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el Júcar. A la sombra de sus limoneros se agrupa la población. En la cima del monte se apretaban las carrascas, plegadas y abatidas por

el viento marino, y entre sus manchas crece la grama espesa, corta y sazonada por el salobre ambiente que con lengua codiciosa siega el ganado y nutre las carnes del cebón e hinche la generosa ubre de las vacas.

Cerrado, pues, en este gigantesco castro, vivía ya en el siglo ix, y en el año de 863, Montano, abad de Santa María de Puerto, advocación del monasterio erigido en Santoña y que

у conserva la iglesia parroquial de esta villa. Tenía en su compañía a un cierto obispo Antonio, muy nombrado en escrituras del tiempo, quizás ahuyentado de su diócesis por persecuciones, quizás espontáneamente retirado de ella a la vida penitente y obscura del cenobio. Grandes males debieron sobrevenir, cuando antes de dos siglos la comunidad había sido dispersa, el monasterio desierto, y sus bienes andaban usurpados y repartidos en manos de los naturales. Un peregrino, que decía venir de Oriente, Paterno, llegó a estos parajes, entróse en la abandonada casa, convidó a hacer con él vida conventual a otros fervorosos y desengañados, y se dieron a labrar la tierra y a plantar viñas y pomares, predicando con el ejemplo y con la palabra. Luego se despertó naturalmente en ellos la idea de los derechos antiguos del monasterio; buscaron y hallaron los títulos e instrumentos, y pretendieron hacerlos valer. Los poseedores de las heredades resistieron lo que les parecía despojo, y siendo más numerosos y más fuertes, arrojaron a Paterno y sus compañeros de Santa María. Fuéles preciso acudir al entonces soberano de esta tierra, que era aquel don García IV de Navarra, llamado de Nájera, el cual, en la era de 1080 (año de J. C. de 1042) ordenó la restitución, puniendo de abad

p al Paterno y otorgándole los derechos señoriales de jurisdicción y asilo dentro de los términos de la posesión antigua (1).

Todavía en la era de 1292 (año de 1254) cita Yepes al abad

(1) Yepes.-Crónica general de la Orden de San Benito: tomo IV. Apéndice núm. 21.

don Fortuño o Fortun de Santa María; luego el monasterio, como tantos otros, queda anejo a Santa Maria la Real de Nájera, que percibe sus diezmos; y así van fundiéndose en otras más favorecidas o más considerables, y desaparecen dejando su advocación a las parroquiales de los pueblos, las innumerables fundaciones, exiguas y precarias que la Orden de San Benito, en el celo invasor de sus orígenes, derramó por las tierras de Occidente.

Si hubiéramos de juzgar de la hunianidad por estas mudanzas de atribuciones y oficio de sus mismas obras, por estos cambios de monasterio en fortaleza, de casa de oración y trabajo en casa de mortales intentos y enemigo recelo, diríamos que la humanidad retrocedía, y de mansos y pacíficos instintos había degenerado en propósitos feroces y de exterminio; más evidente signo de su mejora y progreso sería ver trocada la fábrica de guerra en fábrica de obras piadosas, el hierro del cañón en rueda industriosa, y el acero del sable en artisticos buriles.

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OR una llanada de maíz y heno corre el

camino de Laredo a Colindres, de Colindres a la marisma y barca de Treto, donde se cruza la ría de Marrón.

Guarda el paso una torre erigida en la orilla opuesta, atalaya del siglo xiv, semejante a tantas otras como vigilaban los cauces de los ríos desde su emboca

dura a sus fuentes, y los caminos desde la costa a Castilla. Por que cauces y caminos siguen una dirección misma, advertidos y enseñados los hombres al abrir sus salidas y senderos por las aguas que buscan los suyos con el menor trabajo y fatiga posibles, plegándose ante el obstáculo invencible, sorteando sus dificultades, cediendo en sazón, ganando tiempo y ahorrando esfuerzo.

Esas torres que hallaremos en todas las cuencas de la montaña, en las del Saja y el Besaya como en las del Asón y el Pas, eran la lengua que instantáneamente publicaba y extendía por la comarca la voz de los grandes sucesos, acometidas, invasiones, marchas de huestes, acampamentos y refriegas. La humareda que brotaba de su almenaje de día, la lumbrada que le coronaba de noche eran palabra elocuente y viva, claramente entendida por los infinitos ojos que de distancias diversas lo oteaban, el marinero desde su barca, el labrador desde su mies, el soldado desde su tronera, el leñador desde el monte, el trajinero desde su camino, el pastor desde la sierra, el bandolero desde su guarida, el monje desde su celda, y para cada uno, según su oficio y según la ocasión, tenía significado y acento distinto.

A unos atraía, a otros espantaba; ya esparcia terror, ya lo disipaba. Unas veces era señal para que los habitantes cerrasen sus puertas, los más cercanos se acogieran a la torre con mujeres, hijos y lo posible de su hacienda; otras señal de que el peligro estaba desvanecido, y los campesinos podían salir de su refugio y esparcir su ánimo y volver a sus faenas; era bandera de paz y bandera de guerra, convidaba a armarse o a soltar las armas, a pelear o a huir; era como la manifestación de una voluntad invisible que presidía al gobierno del valle, a su salud y a su custodia.

Libro de interesante lectura compondría el escritor que corriendo las atalayas describiese su situación pintoresca siempre, recordando los sucesos que han visto, el turbión de pasiones humanas que se han agitado y vivido dentro de sus muros o en torno o a vista de ellos.

Pero desde que asomó el caminante a los altos de Laredo, están llamándole los ojos y la curiosidad las doradas paredes de un edificio de aspecto monacal, que sobre un cinto sombrío de verdura se levanta en la orilla del agua, y parece recostado en un cerro.

Ahora que aunque a distancia el camino le rodea y envuelve pasando a Mediodía y torciéndose al Noroeste, el monasterio se destaca primero sobre los lejanos términos del monte de Santoña, después sobre la línea azul de la bahía y el Océano, y al otro lado del montecillo surgen las torres de la villa de Escalante, rojas como las paredes del monasterio, unas y otras del color maravilloso de las torres granadinas, y como ellas dando vivido y caliente tono al paisaje.

De la villa procede el convento. Habíala poblado, en 1246, García Gutiérrez de Ceballos, caballero de antiquisimo solar montañés y de raza de pobladores, porque un ascendiente suyo había hecho en Valdáliga, de donde al parecer su estirpe procedía, otro tanto como García Gutiérrez en Escalante. Los derechos de ahí originados y reconocidos se acumularon en ca

y beza de ina nieta del referido García, doña Elvira Alvarez de Ceballos, sucesora y heredera de sus estados.

Casó ésta con Fernán Pérez de Ayala, ilustre caballero alavés, y en su tiempo les fué reconocida la jurisdicción señorial por privilegio del rey Don Enrique II, despachado en 1370, y posteriormente confirmado por Don Juan I en 1379 y por Don Enrique III en 1393.

De nuevo recayó en hembra la sucesión, recogiéndola doña Mencía de Ayala, hija de Fernán y de Doña Elvira, los cuales concertaron casarla con un poderoso vecino, don Beltrán de Guevara, señor de las Casas de Guevara y de Oñate, los cuales habiendo dos hijos y estados bastantes para dejar en pos de sí dos casas igualmente honradas en caudal y en alcurnia, capitularon dividir su hacienda entre ambos.

El uno, que se llamó don Pedro, llevó la casa de Oñate y de Guevara; el otro, que se llamó don Beltrán, la de Escalante y de Ceballos. El resumen de los estados de ésta era el siguiente: la villa de Escalante en la merindad de Trasmiera, el condado de Tahalu, el marquesado de Rucandio, la villa de Pontejos, la de San Salvador, la de Gajano y los barrios de Anero. Y en Asturias de Santillana, el valle de Valdáliga, la villa de Treceño, Roiz, Labarces, Lamadrid, la Revilla, el Tejo, Caviedes, y en Polaciones la villa de Santa-Olalla, y en la Puente de Arce la Torre-fuerte con sus heredades y pozos de salmones (1).

y

(1) Memorial de la casa de Escalaute y servicios de ella.- Al rey nuestro se. ñor por doña María de Guevara, Manrique, condesa de Escalante y de Tahalu, vizcondesa de Treceño, etc., etc.-En Valladolid, año de 1655.

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