, ascienden á la horrible cifra de 30.000 víctimas las infelices mujeres que anualmente pierden su vida en aras de una religion absurda, grosera, estúpida y sanguinaria.

>Horribles son, y no hay por qué enumerarlos, los desastres de todo gé, nero y los sacrificios que en 1802 sufrieron las dos mujeres de Ameer-Jung, regente de Tanjora. ¡Y esto en un pais en que se considera como crímen horrible el matar una vaca, y en donde no se atreven los braçmanes á matar los insectos que los devoran! Pues bien; vengamos al argumento. Suponed vosotros, señores Diputados, que viene á España una comision de indios paga

nos, que se acerca al Poder ejecutivo, que se dirige á las Córtes c nstituyentes y nos propone que les permitamos ejercer en España su culto, hacer su propaganda y hacer proselitismo, fundando la súplica en este considerando:

» Vosotros, que proclamais la ley santa de la igualdad; vosotros, que no podeis negar el principio de la ley de la reciprocidad; vosotros, que os creeis en el derecho y en el deber de llevar vuestro heroismo hasta el punto de venir á nuestro pais á anunciarnos la religion del Crucifijado; vosotros, que creeis tener derecho á ejercer en nuestro pais el culto católico, debeis permitir tambien que nosotros ejerzamos entre vosotros nuestro culto y que hagamos propaganda por todos los medios qne estén á nuestro alcance. ¿Qué contestaríais á este argumento, señores Diputados? Pues esa misma contestacion es la que yo doy á los respetables individuos de la comision de Constitucion, que invoca la ley de la reciprocidad para que toleremos civilmente en España otros cultos, ya que queremos que el católico sea tolerado tambien civilmente en otros paises.

» Esta cuestion, señores Diputados, puede mirarse desde dos puntos de vista, y de aquí las dos distintas, contrarias y diametralmente opuestas soluciones que se le pueden y se le deben dar. La cuestion de tolerancia civil de cultos desde el punto de vista protestante está resuelta ya en favor, no solo de la tolerancia, sino de la libertad absoluta de cultos.

» El protestantismo no puede invocar á su favor el privilegio de la verdad esclusiva, porque el fundamento esencial de su dogma es el libre exámen. Y el protestante que conforme á sus propias creencias interpreta un texto de la Escritura á su modo, y ve que un su correligionario la interpreta en sentido opuesto, no tiene razon, ni derecho, ni autoridad para sobreponer la interpretacion suya a la del otro, ni su dogmatismo al dogmatismo del otro, ni su símbolo al símbolo del otro, ni su religion á la religion del otro. Pero si tratamos de resolver la dificultad ó la cuestion bajo el punto de vista católico, entonces varian esencial y sustancialmente los términos. El católico no discurre así, porquê sabe que puede hacerlo de otra manera. El católico, mientras sea católico, tiene la seguridad absoluta y completa de que

está en posesion de la verdad revelada. El católico está tan seguro de la verdad del catolicismo, como está seguro de la existencia de Dios, y antes dudará de su propia existencia que de la verdad del catolicismo.

»Ahora bien: como el catolico sabe que la verdad tiene derecho y que el error no lo tiene; como el católico sabe que la verdad es el bien de la inteligencia, como el bien es la verdad del corazon, de ahí que el católico, obedeciendo y siendo consecuente con sus principios, no puede concebir cómo se establezca sin altas razones de Estado, sin motivos muy apremiantes, la tolerancia civil de cultos'en una nacion que tiene la dicha de profesår esclusivamente la religion verdadera.

» Pero ¿cómo hemos de sufrir, se dice, esa humillacion tremenda, esa acusacion justificada de que todos los pueblos civilizados del globo se levanten contra nosotros, contra el pueblo español, acusándonos de intolerantes y de fanáticos? ¿Es posible que hayamos de ser el único pueblo en Europa, en el

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mundo, que todavía se obstine en conservar la unidad religiosa? ¿Es posible que hayamos de oponernos á la marcha progresiva de la civilizacion?.

» Señores Diputados: yo, á propósito de quedarnos solos ó no solos, podria recordar aquí, y permitidme lo vulgar de la frase, siquiera sea en obsequio de la profundidad que encierran nuestros antiguos adagios, podria recordar aquel adagio de que «vale mas ir solo que mal acompañado.»

»Pero entremos de lleno en el examen de esta cuestion. El quedar solos, solos, solos en una determinada, concreta cuestion, no es bastante para resolverla en uno ó en otro sentido.

»Si se nos pudiera decir, señores Diputados, que las naciones europeas han perdido las provincias que poseian en Ultramar, que ya ningun otro Gobierno lleva su accion mas allá de los mares: cuando se nos dijera que solo España es la que todavía tiene posesiones últramarinas, ¿admitiríais vosotros el argumento de que España debe espontáneamente ceder los derechos que tiene sobre la isla de Cuba, por no querer España ser la única nacion que, contrariando la marcha de todos los demas pueblos, estiende su poderoso manto mas allá del Océano?

»Señores Diputados: un poco de paciencia: mantengamos en España la unidad católica, y yo os aseguro que vereis como lejos de ir solos, nosotros llegaremos en un dia, para mí no lejano, á ocupar el puesto de honor solos al frente de las naciones civilizadas.

>¿Quién hay que no vea ese gran movimiento, ese movimiento verdaderamente providencial, hácia esa gran unidad, hácia la unidad católica? Si hubiéramos pensado nosotros en esto hace tres siglos, cuando sonó el grito de reforma religiosa, se comprende; pero ahora, señores, al cabo de trescientos años; ahora que el protestantismo es un cadáver, porque el protestantismo va por etapas declarándose vencido y acercándose al catolicismo, ó perdiéndose en la religion del naturalismo, venir hoy á que España pierda su unidad religiosa, es sobre funesto al pais, lo mas inoportuno que pueda pretenderse en la segunda mitad del siglo XIX.

>La cuestion, pues, de quedarnos ó no quedarnos solos, de entrar o dejar de entrar en lo que se llama concierto europeo, debe, en mi concepto, resolverse de otra manera ¿O es, ó no es el catolicismo un gran elemento de progreso social? ¿Lo es? Pues hagamos los esfuerzos posibles para mantener entre nosotros la unidad católica.

>>Y nada mas fácil, señores Diputados, que hacer ver que la religion católica es la única religion eminente y verdaderamente social. Y la gran cuestion social está planteada, y la gran cuestion social, mal que os pese, requiere una pronta y radical solucion, y la cuestion social no tiene solucion satisfactoria fuera de la escuela católica.

»Ved, pues, vosotros, señores Diputados, la tormenta que atraereis sobre esta ya trabajada nacion española, si separándola de la enseñanza sublime del catolicismo quereis prescindir de su influencia para resolver un problema pavoroso, la cuestion entre pobres y ricos: esa cuestion, que no ha sido cuestion en España, pero que lo será, y lo será desde luego si dejamos de ser católicos y dejamos de ser una pacion eminentemente católica. Esa

»bre que

cuestion no tiene solucion posible si no es la anarquía, el desórden, 'el caos, la muerte y la ignominia para España.

»Discutamos con frialdad, señores Diputados, y ved si convenis conmigo. Voltaire ha dicho que es necesaria la distincion entre pobres y ricos, porque "así lo exige el órden social. Roussea'u ha escrito, que cuando los pobres consintieron en el reconocimiento tácito de los ricos, los ricos se han visto obligados á dar lo necesario á los pobres. Y continúa diciendo: «El primer hom

cercó un terreno y dijo esto es mio, es el verdadero fundador de la »sociedad.»

» Aquí teneis, señores Diputados, el origen de las tendencias funestas que se notan, que se sienten, que se palpan ya en toda Europa, y que se notan y palpan ya entre nosotros: en estas dos frases de dos escritores hallamos toda la doctrina del socialismo-comunismo, ó sea en su primera parte el socialismo y en la segunda el comunismo: aquí teneis, pues, la escuela naturalista dirigiéndose al pobre, que se queja de su horrible estado y de haber quedado impiamente desheredado, que le dice: «los lotes están hechos ya; id å otra >parte á reclamar lo que creais que es vuestro.»

» Pero, señores Diputados, yo diria aquí á Voltaire y á Rousseau: es verdad que la distincion entre pobres y ricos existe y es de necesidad; pero ¿quién ha de ser el rico? ¿Quién ha de ser el pobre? O mejor, ¿quién es el que se resigna á la abyecta, á la servil (fuera de la idea cristiana), servil condicion de pobre? ¿Cómo el pobre tiene obligacion de sostener eso que llamais órden social, eso que para el pobre es un desórden, cuando el pobre ve que esa sociedad lo aplasta como un gusano y le niega lo mas preciso para la vida? ¿Cómo ese pobre tiene deberes que cumplir todavía hácia esa sociedad sin entrañas? ¿En virtud de qué principio podeis cerrar los lábios del pobre cuando maldiciendo de la providencia de Dios, cuando maldiciendo del hombre, de la sociedad y de sí mismo, diga: no, la tierra no es de nadie, la tierra es de todos, y de todos los frutos que la tierra produzca? Yo, señores Diputados, no temo ciertos hechos aislados, ciertos crímenes, ciertos delitos que tienen su nombre en el Código, que tienen su nombre en la Historia, que tienen su nombre en el corazon humano; lo que sí temo en gran manera es la proclamacion dc principios que vengan á cohonestar todos esos crímenes, todos esos delitos Defandos.

»Pero enfrente de la cátedra de Voltaire y de Rousseau, y sobre la cátedra de Voltaire y de Rousseau, y a una altura inconmensurable, está la cátedra católica; la enseñanza católica, que dice al pobre: «ese aparente des »Órden que observas tú en la sociedad humana está perfectamente justifi»cado por un órden ulterior; recuerda que tienes un padre culpable y väs rá un Padre Omnipotente y misericordioso, justo y reparador de tus tra»bajos en la tierra; recuerda que lo que tú padeces es expiacion respecto á lo »pasado, es prueba con respecto á lo porvenit. Así, señores Diputados, con este lenguaje místico, pero lenguaje de profunda, de alta, de social, de civilizadora filosofía, es como viene la Iglesia á resolver satisfactoriamente la cuestion pavorosa, la cuestion tremenda, que no tiene, que no puede tener resolucion fuera de la Iglesia católica. Esta cuestion todavía es mas

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