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paso vacilante la hueste de Riego, disminuida hasta lo sumo por las fatigas y la desercion. El 7 de Marzo, reducido á quinientos hombres descon

tentos y desesperados, atravesó el puente del Gua(* Ap; lib. 8. dalquivir y entró en Córdoba (*) sin ser hostilizanúm. 17.)

do, no obstante su numerosa poblacion, y no obstante que se hallaban en la ciudad un escuadron de caballería y varios destacamentos á pie. Riego con su tropa pasó la noche en el convento de San Pablo, donde le facilitaron los auxilios que pidió, sin que le inolestasen la caballería de dentro de Córdoba ni las fuerzas del rey, alojadas en distintos pueblos del contorno, y al dia siguiente continuó su marcha a las montañas de Sierra-Morena. De suerte que si no era recibido por los ciudadanos con arcos de triunfo ni crecia su cohorte en aquel paseo inilitar, en el que nadie se le unia, tambien es cierto que no encontraba en parte alguna eneinigos deseosos de destruirle, y que militares y paisanos parecian huir el cuerpo al peligro de banderizar el reino, y ansiar en silencio que venciese la causa de la libertad. Pero los deseos no bastan: Quiroga, bloqueado en la isla, necesitaba trabajar con teson para detener á los desertores; y todo anunciaba que si Freyre acometia aquella cuna de la Constitucion de 1812 no se estrellaria contra obstáculos insuperables. En medio de las agonías de la insurreccion, el reino, tranquilo hasta entonces, se pronunció contra sus opresores , y el pedestal próximo á hundirse en la isla recobró su aplomo y firmeza cimentado por inesperados sucesos.

Habian transcurrido Enero y la mitad de Febrero sin que perturbasen la pública tranquilidad nuevas conspiraciones, no obstante que recorrian la Mancha y Estremadura partidas sueltas proclamando la Constitucion, mandadas algunas por ban

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1820.

Del Ferrol.

didos coino Melchor, que subió al cadalso en Madrid el 5 de Febrero. El gobierno, fijos sus despavoridos ojos en Andalucía, no veía riesgos sino en la isla de Leon, y acumulando alli todos sus recursos dejaba desguarnecidas las provincias, donde tanto pesaban las cadenas impuestas por espacio de seis años. El ministerio, presidido por el inesperto y débil duque de San Fernando, minado siempre por la camarilla, y vacilando entre la nulidad y apatía de su presidente y la furibunda exaltacion de Mataflorida, no tomaba providencia alguna para salvar el trono de los escollos donde iba á naufragar.

El 21 de Febrero la guarnicion de la Coruña, al mando del coronel don Felix Acevedo, y en union del pueblo, proclamó la Constitucion y ar- Levantamienrestó á las autoridades; cuyo ejemplo siguió el 23 to de la Coruña. el Ferrol, y despues Vigo. Aterrado el conde de

De Vigo. San Roinan, que mandaba en Santiago las armas reales, retiróse á Orense, donde procuró concentrar á tanta distancia las compañías de provinciales у

efectivas, que reunió á fuerza de vencer dificultades. Pero la insurreccion, arraigada en la Coruña, habia establecido una junta, en la que figuraban Busto, Valladares, Vega, Espinosa y otros, colocando á su cabeza al ex-regente don Pedro Agar, y formando igualmente un cuerpo de operaciones, despues de haberse posesionado de Santiago, movióse hácia Orense. Con la noticia del movimiento de los liberales marchó el de San Roman á Benavente, dejándoles en pacífica posesion de la Galicia, y prestando de este modo incremento estraordinario á la llama que casi sofocada , y espirando en Andalucía , se levantaba amenazadora en el estremo opuesto de la nacion, y con muestras de dominarla y abrasarla. Nuevo golpe que acabó de confundir á los ministros, sin que volviesen en sí con el

lacio.

Viaje de Elio viaje del sanguinario Elio, que sabido el

sabido el pronuná Madrid.

ciamiento corrió en posta desde Valencia á alentar á los palaciegos, y á proponer que le encargasen el mando de las huestes que se dirigian á tin. dalucía, ó que le permitiesen partir en clase de soldado; y habiéndolos encontrado en estremo débiles y amilanados, tuvo que regresar á su provin

cia de orden del ministro, que temia su exageracion. Terror de pa

Lleno de pavor con tan súbitos acontecimientos el palacio de Fernando, la camarilla inflexible hasta entonces con los vencidos, comenzaba á temblar con la idea de que se transformasen en vencedores. Los cortesanos miraban con maligna sonrisa á los ministros, que con los ojos desencajados buscaban en Alagon y en Ugarte consuelos con que

calmar la ansiedad del rey, quien paseándose meInterior de ditabundo por su cámara, hablaba unas veces de la cámara real. ceder al peligro, y otras amenazaba con jurainen

to á sus enemigos. La reina, desconsolada con lo que oía á su esposo, rezaba fervorosamente en lo mas recóndito de su cuarto, mientras Chamorro con lúbrico desenfado convertia á veces una escena de tribulacion y de despecho en desconcertado coro de carcajadas que salian de la nube de humo que rodeaba á Fernando, como el trueno que nace de las que cubren el cielo. A cada nueva que llegaba, un momento de silencio anunciaba que no era favorable: todos preguntaban, á cada minuto esperaban una novedad; y la impaciencia y el desasosiego condenaban la Corte á una alarma contínua.

Fernando, que anteveía claramente la esplosion de la borrasca, principiaba á llamar á algunos grandes, de quienes hasta entonces se habia

recatado, y estos le aconsejaban parar el rayo que 1820. ainenazaba su cabeza. El 3 de Marzo pues firmó un

decreto autorizado por el duque de San Fernando,

Decreto de 3 de Marzo.

en el que decia, " que deseando llevar a cabo sus paternales deseos, y conformándose con el parecer de su augusto hermano el infante don Carlos, y de la junta que este presidia, mandaba que el Consejo de Estado propusiese los inedios que creyese oportunos para llenar en lo futuro sus altas funciones: que se auinentase el Consejo con sugetos consumados en sus respectivas carreras, y que mereciendo la confianza real, gozasen tambien de la mas aventajada opinion pública: y que cualquiera individuo pudiese dirigir franca, libre y reservadamente sus ideas y escritos al mismo Consejo de Estado. Escusábase de la tardanza en haber adoptado estas medidas por la agitacion de Europa; y afirmaba que solo deseaba la ventura de sus gobernados, en cuya cordura confiaba, a pesar de las cri. minales tentativas que le rodeaban. El decreto en fin era una promesa de reunir la nacion por estamentos hecha oscura y vagamente, en vez de einplear la franqueza y el decoro.

La política ordena á un monarca sabio evitar toda lucha con el pueblo, pues aunque logre establecer la tiranía ha de vivir en continua

pugna, y el dia que de ella cede ó afloja las riendas del terror, desbócase el caballo antes enfrenado y lo precipita. Fernando, acatando la opinion pública despues de haberla despreciado por seis años, confesaba su impotencia y su vencimiento. Asi es que el decreto lejos de calmar los ániinos acaloró la imaginacion de los ciudadanos, y fue el aviso de la debilidad para que la hollasen sus contrarios: nuevos sucesos vinieron de tropel á consumar la caida del despotismo de la camarilla.

Zaragoza ondeó el 5 de Marzo la bandera de los libres, hermanados la guarnicion, el pueblo y los prohonbres de la provincia. Al son de las entusiasmadas aclamaciones de los valerosos aragone

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1820. Tumulto de Zaragoza

T. II.

ses reuniéronse en la plaza el capitan general, inarques de Lazan, el ayuntamiento y otras muchas autoridades y personas condecoradas; y todos juraron y proclamaron la Constitucion de 1812, estendiendo una acta solemne firmada y autorizada en debida forma. Nombraron en seguida una junta superior gubernativa, en la que figuraba el ex-ministro de Hacienda don Martin Garay, y aguardaron con tranquilo continente el acuerdo de la Corte. Sabido el pronunciamiento en Navarra, donde don Francisco Espoz y Mina habia penetrado á la fama de las revueltas de la isla

con el libro constitucional en la mano, declaróse De Paroplona, el 11 Pamplona por las leyes sancionadas en Cá

diz, en medio del alborozo y de la embriaguez del

vulgo. La noche del 8 el regimiento que guarnecia De Tarrago, la plaza de Tarragona se insurreccionó y puso preso da,

á su gobernador el marques de Zambrano, al teniente rey y al coronel del cuerpo; y en la mañana del 9 confundido con los paisanos apellidó libertad.

Entre tanto el conde de La Bisbal, ansioso de vengar la desconfianza de la Corte, y mirando el cielo turbio y oscuro y la tempestad encima de palacio, juzgó que esta vez el éxito de la empresa no se malograba, y consiguió, redoblando las lisonjas y seguridades, que se le confiase á ruego suyo el mando del ejército que se formaba en la Mancha para reducir á la obediencia las provincias que habian abiertamente aclamado el código del año doce. Mas apenas llegó el conde á Ocaña,

donde su hermana mandaba un regimiento alli aInsurreccion lojado, entusiasmá á los soldados pintándoles la de La Bisbal en Ocaña.

vergüenza de la servidumbre y la gloria de la libertad, y proclamó la Constitucion, jurando con los oficiales y soldados morir en su demanda. Los consejeros de Fernando, dominados por el miedo del mismo modo que lo habian estado por la im

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