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hicieron fué, según la feliz expresión del arqueólogo arriba citado, en vez de dar la inmensa cúpula en una sola pieza, dar su cambio en cinco piezas menores. Así se construyó el templo ya mencionado de los Santos Apóstoles; así, cuatro siglos después, el famoso templo de S. Marcos de Venecia. Algunas veces, á cada uno de los arcos torales que llevaban la cúpula central, se adaptaban semi-cúpulas ó cascarones en dirección de los cuatro brazos, que daban á estos templos por la parte superior la semejanza de las plantas bulbosas. Déjase colegir cuán radical sería el cambio introducido en el aspecto general de las iglesias con este nuevo modo de cubrirlas. Las cúpulas y las terrazas sustituían á las antiguas armaduras y caballetes: las imafrontes horizontales á las fachadas angulares de las basílicas latinas.-La cantería de estas construcciones era, como en la arquitectura latina, el aparejo, mediano y pequeño, de los romanos. Los artistas visigodos sobresalían en esta especie de edificación con sillares cúbicos: los francos salían apenas del estado de barbarie cuando ya los nuestros eran célebres' por su pericia en todo el Occidente. Aquellos hacían sus edificios principalmente de madera, que tal era la costumbre de los galos (mos gallicanus); el aparejo romano (mos romanus) les era punto menos que desconocido, y entre todos los pueblos Bárbaros sólo la gente goda conservaba su tradición. Así vinieron ellos a nuestra España en muchas ocasiones en busca de artífices para llevar a cabo sus obras de más empeño (1). En las fábricas de estilo bizantino combinaban en las cornisas, archivoltas y tímpanos, las piedras

(1) En la vida de S. Ouen, obispo de Ruan, escrita en Francia hacia la mitad del siglo viii, se lee lo siguiente: Illa vero basilica in qua sancta ejus membra quiescunt (los del citado obispo), mirum opus, quadris lapidibus, GoTHICA MANU à primo Clothario Francorum rege olim nobiliter constructa fuit, anno, plus minus, quarto et vigesimo regni ejus, sedem Rhotomagensem obtinente Flavio episcopo. Recueil de Duchesne, tomo I, p. 638.

Este mismo hecho cita Batissier refiriéndose á las actas de S. Quen, ó S. Audeno, publicadas por Wiltheim, Dyplicon Leodiense, en Lieja, 1659, folio p. 22. «Actæ ...Audæni, quæ in Bibliotheca Cænobii D. Maximini sunt, in membranis exarata, sic habent: miro fertur opere constructa AB ARTIFICIBUS Gothis, etc.)

de diversos colores y el mismo ladrillo para imitar las incrustaciones

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mosáicos. Para las cúpulas y cascarones empleaban, ya

los tubos de barro vidriado, ya la mezcla de guijo, cascos de ladrillo y mortero.-El ornato exterior era escaso: las puertas, cuadrangulares, solían llevar sobre sus dinteles arcos de descarga de archivoltas labradas; pero estas archivoltas no presentaban nunca los toros ó cordones que distinguen á las del estilo románico: se componían de molduras planas ó platabandas más ó menos exornadas. La gala de la decoración se prodigaba principalmente en el interior, pero ni se reproducían en los capiteles aquellas fantásticas imágenes de seres animados que luego fueron tan comunes en los siglos xi y xii, ni dejó de prevalecer en las columnas el corintianismo, á pesar de la invención de los capiteles cúbicos y de pirámide truncada inversa, que fueron principalmente destinados á los parajes donde era mayor la carga y menor el lucimiento.

Lejos de nosotros la ilusión de que fueran tan ricas y de tan gallardas cúpulas como las de Constantinopla y del Exarcado las de nuestras iglesias visigodas. Queremos todavía suponer que nuestro comercio con el Oriente en aquellos tiempos, que la visible manía bizantina de nuestros reyes godos, que la

permanencia de los imperiales en las ciudades mediterráneas de la Bética, hayan sido infecundos para nuestro arte de construir. De todas maneras resulta inevitable la inoculación del gusto oriental en nuestra arquitectura, atendidas las descripciones que de nuestras basílicas y baptisterios hicieron los antiguos escritores eclesiásticos ya citados, y reconocidos los fragmentos que vamos paulatinamente reuniendo. En suma, aun negando el influjo directo de Bizancio, nos veremos precisados á reconocer que este influjo llegó hasta nosotros por la tortuosa vía de las tradiciones del arte romano, ya adulterado con vislumbres de orientalismo desde antes de Diocleciano, de que fueron depositarios los dóciles visigodos.

Del estado lastimoso á que se hallaban reducidas las artes que, como la escultura, la pintura, el mosaico y el grabado en piedras duras, tienen por base el conocimiento de la forma humana, mientras florecían la arquitectura y la orfebrería, dan evidente testimonio la infeliz estatua de Sta. Eulalia de Mérida; varios bajo-relieves de la misma ciudad—señaladamente el que figura un ágape de los primitivos cristianos;—el mosáico alegórico de las Estaciones existente en el sótano de una casa de la plaza de la Compañía de Córdoba; los códices góticos iluminados procedentes de S. Millán de la Cogolla, y la gema con el misterio de la Anunciación, grabado en hueco, encontrada con el tesoro de Guarrazar: monumentos preciosos, aunque bárbaros, del arte visigodo, que pueden consultarse en esmeradas y lujosas publicaciones de todos conocidas (1).

Estimamos como verdaderas excepciones a la regla general de triste postración de las artes plásticas en el período á que nos referimos, la estatuilla de S. Juan Bautista de la iglesia de Baños, y la peregrina imagen de la Virgen del Coral que con religioso esmero se conserva en la parroquia de S. Ildefonso de Sevilla: obras ambas de artistas bizantinos.

(1) Principalmente en los Monumentos arquitectónicos de España y en el Museo español de Antigüedades.

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omo si no fuera causa bastante para el rápido sometimiento del Estado visigodo a la conquista sarracena, el vicio que llevaba en sí

aquel Estado con el funesto sistema de la monarquía electiva, se han buscado otras explicaciones

á tan singular fenómeno histórico: unos han creído hallarla en los mal extinguidos rencores de unas clases contra otras; no pocos, en el antagonismo de las razas hispano-romana y goda; bastantes, en la depravación del clero y en la lucha de opuestas religiones. En cuanto a la situación del clero bajo los últimos reyes visigodos, es muy de reparar que graves publicistas consagrados en nuestro país á dilucidar el singular fenómeno del derrumbamiento de la monarquía de Rodrigo, dejándose llevar de injustificadas antipatías hacia lo que impropiamente se denomina teocracia, se hayan desatado en censuras contra quiméricas invasiones del poder episcopal que los documentos con

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