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merece: por un extraño acaso hubo en su mismo tiempo y en el ejército de los Reyes Católicos, y en el cerco y conquista de Granada, otro caballero del propio nombre, si ya distinto en edad, en calidad y estado: y no ha faltado quien confunda á Hernando del Pulgar, el cronista, con Hernando del Pulgar, el guerrero (2). En vano sus mismos compañeros de armas, testigos de sus proezas y esentos de ruin envidia y pasiones villanas, le dieron por sobrenombre el de las hazañas, para que en el trascurso de los siglos no pudiera confundirse con otro: casi ha llegado á ponerse en duda si tal vez ha existido.

La misma grandeza de sus hechos, que mas parecen propios de añejas cántigas y leyendas, para solaz y esparcimiento de la fantasía, que dignos de cautivar la admiracion en anales é historias, ha contribuido tambien en daño del que acometió tamañas empresas, que su posteridad bastardeada apenas las juzga posibles.

Acostumbrados á mirar como fabulosas las hazañas del caudillo griego, que ha debido su fama al sublime genio de un un poeta ; recelosos y desconfiados al oir en nuestros cantares las proezas de Bernardo y del Cid, abultadas por el tiempo y por la distancia, como que nos cuesta trabajo dar crédito á lo que de Hernando del Pulgar nos refieren los romances y las comedias, mas veraces en este punto que la misma historia.

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Y para que no se imagine que nos deslumbra el brillo de su nombre, ó que tal vez miramos con sobrada aficion y apego lo que vamos á sacar á la luz del dia (como por lo comun acontece á los que escavan la tierra, para desenterrar antiguos monumentos), cuidaremos de no asentar sino hechos verdaderos, auténticos, confirmados con tales

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EL DE LAS HAZAÑAS.

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pruebas y testimonios, que la crítica mas suspicaz y des-
contentadiza no pueda negarles asenso.

Nació Hernan Perez del Pulgar, apellidado despues el
de las hazañas, en Ciudad Real, provincia de la Mancha,
el martes 27 de julio del año de 1451 (3); pudiéndose glo-
riar de tan noble cuna como que por el lado paterno des¬
cendia de un antiguo solar de Asturias, en el lugar de la
Cortina, Concejo de Lena, donde era tenido su linage por
uno de los buenos entre los mejores (4); y por el costado
materno de la esclarecida estirpe de los Osorios, pues no
menos que su propia madre, Doña Constanza García y Oso-
rio, era hija del Comendador de Socobos y nieta del Mar-
ques de Astorga (5).

Poco ó nada se sabe de la infancia y adolescencia de Hernando del Pulgar; como si le hubiese cabido en suerte que no constase de su vida sino sus hechos mas notables, quedando sepultado en el olvido su principio y su término. Solo puede conjeturarse que nacido en un siglo en que por todas partes despuntaba el amor al saber, y cuando los caballeros de Castilla manejaban con no menor destreza la pluma que la lanza, recibiria probablemente una educacion esmerada, á gusto y sabor de aquellos tiempos, y como á tal persona convenia. De lo cual ofrece no peque¬ no indicio el haber subsistido hasta el dia de hoy un libro en letra antigua, escrito del propio puño de Pulgar, el de las hazañas (como en su cubierta se expresa, y custodiado como tal en el mismo archivo de su casa (6)) : en cu→ yo libro se contienen máximas y preceptos morales y retazos de historia, asemejándose no poco en su estilo y contexto á otros libros manuscritos de aquella época, en que tal afan habia por las obras de antiguos filósofos, buscan

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do tesoros de doctrina en las ruinas de Grecia y de Roma. Aun mas claramente se echa de ver la noble aficion de Pulgar á estudiar los sublimes modelos que aquellas naciones le ofrecian, cuando se advierte con cuanta satisfaccion alude á ellos en el breve resúmen histórico que dió á la estampa, y del cual se hará despues mencion; siendo, en mi juicio, harto mas que probable, que habiendo nacido dotado de imaginacion fogosa y de corazon altivo y magnánimo, el ejemplo de los héroes de la antigüedad, cuya virtud y grandeza admiraba, despertaria desde muy temprano en su pecho el ardiente deseo de imitarlos.

Pero el mejor doctrinal y espejo para el mozo Pulgar debieron ser los hechos y costumbres de sus pasados, leales á sus Monarcas, celosos del procomunal, apercibidos siempre y dispuestos á derramar su sangre en defensa de la religion y de la patria. Ya desde muy antiguo, como nacidos en la cuna de la libertad castellana, habian merecido por ello mucha estima y renombre (7); siendo tal el aliento y constancia que distinguian á los de aquella estirpe (cual si se transmitiesen de padres á hijos con la propia sangre), que tenian por escudo y blason un guerrero armado de punta en blanco, empujando con su espada el muro de una torre, y en derredor este orgulloso lema, de quien seguro de su esfuerzo desafía á la fortuna: "el pulgar quebrar y no doblar.”

De la misma boca de su padre oia embebecido el mancebo los claros hechos de sus mayores; y quien viera á aquel anciano, mal recobrado de sus heridas, y previendo con ánimo tranquilo que le iban á arrastrar al sepulcro, referir á su hijo las hazañas de sus abuelos; quien contemplára al jóven Hernando, pendiente de los labios del padre, enter

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necerse, retemblar, demudarse, sin poder contener dentro del pecho sus generosos ímpetus, bien pudiera prever desde entonces que aquel gallardo mozo estaba destinado á realzar el lustre y esplendor de su casa.

Oia sobre todo con especial ahínco, si ya con visos de emulacion honrosa, las hazañas de su bisabuelo Hernando del Pulgar, que llevó cabalmente su nombre, doncel del Señor Rey Don Juan el I, y que si bien compartió la escasa fortuna de aquel Príncipe en lides y batallas, ganó pa¬ ra sí fama y renombre en la guerra contra Portugal (8).

Con no menor esfuerzo, y al principio con mas próspera suerte, peleó largos años Pedro del Pulgar, hijo de aquel guerrero, señalándose en reencuentros y asaltos, en la toma de ciudades y villas; hallando al fin gloriosa muerte en el mismo campo de batalla (9).

"Dichoso mil veces mi padre (decia con lágrimas en los ojos el buen Rodrigo Perez del Pulgar á su hijo): murió á manos de infieles, peleando contra los enemigos de su religion y de su patria..... Dios le llevó á su gloria. Aquel, Hernando mio, aquel sí que era un noble; pundonoroso y liberal, tan valiente como cortés; su palabra valia por mik juramentos, y su espada estaba siempre pronta en favor del menesteroso y desvalido....... Mil veces me lo repitió en sus postreros años; que no parecia sino que el corazon le pronosticaba nuestras desventuras: aciagos tiempos te han ca→ bido en suerte, hijo mio, y no verás en Castilla sino alteraciones y escándalos..... Pero cuenta, Rodrigo, con empaǹar tu fama; sé siempre fiel al Rey y celoso del bien de tu patria; que si el cielo te depara desdichas, quien estuvo lejos de merecerlas bendice la mano de Dios, y las sobrelleva con buen ánimo!»

y

"Así me decia mi buen padre (proseguia el anciano), que me parece ahora mismo que estoy oyendo sus palabras; bien hube menester, hijo mio, no borrarlas de la memoria, cuando vi cundir en Castilla la llama de la guerra civil y abrasarlo todo y consumirlo..... Yo he visto con mis propios ojos (grima me da el pensarlo) pelear deudos contra deudos, hermanos contra hermanos, padres contra hijos y habiendo guerreado contra los enemigos de la fé hasta en la misma Vega de Granada, fue tal mi mala suerte, que escapé salvo de tantos peligros, para verter mi sangre á manos de españoles..... Dios los perdone, hijo mio, y te libre á tí de tamaña desdicha (10)!»

Ni una sola vez pudo proseguir el anciano, al recordar cómo habia sido herido en la defensa de Ciudad Real, cuando la acometida del Maestre de Calatrava (11); mas como advirtiese el buen viejo que su hijo Hernando se afligia, procuraba serenar el rostro, y estrechando su diestra con la suya (como del padre del Cid nos lo refieren): “esta, hijo mio, no blandirá la lanza sino contra los enemigos de Dios y de tu patria; mas cuenta no lo olvides (y le apretaba la mano con mas fuerza), ya sabes el blason de los tuyos: "el pulgar quebrar y no deblar."

No respondia el mancebo, ni menos daba muestras de dolor ó flaqueza; antes bien besaba humilde la mano de su padre, y le pedia su bendicion, seguro de llevar con ella la del cielo. Y acostumbrando el cuerpo á la intemperie y los trabajos, acreciendo las fuerzas con el rudo ejercicio de la caza, y llevando sobre sí las pesadas armas (que apenas con afan y sobrealiento pudiéramos nosotros levantar de la tierra), fue adquiriendo aquel temple y vigor que habia de ostentar algun dia.

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