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»Hechos de esta naturaleza, dice con razon el señor Pirala en su Historia de la guerra civil, son en verdad repugnantes. Culpose de este atentado al partido liberal, sobre lo que constantemente y con pruebas ha protestado; aunque justifica por otra parte algun tanto tal inculpacion la coincidencia de otros pliegos iguales, que se abrieron ya con precauciones, y fueron dirigidos al palacio de Madrid, y entre otros, uno á la princesa de Beira, actual esposa de D. Cárlos. Varios sucesos que con posterioridad tuvieron lugar en España y

fuera de ella, indujeron á sospechar si seria consecuencia de un vasto plan general fraguado por extranjeros; pero nada podia asegurarse á ciencia cierta, sin que pasara de mieras conjeturas en cuantas averiguaciones se hicieron, inclusa la sumaria que para lo mismo se formó. Despues de hacer las mayores diligencias, no quiso aumentar el número de los procesados por conjeturas y suposiciones, y desistió en la averiguacion de ellos, alegando á este efecto las declaraciones de uno de los presos en Cádiz por la muerte de su gobernador Hierro, dadas ante el sargento mayor de la plaza, D. Manuel Reyes, en las cuales expresó «sabia la maquinacion del pliego, y que D. Francisco Linage, empleado entonces en la capitania general de Galicia, tenia parte en el proyecto.»

» Trascribimos textualmente las palabras, sin comentario alguno, creyendo un deber consignarlas, si bien no admitimos la exactitud que puedan tener, pues Linage *continuó gozando el favor de Eguía y recibiendo las mismas pruebas de afecto y consideracion que anteriormente le dispensaba. Formóse otro proceso en la auditoría de Guerra de Valladolid contra el contador del hospital de Burgos, lla

mado Vidal, por el cual resultaban vehementes sospechas de que hubiese sido quien echara el pliego en el correo de Astorga; pero en todos los actos que mediaron en tan desagradable asunto, se echó de ver la falta de razones para señalar al culpable.

» A consecuencia de tales acontecimientos fué la real órden que apareció en la Gaceta de Madrid del sábado 14 de Noviembre de 1829, en la que se decia que: «Conformándose el

rey nuestro señor con el dictámen de su Consejo de ministros, habia tenido á bien autorizar al capitan general de Galicia, D. Nazario Eguía, para que, bajo las precauciones oportunas, pudiese firmar con estampilla, mediante haberse inutilizado en el real servicio.»

»En el propio año fué ascendido Eguía á teniente general, y de esta manera el rey Fernando premió los importantes servicios que le prestara, en obsequio del sosiego y tranquilidad del reino.»

A la muerte del rey, Maria Cristina le quitó el mando, y si bien le dió el título de conde de Casa-Eguía, le ofendió, obligándole á pasar

de D. Carlos, en donde llegó á ser general eu jefe del ejército carlista.

al campo

RIEGO.

Antes de ahora he bosquejado á grandes rasgos la historia de este militar, ídolo de los liberales de España, y causa de un himno que viene á representar en nuestro país, sobre po co más o menos, lo que La Marsellesa en Francia.

Posteriormente al referir á la ligera la historia de nues. tras discordias civiles desde el 20 al 30, he indicado la parte que tomó Riego en los sucesos.

Cúmpleme aquí hacer un verdadero estudio de su carácter, de su influencia en la marcha política del país y de los últimos momentos de su vida.

En España, más que el génio, es la casualidad quien crea á los grandes hombres, y la fortuna quien consolida su reputacion.

Yo bien sé que tratándose de ídolos populares, es peligroso y hasta impopular decir la verdad, por lo menos acercarse á ella.

Y, sin embargo, la verdad, que es la luz, se abre paso.

Al levantarse Riego en las Cabezas de San Juan, al proclamar la Constitucion del año 12, como tantos otros militares despues, más que por un sentimiento político fué guiado por un sentimiento personal.

Debia embarcarse para Ultramar y no queria: los soldados y los oficiales

que formaban parte del ejército expedicionario sufrian todo género de privaciones y enfermedades.

La insurreccion militar triunfó, porque se apoyó en un sentimiento general.

Los españoles, que habian clamado porque volviese Fernando al trono al verle en poder de sus enemigos, no podian soportar la conducta del rey y de sus secuaces.

Su política era la venganza, y no era esto lo que se prometian los héroes de la guerra de la Independencia de su Fera nando el Deseado.

Riego triunfó, obligó al rey á jurar la Constitucion y ahu, yentó á los absolutistas.

Hizo en Madrid su entrada triunfal: los halcones de la carrera estaban colgados; desde las ventanas y los tejados caian flores y coronas á los piés del vencedor.

Un testigo ocular me ha contado que entre los miles de curiosos

que

formaban las filas por donde se abria paso la comitiva se hallaba un viejo de condicion humilde.

-¡Viva Riego! gritaban unos.
-¡Viva nuestro libertador! exclamaban otros.
El viejo murmuró con sorna:

-Lo mismo entró Jesucristo en Jerusalen, y luego le crucificaron.

Estas palabras fueron una profecia.
El héroe fué objeto de los mayores agasajos.

La sociedad de la Fontana de Oro le dió un convite en la sala en que tenia sus sesiones, pasándose así en alborozo gran parte del 3 de Setiembre.

Debemos advertir que en medio del entusiasmo que reinaba en los más, no faltaban algunos que se mostrasen algo más tibios al notar la diferencia que existia entre el Riego efectivo y real y el que habian visto en su imaginacion.

Por la noche hubo en su obsequio funcion teatral en uno de los coliseos.

Acompañado de su estado mayor y de sus compañeros de banquete, se dirigió el general al teatro.

Su presencia produjo un gran entusiasmo.

Al mismo tiempo que calurosas aclamaciones resonó el himno

que

lleva su nombre. A la orquesta del teatro servian de coro los espectadores.

Calmada la algazara un instante, dirigió Riego desde su palco la palabra al auditorio, hablándole con más ardor que

por infor

elocuencia de libertad y Constitucion, y terminó marle de la existencia de otro himno mucho mejor que el que se habia compuesto en honor suyo.

Era el que aludia al Trágala y nadie en la córte tenia noticia de él.

Bello y característico, sin duda, como todos los de aquella época, pero atrozmente revolucionario y tal, que con solo escucharle invitaba, aun á los de carácter más pacífico, á llevar el compás sobre algun malhadado servil á puñadas, pescozones y palos.

No contento con el simple anuncio, quiso Riego que sus ayudantes entonasen el nuevo dos por cuatro para que el público se convenciese de la oportunidad de la música, y así con efecto lo hicieron.

Fué tal el entusiasmo que tanto la música como la letra produjeron en los espectadores, que concluyeron por entonar con los oficiales aquel conocido estribillo:

Tragala, trágala
tú, servilon,
tú que no quieres
Constitucion.

Esto, unido á los palmoteos y taconazos con que acompañaban los sforzandos del esdrújulo interminable que servia de dignísima letra á los veinte mortales tercetos de que dicho coro constaba, quedó convertido el teatro en verdadera plaza de toros, siendo inútiles cuantos esfuerzos hizo el jefe político desde su palco de la presidencia para calmar el des orden.

Sus palabras enfurecieron a los espectadores y hubo algu. nos que le amenazaron con arrojarle á la platea.

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