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y estor

mas realce á aquel artiguo período y que contribuyeron más á que se le apellidára la edad dorada de las letras españolas, ya por que no podia producir un cuarto de siglo tantos ingenios como una centuria entera, y ya tambien porque entonces las trabas bos

que las inteligencias encontraban para consagrarse sin peligro á cierta clase de estudios y trabajos científicos, hacían que los talentos creadores se agrupáran en derredor del inocente y florido campo de la amena literatura, en tanto que ahora se espaciaban y estendian por mas ancho círculo, y los mismos que acreditaban aventajada aptitud para manejar el plectro le soltaban muchas veces para engolfarse en mas graves tareas, y en el estudio de otros mas áridos, aunque mas útiles ramos del saber.

Mas no por eso faltaron 'en este período quienes volviesen á la poesía su belleza y sus encantos, su gracia y su armonía, habiendo quien sobresaliera en la tierna anacreóntica y en el gracioso y delicado idilio, en la juguetona letrilla y el sencillo romance, en la dulce y melancólica elegía; quien manejára con agudeza y buen gusto la sátira punzante y festiva; quien cultivára con agradable naturalidad la fábula; quien diera al arte escénico moralidad, verosimilitud, decoro y cultura; quien diera al pensamiento y á la diccion grandeza y nervio, sublimidad y robustez, elevacion y brío. Si en algunos géneros la poesía de esta época guardaba semejanza de carácter y de estilo

con la del siglo de oro, sin mas diferencia que ser otro el atavío del lenguaje, en otros géneros, y es el objeto de nuestras actuales observaciones, se distinguía esencialmente por

la novedad de los asuntos á que se consagraba, por el espíritu filosófico del siglo, por la idea política que preocupaba los ánimos, por el fuego patriótico que la inspiraba y enardecia.

Porque fuera en vano buscar en el siglo XVI. argumentos para escitar los arranques del patriotismo indignado, 6 para inspirar la amarga censura del filósofo, ó para arrancar el panegirico entusiasta de una innovacion, como los que ahora servian de tema, y entonces habrian sido vedados, á genios é imaginaciones como las de Jovellanos, Cienfuegos, Gallego y Quintana; que

ni se concebia en aquel siglo en España, ni en el supuesto de concebirse se tuviera ni

por

lícito ni por posible, que los vates se atrevieran, ni permitieran los gobiernos, como al principio del presente, á emitir pensamientos é ideas como las que se leen en las sublimes odas y vigorosos cantos al Panteon del Escorial, al Occéano, al Combate de Trafalgar, á la Invencion de la imprenta y al Alzamiento de la nacion.

VIII.

Una vez espuesta y reconocida esta diferencia esencial en índole y carácter entre la cultura intelectual y el movimiento científico y literario de unas y otras épocas; demostrada la gradacion progresiva en que se le ha visto marchar desde el siglo XVI, hasta el XIX., desde Felipe II. hasta Cárlos IV.; siendo, como es, la marcha de la civilizacion de las sociedades

у

el exámen de sus causas una de las enseñanzas mas útiles у

de los estudios mas provechosos y mas dignos del que escribe y del

que

lee la historia, justo será que busquemos estas causas, además de las indicaciones que de ellas ligeramente y de paso dejamos apuntadas.

No queremos imponer á otros nuestro juicio, ni nos consideramos con derecho á hacerlo. Vamos, por lo mismo, solamente á confrontar tiempos con tiempos y hechos con hechos, y después, asi los que convengan con nuestro modo de ver como los que de otra manera piensen, podrán juzgar hasta qué punto favore

ció ó perjudicó al desarrollo ó al estancamiento de la cultura y del progreso social el sistema que

dominó en cada época, período 6 reinado.

Dudamos mucho que haya quien, discurriendo de buena fé, niegue o desconozca, ni menos atribuya á casualidad, el constante y encontrado paralelismo en que se observa ir marchando en los cuatro últimos siglos la libertad ó la presion del pensamiento y la pre. ponderancia ó la decadencia del poder inquisitorial. En los siglos XVI. y XVII., durante la dominacion de la casa de Austria, el tribunal de la Fé se ostenta pujante у casi omnipotente, ya sea el brazo del gobierno eon Felipe II. que no consentia otra cabeza que la suya, ya sea la cabeza con Carlos II. que carecia de ella, ya sea el alma del poder con los Felipes III, ý IV., que le resignaban gustosos á trueque de que les dejáran tiempo para orar y para gozar. Al compás de la influencia y del poderío de aquella institucion hemos visto la idea filosófica y el pensamiento político, ó esconderse asustados, ó desaparecer entre las sombras del fanatismo, ó asomar vergonzantes y temerosos de una severa expiacion.

Felipe II., que se recreaba con los autos de fé, y proclamaba en público que si su hijo se contaminára de heregía, llevaria por su mano la leña para el sacrificio, levantaba un valladar y establecia un cordon sanitario

para que no penetrára en España ni un destello, ni una ráfaga de la instruccion que alumbraba otras

que las

naciones. Felipe III., no pensando sino en poblar conventos y despoblar el reino de moriscos, dejando á cargo de la Inquisicion acabar con los que quedaban, ni comprendia ni queria escuchar otras ideas que le inspiraba el fanático padre Rivera. Felipe IV. nos incomunicó mercantilmente con Europa, y donde ya no se permitia entrar una idea de fuera, prohibió que se introdujese hasta un artefacto. Envuelto Cárlos II entre hechiceros, energúmenos, exorcistas y saludadores, siendo en su tiempo los autos de fé y las hogueras el gran espectáculo, la solemnidad recreativa á que se convidaba, y á que asistian con placer monarca, clero, magnates, damas y pueblo; lo que privaba y prevalecia era la sátira grosera y maldiciente contra la imbecilidad del monarca, la corrupcion de la córte, y la miseria de un reino que se veia casi desmoronado.

Sin embargo, la idea, que como el viento penetra y se abre paso por entre el mas tupido velo, germinando en las cabezas de algunos claros ingenios y de algunos talentos privilegiados, pugnaba por romper la presion en que se la tenia, y de cuando en cuando asomaba como el rayo del sol por entre espesa niebla, buscando y marcando la marcha natural del progreso á que está destinada la humanidad, emitida bajo una ú otra forma por hombres doctos, como aconteció en el reinado de Felipe IV. con el ilustrado Chumacero y Pimentel en su célebre Memorial, en el de Cár

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