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me infundieran aliento las virtudes y el patriotisino de tantos hombres eminentes y distinguidos, que son el ornamento y la esperanza de España.

) Dediqueme entonces con afan al arreglo de los muy importantes negocios, que enlazados con el crédito y bien estar del vecino reino, se hallaban puestos á mi cuidado por el gobierno de S. M. Fidedísima , y al fin logré concluirlos, si no con la brevedad que deseaba , con toda la actividad que fué posible.

Pisé por fin, Señora, el suelo amado de la patria, y con franqucza lo confieso á V. M., por primera vez de una vida no acostumbrada á ceder al temor y al sobresalto, conocí dentro de mi mismo que las dificultades habian crecido hasta tal punto, que todas mis fuerzas no bastarian para sobrellevarlas. Hombres de bien, de virtud, sin mancha, cuantos me han saludado á mi regreso, todos á porfia han intentado persuadirme á que mi sobrecogimiento no se ajustaba con la opinion pública, ni con lo que ella se prometia , mas que de mis luces, de mi celo y de mi antigua decision por la santa causa que está defendiendo España, la causa del trono de Isabel II, y de las leyes fundamentales, en que descansa la única y verdadera libertad.

«Gratos у de consuelo podian ser tales anuncios; pero la voluntad de V. M. acabó de triunfar de mis temores. Yo he oido de su augusta boca, que se halla resuelta á formar un ministerio que satisfaga las necesidades legítimas del pais, que quiere no se pierda un momento en dictar con tino y ejecutar con acierto todas las medidas que sean oportunas para calmar las pasiones, reunir y conciliar los ánimos, estinguir las discordias y hacer que la voluntad de los españoles sea una, y esta la de salvar y hacer feliz y poderosa á su patria. Las bendiciones del pais, acompañadas de lágrima: del placer , recibirán estas medidas de ventura, á que es tan acreedor el leal y magnánimo pueblo español.

» Constituido un ministerio compacto, fuerte, homogéneo y sobre todo responsable, que se robustezca con la simpatía y el apoyo de la representacion nacional, el gobierno de V. M. habrá de dedicar simultánea é incansablemente sus copatos y

tareas á poner breve y glorioso fin, sin otros recursos que los nacionales, á esta guerra fratricida , vergüenza y oprobio del siglo en que vivimos, y mengua de la voluntad de la nacion; á fijar de una vez, y sin vilipendio, la suerte futura de estas corporaciones religiosas, cuya reforma reclaman ellas mismas de acuerdo con la conveniencia pública, á consignar en leyes sábias todos los derechos que emanan, y son, por decirlo asi, el único y sólido sosten del régimen representativo; á reanimar, vigorizar, por mejor decir, á crear y fundar el crédito público cuya fuerza asombrosa y cuyo poder mágico debe estudiarse en la opulenta y libre Inglaterra; en pocas palabras, á procurar y afianzar con las prerogativas del trono, los derechos y los deberes del pueblo; porque sin este equilibrio, es ilusiva toda esperanza de pública felicidad.»

» Estas leyes levantarán y darán concluido, segun lo ha prometido V.M., el magestuoso edificio de nuestra libertad legal, y elevarán la nacion á aquel grado de gloria , de grandeza y de poder que la Gran Brelaña debe a los principios consignados en su carta magna y en su celebrado bill de derechos. Solo de este modo , Señora, puedo arrojarme al árduo desempeño de la inmensa obligacion que he contraido; y solo sometiéndonos todos al imperio santo de las leyes, y sin mas esfuerzos que los exigidos por ella, podremos decir muy pronto: «la patria se salvó, y con ella el trono de Isabel II y sus garantias legales.o Madrid 4 de setiembre de 1835.-Señora.-A. L. R. P. de V. M. con el mayor respeto, su mas ardiente y fiel servidor.-- Juan Alvarez y Mendizabal.

Por aquellos mismos dias fué nombrado para el ministerio del Interior, D. Martin de los lleros; para el de la Guerra, el general conde de Almodóvar, que habia sido presidente del Estamento de Procuradores; para Gracia y Justicia, D. Alvaro Gomez Becerra. Del ministerio de Marina, á que habia renunciado el general D. Miguel Ricardo de Alava, quedó encargado interinamente el mismo Mendizabal.

Por decretos casi dcigual fecha se nombró para la capitanía general de Cataluña al general Espoz y Mina, que residia enton

ces en Montpeller curándose de sus dolencias; y para la de Aragon, al capitan general de ejército D. José Palafox, duque de Zaragoza

Otro decreto se espidió de importancia, á saber : la convocacion de las Córtes, para el 16 del próximo noviembre.

Con el manifiesto, esposicion ó programa del nuevo presidente del Consejo, con estos nombramientos y otras disposiciones que llevaban el sello de la buena fé y deseos del acierto, se fueron sosegando los ánimos, que tan destemplados andaban por aquellos meses; renació la confianza: los que habian tomado las armas contra el gobierno, las fueron deponiendo poco a poco: hicieron las juntas unas tras de otras acto de sumision al nuevo ministerio, y sin emplear medios de coaccion y de violencia, quedó por entonces sosegado todo el reino.

Pasaremos en revista algunos otros decretos importantes que esplican la indole, miras y principios que animaban al gobierno.

En 26 de setiembre, la Milicia urbana tomó el nombre de Guardia nacional. Con la que existia en Madrid y su provincia, se mandó organizar una division bajo el mando de un gefe superior, y la inspeccion de un general autorizado para darle la forma y estension que creyesen conveniente con arreglo á la ordenanza de los mismos cuerpos.

En 11 de octubre se espidió un decreto mandando suprimir todos los monasterios de órdenes monacales, los de canónigos regulares de San Benito, los de San Agustin y los Premonstratenses, cualquiera que fuese el número de monges y religiosos de que se compusiesen. De esta regla quedaron algunos esceptuados por entonces, y entre ellos el monasterio del Escorial.

En 24 se dió otro de grandísima importancia para los negocios de la guerra. Por el primer artículo eran llamados al servicio de las armas, considerándose desde entonces como soldados, á todos los españoles solteros y viudos sin hijos de 18 a 40 años: por el segundo, debian aprontarse desde luego 100,000 hombres de los que produjese el llamamiento general, para organizarlos y armarlos con destino á los ejércitos.

Los demas artículos eran relativos á los medios de llevar adelante esta medida, y disposiciones para no hacerla penosa á los interesados. Se debian distribuir los 100,000 hombres entre todas las provincias, con arreglo á su poblacion. Quedaba exento de este servicio todo el que pagase 4,000 reales, que habian de destinarse al armamento, vestuario y equipo de los demas, sin que se pudiesen aplicar á otro objeto por ningun motivo. A los empleados á quienes tocase este servicio se les conservaba sus destinos, y se abonaban a los estudiantes sus matrículas. A los que voluntariamente se alistasen, siendo licenciados de los ejércitos de mar ó tierra, se mandaba abonar un real diario de plus, y ademas el tiempo de su servicio para premios ó retiros. Den. tro de los cuatro ineses que siguiesen á la conclusion de la guerra, debian ser licenciados precisamente todos los comprendidos en dicho llamamiento. Los que despues de ser licenciados se obligasen á continuar sirviendo en la Guardia nacional, tenian derecho á un premio mensual de 20 reales, del cual gozarian tambien los soldados del ejército y milicias provinciales que con iguales requisitos contrajesen la misma obligacion. De aquel servicio, solo quedaban esceptuados los imposibilitados físicamente, los ordenados in sacris, los licenciados del ejército y armada, los hijos de viuda ó padres sexagenarios é impedidos, á quienes mantuviesen con su trabajo personal.

En 29 dul mismo, se mandó establecer el colegio de la Union, para la educacion de niñas huérfanas de Guardias nacionales y otros españoles que hubiesen sido víctimas de las persecuciones y desastres tan comunes en aquella malhadada guerra. Fué

muy favorable la acogida que dió el público á estos decretos, y otros varios de menos importancia. Aun el relativo al alistamiento de los 100,000 hombres no fué objeto de disgusto. ilan ansiosos estaban los buenos españoles de que terminase una contienda tan fatal para la patria! El ministerio inspiraba confianza, y todos hacian justicia á lo sincero y recto de sus intenciones. De todas partes se dirigian esposiciones al trono, felici. tando á S. M. por el cambio que habian esperimentado los negocios. Tambien se hicieron cuantiosos donativos.

Se acercaba la segunda apertura de las Córtes que estaban convocadas para el 16 de noviembre. Mas necesitamos hacer una corta escursion por el campo de la guerra, antes de entrar en sus sesiones.

Mientras las provincias se hallaban agitadas en los términos ya dichos, conservaba el ejército del Norte la misma actitud militar, sin aflojarse en nada los lazos de la obediencia y disciplina. Se componia sin embargo aquel ejército de elementos muy helerogéneos: figuraban en el muchos oficiales, víctimas de la reaccion del año 1823, que habian estado presos, emigrados, proscritos, que tenian sumamente atrasada su carrera, mientras sus compañeros, y no pocos de sus gefes, habian medrado y ascendido por las mismas causas, que los habian deprimido á cllos. Que estos oficiales no eran adictos á los hom. bres que entonces gobernaban; que miraban con cierta simpatia la insurreccion de las provincias; que recibieron cartas con tendencias á distraerlos del cumplimiento de sus deberes, es muy verosimil; mas hay en el corazon de los hombres una voz que en circunstancias solemnes nunca engaña, y muestra el sendero cuyo desvio lleva infaliblemente á un precipicio. Vieron, pues, claramente aquellos militares, que colocados al frente de los enemigos de su patria , es decir, los del trono de Isabel II, no podian sin ser perjuros, sin causar la ruina de su patria , dejar de conducirse como soldados fieles, adictos mas que nunca á sus banderas, sin tomar ninguna parte en los disturbios políticos de que eran teatro tantos pueblos y provincias. Ningun grito se oyó, pues, en oposicion á deberes tan sagrados. Si entre los oficiales habia conversaciones privadas sobre aquellas ocurrencias, no pasaban á los cafés, á las calles y las plazas, ó á los campamentos. El general en gefe (D. Luis Fernandez de Córdoba) hombre de mundo y de esperiencia en los negocios, conocia muy bien el estado de las cosas, y las opiniones de los que mandaba. Su conducta fué hábil y discreta, la sola que convenia en aquellas circunstancias. Sin mostrarse inclinado á los hombres del alzamiento y de las juntas, tampoco se espresó en términos ágrios de vituperio y de cen

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