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uno y lo otro en la mayoría del Congreso, y vigorosamente lo combatió el señor Adan como atentatorio án las facultades de las cortes, diciendo que jamás en la historia de las naciones libres se había visto devolverse á los cuerpos deliberantes una ley negando la sanción, y presentando al mismo tiempo otra ley el poder ejecutivo, como si aquellos no estuvieran facultados para devolver la misma, segunda y tercera vez, á la sanción. Hiciéronse con este motivo diferentes proposiciones, acordándose, por último, que quedara sobre la mesa para resolver dentro de cuatro días.

En la misma sesión hizo el diputado Canga Argüelles la siguiente pro. posición: «Que las cortes declaren que se examinen como más urgentes los asuntos que siguen: 1.° El arreglo de la Hacienda nacional, al cual está unido el de la dotación del clero; 2.° la investigación de las causas interiores y exteriores de la situación política de la nación, y los medios más convenientes para asegurar la tranquilidad del Estado; 3.' el conocimiento radical de la situación de las provincias ultramarinas, juntamente con las medidas adoptadas por el gobierno sobre este punto, á fin de tomar el partido más expedito para establecer la tranquilidad en aquellos países; 4.° que mientras estos puntos se discuten renuncien los señores diputados al derecho de hacer nuevas proposiciones; que el tiempo que deben durar las sesiones no se limite precisamente á las cuatro horas que previene el reglamento.» Declaráronse, en efecto, urgentes todos estos puntos, agregándoseles la formación de las ordenanzas del ejército, y retirando el señor Canga el relativo al examen de la situación política del reino, por haber ya sobre ello otra proposición pendiente.

Pero todo era excusado, pues lo que buscaba la oposición no eran negocios urgentes, sino asuntos de censura para el gobierno. Así es que en la sesión del 9 (marzo) se presentó una proposición suscrita por más de cuarenta diputados, que decía: «Siendo tan funestas las turbulencias que se advierten en las provincias, y las reacciones contra el sistema constitucional, seguidas de procedimientos y precauciones contra patriotas beneméritos, piden a las cortes los diputados que suscriben se sirvan resolver: que los señores secretarios de la Gobernación de la Península, Guerra y Gracia y Justicia se presenten en las cortes á dar cuenta al Congreso del origen de tales procedimientos, y providencias que hayan dado en su razón.» Apoyada y admitida á discusión, se acordó que los ministros se presentasen aquella misma noche en el Congreso. Hicieronlo así, y hubieron de responder á una lluvia de preguntas, observaciones, inculpaciones y cargos, que los diputados unos tras otros les hacían; pero lejos de versar sobre puntos determinados y concretos, abarcaban vagas generalidades, á las cuales los ministros, hombres de talento que eran, respondían fácil y satisfactoriamente, aprovechándose hábilmente de la poca práctica parlamentaria de sus adversarios. Cuatro horas duró aquella especie de exa. men en preguntas y respuestas (1), concluyendo la sesión con las siguien

(1) (No bien se presentaron los ministros, dice un diputado de aquellas cortes, cuando empezaron los diputados á hacerles preguntas sobre la situación de las provincias de donde ellos venían, y aun sobre la de ciertos lugares, que por lo común eran los del nacimiento ó de la residencia del interrogante. Quién preguntaba de Barcelona; quién de Orihuela; quién de Lucena. Repitiéndose estas preguntas, y no queriendo

Tomo XVIII

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tes palabras del presidente: «Las cortes se han enterado por los señores secretarios del Despacho del estado en que se encuentra la nación, cuyos informes tendrá presente la comisión, para proponer á las cortes lo que estime conveniente, y éstas entretanto esperan que el gobierno tomará las medidas necesarias para calmar la agitación pública, y para aliviar la suerte de algunos patriotas que gimen bajo el peso de la arbitrariedad.»

Habiendo fallado á la oposición aquella tentativa, buscó otro camino para quebrantar al gobierno, presentando en la sesión del 12 (marzo) la siguiente proposición, firmada nada menos que por cincuenta y tres diputados: «Pedimos á las cortes se sirvan acordar, que ningún diputado pueda admitir destino alguno de provisión real, como no sea de escala en su respectiva carrera, sino después de transcurrido un año, siguiente al de su diputación.» La comisión opinó que debía aprobarse. El objeto, plausible en su fondo, y bien conocido, era impedir que el gobierno ganara con el aliciente de los empleos á los miembros del poder legislativo, haciéndoles perder su independencia, y desvirtuando así la índole del cuerpo y de la institución. La cuestión no era nueva, y la hemos visto ya tratada en las cortes de Cádiz, cuyos diputados con su espontáneo desprendimiento en este punto ganaron gran prestigio. El problema, sin embargo, no es de fácil solución; tiene en cada uno de sus extremos inconvenientes incontestables: la dificultad está en discernir cuál de los dos males es el mayor, si la libertad ó la prohibición absoluta. Argüelles combatió la proposición con valor y con elocuencia. «Yo convendré, decía entre otras cosas, que es fácil que un diputado se deje corromper por la esperanza de un destino: hasta cierto punto conozco la fuerza de este argumento, pero no me deslumbra; porque si es verdad que un diputado ha dado pruebas públicas de que quiere contribuir al bien de su patria, ¿qué cuidado debe causar el que ocupe un empleo en que continúe dando las mismas pruebas?... La Constitución ha estrechado ya mucho en el día el círculo de los patriotas que pueden ser empleados... En las revoluciones es preciso no desperdiciar los talentos, y ya vemos que resultan más de trescientas personas excluídas por un tiempo determinado de poder desempeñar los primeros cargos de la nación. ¿Cómo, pues, hemos de aumentar nosotros esta exclusión?» Muchos y fuertes fueron los argumentos y razones que adujo, pero esta vez no prevalecieron en el ánimo de la asamblea, como tampoco los de otros diputados que hablaron hábilmente en el mismo sentido, puesto que votado nominalmente el dictamen, fué aprobado por sesenta y siete votos contra sesenta y cuatro.

Igual suerte tuvieron los esfuerzos que en otro discurso hizo con motivo de otra cuestión análoga que se suscitó á los pocos días (17 de marzo). Llevados de cierto alarde de independencia los diputados de oposición, y

diputado alguno quedarse ignorado ó dejar de dar satisfacción á su pueblo, le sacaba á plaza, averiguando qué sabían de él los ministros. Empezaron en las galerías á fastidiarse los amigos de los preguntantes, y con el fastidio iba mezclado el coraje al ver en los de la opinión opuesta sonrisas de satisfacción y desprecio. Envalentonáronse los ministros con ver tan flaco al enemigo que los acometía, de suerte que llegó Moscoso (el ministro de la Gobernación), al hacerle uma pregunta sobre la situación de cierta ciudad, á responder en tono de plácido insulto, que no tenía novedad en su salud.»

queriendo al propio tiempo representar como sospechosas y poco dignas ciertas relaciones entre el ministerio y los ministeriales, se hizo otra proposición para que no se permitiese á los diputados concurrir personalmente por ningún título á las Secretarías del Despacho. Tanto este como el anterior son temas que se han reproducido en todas las épocas y casi en todas las legislaturas, si no con esta publicidad, en desahogos y conversaciones privadas, siempre en son de queja de abusos en este orden cometidos. Argüelles lo impugnó también. «Yo me abstendré seguramente, decía, de concurrir á las Secretarías del Despacho; pero como diputado de la nación, quiero quedar en absoluta libertad para ir á ellas á cara descubierta á las horas más públicas si algún justo motivo me obligase á ello; y si la provincia que me ha dado sus poderes me hubiese impuesto la precisión de obrar de otra manera, yo hubiera tenido suficiente libertad para decirle, que no era digno del honor que me dispensaba, pero que no podía sujetarme á semejantes restricciones. Y atacó además la proposición como ofensiva á la dignidad y decoro de los diputados, sin negar el abuso que hubiera podido haber.

Por el contrario, Alcalá Galiano la defendió con razones como las siguientes: «Los acontecimientos que se han notado últimamente, la observación de que ciertas personas votaban unánimes á favor del ministerio, ciertas provisiones que el gobierno ha hecho de los destinos de su atribución, todo esto ha introducido una desconfianza tal, que ya se cree que no venimos aquí sino á pretender empleos; no se mira esto sino como un escalón para subir a otro puesto y ocupar destinos lucrativos. Si el Congreso quiere adquirir una fuerza moral cual necesita, es preciso que lo haga por medio de esta proposición, cuyo efecto es más moral que verdadero... Es preciso que se destruya el influjo fatal que ha producido la vista de los paredones de palacio (1), llenos de personas que pertenecían al Congreso. Enhorabuena que fuesen con otros fines; pero viéndolos en aquel sitio, han dado margen á creer que iban á solicitar mercedes... Los diputados, añadía contestando á Argüelles, á mi entender no son los agentes de las provincias; pueden sin embargo preguntar sobre ellas á los ministros, y para ello se los llama al Congreso. Aquí es donde debe el diputado de la nación conocer al ministro; aquí donde debe pedir á favor de su provincia; donde debe verse con él cara á cara, no en otra parte...) Asombra considerar las distintas banderas en que militaban entonces, y las opuestas en que militaron después estos dos célebres oradores políticos. La proposición fué aprobada en votación nominal por 77 votos contra 48.

Obsérvase en todo, que la mayoría exaltada de estas cortes no veía más peligros para el sistema constitucional que de parte del poder ejecutivo, cuyos abusos trataba de prevenir ó cortar con ese rigorismo de que hacía como gala, y hasta por esos medios minuciosos que vamos viendo. No le faltaba razón de desconfiar, si no por parte de los consejeros oficiales del trono, por la de la persona que le ocupaba y de sus consejeros privados. Pero no todos los peligros venían de allí: venían también, y no

(1) Designaban así los ministerios, por hallarse entonces en el Palacio Real.

pocos, de la exagerada extensión que muchos querían dar á la libertad; y cuál fuera la significación que muchas gentes daban ó querían dar enton. ces á esta palabra, pruébalo el haber creído necesario un diputado (el señor Pedrálvez) presentar una proposición que decía: «La nación que quiera ser libre debe aprender á serlo, y para fijar y garantizar la libertad pública de todo español es preciso convenir en el significado de la voz libertad. Pido, pues, á las cortes que tengan á bien manifestar de un modo solemne, que la libertad que concede la Constitución al pueblo y al gobierno para hacer esto ó aquello no puede ser otra que una libertad racional, justa y prudente, y que tiende al mayor bien común, etc. (1) ► El Congreso pareció desentenderse de una proposición, que ciertamente no le honraba, pero que significaba mucho.

Una escena, también de mucha significación, pero de índole especial y extraña, y que por lo mismo se presta á muchos comentarios, turo lugar dos días después (16 de marzo) en el recinto mismo de las cortes. El ministro de la Guerra les anunció que con motivo de hallarse á las inmediaciones de la capital el batallón 2.° de Asturias, á cuya cabeza había Riego proclamado la Constitución en las Cabezas de San Juan el año 20, era la voluntad de S. M. que aquel benemérito cuerpo entrase en la corte y pasase por la plaza de la Constitución, y que tendría también una complacencia en que las cortes acordaran que desfilase por delante del Congreso de paso para Vicálvaro donde se dirigía. Las cortes no sólo accedieron á esto, sino que acordaron además que una diputación de un individuo por clase del batallón se presentase en la barra del Congreso, donde recibiría de manos del presidente un ejemplar de la Constitución, que conservaría el cuerpo como de su propiedad. Y como estaba mandado que la enseña de todo el ejército fuese un león en lugar de bandera, el ministro de la Guerra quiso, y las cortes otorgaron, que se regalara también al batallón uno de los leones primeros que se acababan de fundir. Hizo en efecto el batallón su entrada triunfal, recibido por toda la guarnición, y seguido de alegre muchedumbre que le victoreaba y aplaudia, desfiló por la plaza de la Constitución, pasó á la de las cortes, y cuatro maceros del Congreso salieron á recibir la diputación y conducirla á la barra.

Puestos allí, el comandante pronunció una breve arenga dando gracias por la honra que al batallón se dispensaba, á que contestó el vicepresidente Salvato (2), diciendo entre otras cosas: «La justa gracia que os dispensa este Congreso, y la entrada que os concedió el monarca en la capital, os dan una muestra de cuanto estiman vuestro pronunciamiento hecho en las Cabezas, y del amor que profesan á los apoyos de la libertad... Ahí tenéis ese libro precioso que nos rescato de nuestra eterna desventura, por las apreciables víctimas del heroísmo... Vais á recibir asimismo la divisa que hoy reina... ; Batallón de Asturias ! El genio tutelar de la li. bertad acompañe tus filas, mientras que el aprecio general de los hombres

(1) Sesión del 14 de marzo, 1822.

(2) El presidente, que era Riego, pidió permiso para dejar la silla de la presidencia, por tratarse del batallón que él había mandado, y no parecerle propio ser él mismo quien le invistiera de aquellos honores.

libres te sigue á todas partes. » Y los secretarios le entregaron el libro de la Constitución. «Al recibir esta augusta prenda (dijo el comandante) de manos de los representantes de la nación, nada hay más grato para mí que poder presentarles este sable, que fue el primero que relumbró en la mano de Riego al proclamar la libertad en 1820.» El vicepresidente le contestó: «Las cortes admiten con singular aprecio este acero, fasto vivo del pronunciamiento de la libertad, y trofeo del héroe predilecto de ella. Las mismas dispondrán de él según su agrado. >>

La ceremonia no dejaba de ser extraña y peregrina, al menos en España, y recordaba los tiempos en que la Convención francesa dispensaba parecidos honores á las secciones armadas en París. Pero además el espectáculo de un cuerpo legislativo entregando el código de la ley fundamental del Estado á un comandante de batallón, y el de un comandante regalando un sable á las cortes, se prestaba también á comentarios, no todos del género serio. Algunos diputados sensatos hubieron de conocerlo a í, y aunque Canga Argüelles propuso que el sable de Riego se colocase en el santuario de las leyes, las cortes lo pasaron á una comisión, la cual fué de dictamen, que el mejor y más propio destino que al sable podía darse era volverle al general Riego, para que le usase y con él defendiese la Constitución de la monarquía y al rey constitucional, reservándose la nación su propiedad, para que á la muerte del general se le colocase con la distinción que merecía en la Armería nacional, al lado de otras armas ilustres que habían defendido los derechos de España; y que mediante á ser la vaina de acero, se grabase en ella una inscripción expresiva del acuerdo de las cortes. Así se acordó por unanimidad.

El comandante había además presentado y recomendado una exposición, que se leyó en la sesión siguiente (17 de marzo). Reducíase á pedir, que del segundo batallón de Asturias y del segundo de Sevilla que se le había unido en Arcos para dar el primer grito de libertad, se formase un regimiento de línea con el título de lu Constitución, consagrado á guardarla eternamente, y que el coronel fuese su antiguo comandante el general don Rafael del Riego, y teniente coronel don Francisco Osorio, que era en el acto del pronunciamiento segundo comandante de dicho batallón de Sevilla. Las cortes acordaron que pasase á la comisión de Guerra. El segundo batallón de Asturias, después de recibidos los honores, y dado su paseo triunfal por la corte, se había dirigido a Zaragoza, punto que le estaba designado.

Ya quie tales honores habían tributado á los que llamaban héroes predilectos de la libertad, y que vivían y se hallaban presentes, era menester no dejar sin ellos á los que por la misma se habían sacrificado y perecido en los antiguos tiempos. Hizo esta moción Argüelles en la sesión del 19 de marzo, aniversario de la publicación de la Constitución, diciendo ser la solemnidad del día la más á propósito para celebrarla con la aprobación del dictamen de la comisión de premios, sobre los honores que debían hacerse á los beneméritos españoles Padilla, Lanuza y demás que murieron en defensa de las libertades públicas. La moción fué acogida con general agrado, y en su virtud se leyeron los artículos del dictamen, que fueron aprobados por unanimidad, haciéndose sólo en pocos de ellos lige

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