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lidad de la ciudad, se recompensó su ayuda en la guerra, se pagaron los perjuicios sufridos por causa del rey, se protegió la vida de los concejos, y todo ello había de redundar en beneficio de la población, en su progreso, en la mejor situación y comodidad de los vecinos; el bien se hacia á muchos: á todos los más que podía otorgarse dada la constitución de aquella nación y de aquella sociedad.

Los antiguos pergaminos, a parte la honra que dejaron á los favorecidos, y aparte también la materialidad de la gracia con ellos recibida, tienen en la historia otro valor muy apreciable, pues que como documentos auténticos de la época, la retratan muy fielmente, descubriéndose y vislumbrándose, cuando menos, en su lectura la manera de estar constituida la nacionalidad en sus diferentes maneras y medios de actividad, dejando aún datos más curiosos para llegar al conocimiento de la autónoma y variada existencia de los municipios, como organización más moderna y como agrupación superior al conjunto de familias.

Los privilegios dados por los reyes á las villas y ciudades son una buena parte de la historia de ellas mismas; allí están, como condensados, sus hechos meritorios y heróicos, que no se olvidan por lo mismo que quieren recompensarse, bien concediendo la feria franca, ya eximiendo a los vecinos del pago de algunos de aquellos onerosos y múltiples derechos que poseía el rey; allí están manifiestos los estímulos para las fundaciones de los Estudios generales, cuyas primeras Universidades fueron miradas siempre con venerado respeto; allí están las disposiciones, como podían darse en aquellos tiempos, para favorecer el comercio y la industria, los 'abastecimientos y las defensas; por punto general, no dejaba de tener ninguna ciudad, ó villa de alguna importancia, su colección de privilegios ó cartas que no atendiera si á selañar su especial organización, también á procurar su acrecentamiento, favoreciendo las especiales aptitudes de los vecinos en su trabajo ordinario, protegiendo la concurrencia á los mercados, dispensando y dando facilidades á los ganaderos y agricultores, en fin, traduciéndose el mejoramiento de los pueblos y la magnanimidad de los reyes de muy diversas y variadas maneras.

Bajo el punto de vista paleográfico los viejos pergaminos de los archivos tienen un valor incalculable, como que en ellos se estudia la paleografia, se estudia la formación de nuestra lengua nacional, observándose, además, el adelanto de las artes y la adopción del buen gusto en las letras policromas de las cabezas, en el signo del rey, que si empezó modestísimo, como rudo que era por lo mismo que se dibujaba sin pretensión alguna y siempre en negro, llegó más tarde á los grandes signos, donde los más brillantes colores componían los castillos y leones, lema de la nacionalidad, orlados de caprichosas letras góticas que figuraban vistosa cenefa, resaltadas más brillantemente con las líneas y trazos de oro. Los sellos de cera y de plomo, colgantes de las coloreadas sedas, que tan típico carácter dán á los antiguos pergaminos, son también otros tantos motivos para estudio de la numismática de la Edad Media; particulares son todos los apuntados interesantes no solo al erudito, al artista y al historiador, sino simplemente al curicso.

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Valladolid, villa un día importantisima en estas tierras de Castilla, tuvo también, como otras, rica colección de privilegios y cartas reales, que pueden conceptuarse como las ejecutorias de su nobleza, no de la nobleza y de la importancia que dá la anti

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güedad, que ya pasó la moda de buscar en la obscuridad de los tiempos los timbres de gloria de los pueblos, que no es más noble é importante el fundado en remotos orígenes, sino el más activo, el más trabajador, el más culto; Valladolid tiene escrita su nobleza en los privilegios concedidos por los reyes, porque los mismos monarcas á cada paso citan rasgos y hechos ejecutados por los vallisoletanos que prueban el desinterés, el servicio, el valor y la abnegación; Valladolid lleva manifiesta en sus privilegios la nota de ser villa importantísima en los tiempos medios, porque en ellos se ve su acrecentamiento, la mayor parte de las veces conseguido á costa del concejo, así como que era pueblo trabajador y honrado, comercial é industrioso.

Es tal la interesante colección de privilegios que Valladolid poseía que basta lcer las palabras que a este asunto dedicó Don Matías Sangrador y Vítores en su Historia de Valladolid, la más extensa y apreciada de todas la publicadas; decía asi en la página 98 del tomo I:

«Uno de los monumentos más respetables que perpetuarán al través de los siglos el recuerdo de las antiguas glorias de Valladolid, es indudablemente la colección de estas cartas y privilegios Reales que de diferentes reinados conserva cuidadosamente la Ciudad en sus archivos. El modo y forma en que se hallan redactados tan preciosos como interesantes documentos, el tierno, pero expresivo lenguaje, con que en ellos se manifiesta el excesivo reconocimiento de los Reyes, son y serán siempre uno de los más honrosos y esclarecidos timbres de que podrá justamente blasonar Valladolid. La experimentada fidelidad de sus moradores en las borrascas políticas que tantas y tan repetidas veces agitaron á Castilla; la constancia y decisión con que defendieron a sus Soberanos perseguidos por la suerte y á quien ofreció Valladolid seguro y hospitalario asilo; y finalmente, las cuantiosas sumas que con generoso desprendimiento ponía en manos de estos para remediar las urgencias del Estado, fueton siempre la causa impulsiva que movió á los Reyes á la concesión de tantas prerrogativas y gran número de privilegios que por tantos siglos disfrutó esta heróica población».

Pero todos esos privilegios, de que tan orgullosos pudieron mostrarse un día los vallisoletanos, y que hoy no tienen más que, como hemos dicho, un gran valor histórico, no son conocidos en detalle por quienes más interes pueden tener en conservar los documentos originales, patentes de tantas mercedes y favores. Los historiadores de la ciudad han indicado muchos de ellos, es cierto, pero siempre de manera incompleta, y equivocando fechas, co· piándose los unos de los otros, en general, por lo que los errores no fueron subsanados casi nunca.

Han tenido un gran defecto nuestros historiadores locales: han registrado poco los archivos de la ciudad, y menos todavía el del Ayuntamiento, en donde diseminados, es verdad, esparcidos, sin la hilación que dá la obra hecha y terminada, se encuentran datos y detalles importantísimos de la historia de Valladolid, muchos de ellos desconocidos de la generalidad, otros completamente ignorados en estos días, los cuales están deseando encontrar una mano piadosa que les saque de la obscuridad de los estantes, donde el polvo y la polilla van destruyéndoles poco a poco, pero sin solución de continuidad.

De entre tantos escritos como conserva el Archivo municipal de Valladolid y pueden servir, como decimos, para ilustrar y adicionar aún mucho la historia de la ciudad, siempre han sido por nosotros mirados con gran veneración los legajos de privilegios. Hemos pensado muchas veces en el afan de los concejos de otras edades por conseguirlos, en el exquisito cuidado con que se guardaban en las arcas de nogal de la iglesia de San Miguel, donde era más fiel la custodia; y hoy también hemos pensado en ellos, pero les hallamos en legajos incompletos, algunos de los cuales solo tienen el indice ó inventario, como acusando la rapacidad de algunos despreocupados; solo un pergamino conserva el sello de plomo; están sin orden de género alguno y envueltos en humilde papel amarillo atados con el clásico balduque, que clama por ser sustituido por carpetas decorosas, que eviten también la desaparición de la tinta de la escritura por la descomposición del cuero debida á la humedad.

Es claro que esto ha llegado por la actual nula importancia material y positiva de los privilegios; pero aunque el progreso haya llegado a las ideas de generalización en las leyes, y el cuerpo de consulta para la administración municipal esté en la Gacela de Madrid, aunque los privilegios tuvieran que ceder, ya hace muchísimos años, á las corrientes provechosas de una igualdad razonable,-pues los privilegios murieron más que por otras causas porque fueron tales las excepciones que con ellos se conseguían, que la excepción era la regla,-es lo cierto que visto solamente como documentos históricos son de gran estimación y venerable respeto, dignos siempre, por tantos fundamentos como hemos apuntado, de ocupar el sitio de honor en el archivo de la ciudad.

Creemos haber leido los documentos todos que de ese género se conservan reunidos en el Ayuntamiento; los traspapelados, los desaparecidos en las tres variaciones de local que ha sufrido el Archivo municipal évolverán algún día al sitio que se les reserva? ¿podrá formarse la colección completa é integra que constituiria la primera parte de los «documentos inéditos» de nuestra historia local? Será difícil; por eso nos apresuramos á coleccionar los existentes y ordenarles en un indice que no tendrá seguramente otro valor que el de la curiosidad.

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