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mas, henchidas e inmóviles las anchas gavias, símbolo peregrino de fuerza, valor y audacia, o la rodea esperando y recogiendo los tacos del disparado falco nete, que caen encendidos y humeando a apagarse en el agua; ni el asomarse a la borda del rostro pálido del herido o del inutilizado, ansioso de calmar ansias supremas, ni el ansia mayor de los que miran parecer uno en pos de otro rostros y rostros sanos o padecidos, sin que ninguno de ellos sea el que esperan.

Nada de esto se escribió, ni era preciso, porque si los sucesos del hombre reunido en sociedad obedecen a causas variables según las ocasiones, los tiempos y las usanzas; los sucesos de su alma, sus dolores, afectos y desengaños, son constantes y se renuevan con la raza en las edades y en el individuo, y no necesitamos que un autor contemporáneo nos lo cuente para saber cómo lloraron las madres del siglo XIV que perdieron a sus hijos en la gueria, o los hijos cuyos padres quedaron en ella, ni cómo la gloria deslumbrante egoísta de los afortunados, hizo olvidar la muerte, el sacrificio, los martirios y agonía de los menos venturosos, cuyas vidas nutrieron el espléndido y fascinador fantasma.

Cronistas también, y cronistas apretados por la muchedumbre de sucesos, por la austera ley de proporción y ceñidos a límites de prolija y seca narrativa, indican los diferentes aprestos navales, las levas y arribos de escuadras que en son de paz o guerra hacen figurar el nombre de Santander en los ricos anales de la patria. Así le citan al referir Ayala los armamentos contra La Rochela en 1372 (1); Gutierre Díez de Games, los que en 1405 acaudilló Pero Niño para otra campaña de la misma contienda entre ingleses y franceses; Andrés Bernaldez, el desembarco de la princesa imperial Margarita, que venía de Alemania a ser esposa del principe don Juan, hijo de

(1) El barrio del lugar de Cueto llamado La Rochela, ¿trae su nombre de es. tos tiempos y de alguna de estas expediciones? No faltarían a bordo de la escuadra organizada en Santander marineros de aquella naturaleza y patria. También en Laredo hubo una batería de La Rochela, y en lugares de la costa vascongada hay calles de La Rochela.

los Reyes Católicos, en marzo de 1497, y a la cual hallaremos más adelante en otro lugar de estas montañas; y Sandoval, el del magnífico César Carlos V, a 16 de julio de 1522, cuando venía, castigada la soberbia castellana, a tomar franca y duradera posesión de estos reinos, que habían de ser en su mano el arma más segura y mejor templada de su grandeza y del temor de los extraños.

Pero llegó (A. C. 1570) uno de estos sucesos, llamados especialmente históricos, sin duda porque la historia los consigna y pone en luz, y llegó de improviso. Hubo; entre los testigos del suceso, uno, curioso de escribir lo que veía, o puesto en obligación por amistad o deferencia, de participarlo a ausentes; el tiempo salvó su carta, y con ella una relación curiosa y menuda del caso, de éstas que antes no cabían en la gravedad y extensión de una crónica, y de las que, a impulso de nuevos gustos, hoy se engendran y toman su más rica y sabrosa sustancia las crónicas (1).

Una tarde de octubre, cubierta y lluviosa, con mar del Norte y vendavales duros, tarde de uno de estos días atemporalados, que sobrevienen a las veces en nuestra costa, y plantan la huella y estrago de crudísimo invierno en medio de las dulzuras y halagos de tardío verano, que tapan el sol, alborotan el mar, desencadenan los vientos, y traen a deshora las noches largas, la desnudez del campo, el naufragio, la miseria y la enfermedad, pareció en aguas del puerto y en demanda de su boca una lucida escuadra de hasta treinta naves gruesas y hermosamente pintadas. Acercóse a entrar la que hacía de capitana; llegáronsela, según su costumbre, lanchas o botes que andaban por la bahía, y supieron que en ella y con su comitiva de proceres y su escolta de soldados embarcados en la escuadra, venía a ser reina de España la princesa Ana María de Austria, hija del emperador Maximiliano II, cuarta esposa de Felipe II, viudo dos años había de la malograda Isabel de Valois. Ya en la villa sabrían, sin duda, que en su vecina Laredo aguardaban a la regia prometida emisarios de su es

(1) Véase el Apéndice núm. 6.

poso, el cardenal arzobispo de Sevilla don Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, y el duque de Béjar don Francisco de Zúñiga y Sotomayor. Por esto sería mayor la sorpresa de todos, grande el desconcierto de las autoridades, obligadas a atender inopinadamente al hospedaje y agasajo de su augusta huéspeda y séquito, y extraordinaria la alegría del pueblo, ávido siempre de fiestas, ocasión del holganza, de espectáculos nuevos y de imprevista granjería a veces.

Desaviados la justicia y regidores acudieron a lo preciso: despojaron de su dosel a un Cristo para hacer palio a la viajera; señalaronla aposento en el de un vecino inmediato a la puerta de Arcellero, donde probablemente pisó tierra, y para vajilla y utensilio hicieron contribuir con la propia a los mejores de la villa. Estos pormenores, que andaban de boca en boca, recogía y apuntaba un Francisco Carreño, espectador andaluz, si podemos tomar su ortografía como retrato de su pronunciación viciosa, y como indicio de naturaleza la entrañable preferencia con que se ocupa de los cuartagos alemanes que en la escuadra venían; comisionado en Santander para embarcar trigo y enviarlo a Sevilla, donde correspondía con el colegio de Jesuitas, según se infiere de ciertas cláusulas de su carta y de haber sido ésta hallada y constar entre papeles de la Compañía.

Desembarcó doña Ana María; era joven, hermosa, blanca de tez, viva de rostro, cualidades sobradas con la de extranjera para prendar a la muchedumbre; mas por si no bastaban a tanto, traía consigo dos de sus hermanillos, niños todavía, los cuales interesaron de manera que luego corrió la voz cierta o forjada de la competencia habida entre ellos y otros hermanos suyos sobre queto dos querían venir a España, competencia decidida en una suerte de dados, aconsejada por el emperador (1).

(1) De estos dos niños des: mbarcados con su hermana en Santander, el ma. yor, Álberto, fué luego cardenal, arzobispo de Toledo y gobernador de los Países Bajos; murió en 1621. El pequeño, Wenceslao, apenas gozó de las mercedes de su cuñado con el priorato de la Orden de San Juan en el reino de León y promesa de sucesión en el de Castilla, falleciendo en 1578; “mozo gallardo y de costumbres reales“ le llama el historiador de Felipe II, Cabrera,

Hospedada la reina, el regimiento de la villa agotó su imaginativa para entretenerla aquellos días, haciendo salir las danzas del Corpus y ensayando otras nuevas que la dieron placer y risa. Perseveraban en tanto la mar recia y el tiempo duro, que habían impedido a las naves tomar el puerto de Laredo; mas no sería esta sola causa la de que rindiesen en Santander su viaje, cuando noticiosos de ello los embajadores que la esperaban en Laredo, en tal de apresurarse a llegar y ofrecer su homenaje a la señora, la enviaron emisarios con ruego de que fuese servida de ir a Laredo, para que no fueran sin duda malogrados los preparativos dispuestos en su obsequio. Trajo la embajada el alcalde Ortiz; no dice Carreño qué especie de alcalde era, si de corte o de la villa; mas no se probó de sutil montañés ni de diestro cortesano, cuando para decidir a la reina no halló mejor argumento que encarecerla los cuantiosos gastos hechos por el duque.

Con ánimo real, contestóle la princesa que el emperador su padre le había dado con qué poder hacer holgadamente su viaje sin ser costa de nadie, ni necesitar de hacienda ajena.

Y era que aquellos altivos españoles, tomando a pechos la autoridad y respetos de la majestad que representaban, se miraban en dar paso a la cortesia sobre el ceremonial prescrito por la regia etiqueta, creyendo que únicamente el rey puede hacerlo, como puede perdonar, y no lo puede el magistrado que representa, distribuye y ejercita su justicia.

En fin, al quinto día, sábado 7 de octubre, parecieron los embajadores al otro lado de la bahía en Somo y Galizano; habían venido por tierra desde Laredo, y para atravesar el agua fuéronles a buscar en lanchas tomadas a naves de comercio, con músicas

у todo el aparato debido a su representación soberana. La escuadra les honraba con salvas de sus guarniciones, formadas en orden de batalla; los buques fondeados en el puerto con tiros de artillería, y ellos corrían majestuosamente la bahía, aguardando, dice Carreño, la marea, para atracar al muelle sin haber de empozarse en el fango o necesitar ajenos pies para desembarcar cómoda y aseadamente, y quizás también aguardando a que pareciera sobre el muelle la comitiva enviada por la reina, según el tenor de las ceremonias y aparato a que se creían deudores y de que no pensaban escatimarse un ápice.

Efectivamente, en el muelle los aguardaban y los recibieron los señores que desde los puertos de Flandes habían acompañado a la reina, el gran prior de Castilla en la orden de San Juan, Don Fernando de Toledo, de la ilustre casa de Alba, apellido entonces respetado y temido en el orbe a par del nombre de esta España, cuyas armas regía; don Luis Venegas de Figueroa, aposentador mayor que había sido de palacio, enviado del rey en la corte de Maximiliano desde tres años atrás, el de 1567, y acaso el más hábil y activo negociador del matrimonio de la princesa (1); el almirante de la escuadra, Maximiliano, conde de Boussu, caballero flamenco, buen soldado, levantado a tan alto puesto por influjo y favor del gran duque de Alba (2), y otros caballeros, entre los cuales, aunque Carreño no lo cite, no faltaría aquel insigne coronel de tercios, Cristóbal de Mondragón, que venía mandando las ocho banderas de arcabuceros walones, embarcadas en la flota para guardia de la augusta persona (3). Guiaron aquéllos, y fueron los recién venidos a saludar a la reina y besarle la mano.

El día siguiente, domingo, entretenido Carreño en seguir a cada uno de tantos ilustres próceres qne se repartieron horas e iglesias para oir misa, asistiendo con entera pompa, seguidos de criados, pajes, libreas y monteros, sin mezclarse, ni empecerse con el reciproco esplendor, olvidó escribir si la reina oyó misa y dónde la oyó; pero acostumbrado a ver en Sevilla al cardenal salir en procesión con cruz alzada delante,

(1) Cabrera.-Felipe II, rey de España: lib. IX, cap. XV. (2) Gachard.-Correspondance de Philippe II.

(3) Según el Prior don Juan Vitrian, tan erudito en cosas militares, en sus Comentarios a Comines, era notado Mondragón en los tercios españoles, tanto como por su valor y pericia, por la siogular fortuna que le hizo pasar a través de innumerables combates y lances de guerra sin probar herida, mientras su amigo y camarada, el no menos insigne Julián Romero, jamás entró en refriega de que no saliese señalado en su cuerpo de golpe enemigo.

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