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Portugal: lo que perdamos por un lado, lo ganamos por otro, y siendo amigos suyos nada nos faltará.

Esto, en otro lenguaje, queria decir:

-Sea yo consejero y favorito de Fernando, enriquézcame yo, y España que se cubra de vergüenza.

Discípulos, y aprovechados, ha tenido y tiene Escoiquiz: ¡execracion sobre ellos!

VIII.

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Corria de boca en boca la noticia de la próxima llegada de Napoleon.

-Si el rey saliera á recibirle, decian Murat y el embajador francés, le hallaria en Burgos, podria explicarle lo que ha pasado y obtener su amistad.

- Con esta muestra de deferencia, añadia Escoiquiz, y la súplica de que dé á nuestro amo por esposa una princesa de su familia, el triunfo queda consolidado.

El conde de Fernan-Nuñez salió en posta por órden del rey á recibir al César.

Traspasó la frontera, llegó á Burdeos y entró en Tours sin hallarle.

En Tours habló al prefecto del Palacio imperial, é imitando al famoso D. Quijote cuando preguntaba á los caminantes por su Dulcinea, despues de saludarle,

-¿Está próxima, le dijo, la sobrina del emperador?
-¿Qué sobrina es esa?
- -La

que debe casarse con mi rey el Sr. D. Fernando. - Esta es la primera noticia que tengo de semejante enlace, contestó el prefecto.

-Ya está Vd. buen diplomático.

-Repito que no sé nada.

--Hace Vd. bien en guardar el secreto; pero yo lo sé todo, añadió Fernan-Nuñez, y siguió su viaje.

Los franceses tenian razon despues de presenciar esta y otras escenas parecidas, para reirse de nosotros.

No contento Murat con la salida del conde, insinuó que agradaria en estremo al emperador que fuese á Búrgos á recibirle el infante D. Cárlos.

Acto continuo se dispuso el viaje del infante, acompañado del duque de Hijar, de D. Pedro Macanaz y de D. Pascual Vallejo.

Llegó á Búrgos, y no halló á Napoleon.
Con este motivo avanzó hasta Tolosa, y allí se quedó.

-Pues cuando ha ido el infante, se dijo Murat, el rey va tambien con poco que apretemos.

Hizo esta nueva insinuacion, y no recibió la orden de salir inmediatamente de España.

-Influiré en el ánimo del monarca, le dijo Escoiquiz.

XIX.

Precisamente por aquel tiempo, llegó á Madrid Mr. de Savary, ayudante de Napoleon, y hombre ducho en el arte de intrigar.

-Váyase Vd. á España, le dijo su amo, y no vuelva Vd. hasta traerme á Francia al tal D. Fernandito.

-Le traeré, contestó Savary.

Si supo ó no arreglarse, lo dirán mis lectores, despues de oir la conversacion que en presencia del rey tuvieron sus más próximos consejeros.

Fernando los sentaban á su mesa, y despues de comer paseaba con ellos por uno de los salones que dan al Campo del Moro.

Al dia siguiente de la llegada de Savary, anunció Escoiquiz al rey que Murat le habia convidado á comer para presentarle al nuevo emisario del emperador.

El canónigo era esperado con ansia por el rey y su camarilla.

Apenas llegó, cesó el paseo y todos se agruparon en torno suyo. La caterva de aduladores aguardó á que

Fernando hablase.

Fernando era bastante burlon, y uno de sus mayores goces era poner motes a las gentes, y hablar de todo el mundo con desprecio.

-¿Qué noticias me traes de los franchutes? dijo.

-Escelentes, señor, contestó Escoiquiz; creen á puño cerrado en vuestra amistad, saben que el pueblo adora á V. M., y serán como han sido hasta ahora nuestros más fieles aliados.

-Y ese Savary, ó Sabandija, que acaba ha de llegar, šá qué ha venido?

-A sondear los sentimientos que respecto á la Francia profesa V. M.

-Mamelucos, yo les diré algun dia lo que hace al caso.

-Algun dia, sí, pero hoy... hoy es preciso que sean nuestros amigos.

- ¿Acaso me ha reconocido el emperador, acaso me ha felicitado, ha respondido siquiera á mis cartas?

-Sabe mucho el emperador y por eso se da tono; pero V. M. sabe más que él, y deponiendo el justo enojo, la noble

?

TOMO il.

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indignacion que arde en su pecho, sabrá aprovechar en favor de sus amados vasallos las circunstancias que hoy favorecen á ese hombre afortunado.

-¿Y viene al fin o no?

-Su ayudante, Mr. de Savary, ha traido la mision de anun-' ciar á V. M. su visita, y al efecto me ha encargado pedir la venia á V. M. para venir á ponerse á sus reales piés.

-¿Por qué no le presenta el embajador?

--¿Debia hacerlo así con la mayor solemnidad! objetó el duque de San Carlos.

-Ciertamente, pero como los sucesos se han aglomerado.... el hecho es que Mr. de Savary ha venido á esplorar el terreno, y si nos mostramos arrogantes con él, tendremos que empeñarnos en una guerra.

-¿Y tú que tanto sabes, dijo el monarca á Escoiquez, tú que adivinas lo que callan los hombres, no has comprendido cuál es la verdadera actitud de Napoleon?

-Señor, hablándoos con entera lealtad, debo decir á V. M. que el gran duque de Berg y Mr. de Savary me han dado á entender que el emperador, que por lo mismo que

ha nacido en humildes pañales y es como dice con tanta gracia V. M. un inclusero afortunado, se paga mucho de las fórmulas. Tanto sus comedidas insinuaciones cómo mi meditada opinion, me animan á indicar con el mayor respeto á Vuestra Majestad....

-¿Que salga yo á recibirle como Fernan Nuñez y mi hermano? dijo el rey interrumpiendo á sú antiguo ayo.

-V. M. con su privilegiada penetracion, ha adivinado mi pensamiento. - Fernando permaneció pensativo un instante.

La proposicion de Escoiquiz produjo gran sensacion entre los consejeros del rey.

-¿Qué opinais de esto? les preguntó despues de la breve pausa que he indicado.

-Señor, dijo Ceballos, yo no creo opotuno que V. M. se mueva de su trono. Si viene el emperador, bien venido sea, pero en el sólio es donde debe ver á V. M. la primera vez.

Escoiquiz se mordió los labios.
-¿Y tú, San Cárlos, qué opinas? añadió el rey.
-Que D. Pedro Ceballos tiene razon.
-Lo mismo digo.... murmuró el duque del Infantado.

-No hay que olvidar, dijo Escoiquiz, conteniendo la rabia que esperimentaba al verse derrotado, no hay que olvidar que nuestro augusto amo ha subido al trono por medio de una revolucion, que aun tiene algunos partidarios su augusto padre y que España está llena de soldados franceses.

-Tiene razon el canónigo, dijo el rey.

-Vuestra Majestad, insistió Ceballos, compromete su dig. nidad saliendo de su córte.

-El pueblo no quiere bien á los franceses, dijo San Cárlos; los tolera, pero se ve en sus diarias relaciones que no puede tragarlos. Si ven los españoles que V. M. abandona

para

ir á saludar á ese hombre se ofenderán. -¿Qué tienes que alegar á estas razones? preguntó el rey á Escoiquiz.

-Yo, señor, pienso mucho antes de hablar, y cuando hablo sé lo que digo, contestó con sequedad el canónigo.

-No hablemos más del asunto por ahora, dijo Fernando; yo reflexionaré lo que debo hacer, y lo que haga bien hecho será.

su sólio

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