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mosura, del heroismo juvenil de la Grecia. Y es que a partir de la fecha memorable en que Fernando II conviértese, en la toma de Baza, en la de Málaga, y en la de Granada, en Fernando V de España; de España son las conquistas de los Cortés y los Pizarros, las jornadas de Pavia y San Quintin y el combate naval que impidió se extinguiese, en el Me. diterráneo, la civilización cristiana y trocárase San Pedro en Santa Sofía; el teatro de Lope es nuestro teatro; los cuadros rafaélicos de Juanes, nos pertenecen como Los Caprichos, La Tauromaquiu y Los Desastres de la Guerra del genio de Fuendetodos; y de la nación entera son la gloria de nuestros grandes teólogos tridentinos, los laureles de Bailén y los laureles de esta Zaragoza insigne, que, ara de sacrificio y altar de triunfo, su nombre, épico, como el de Numancia, santísimo, como el de Roma, sagrado, como el de Jerusalén, invocáronlo los oprimidos entre los hielos del Norte y sobre el sepulcro de Leónidas.

Pero si todo esto es verdad, lo es asimismo, que fueron una desgracia irreparable los sucesos acaecidos en la última mañana, del justiciago; cuyos sucesos serán bien conocidos, el día en que la ilustre Academia de la Historia publique los interesantisimos documentos que posee; satisfaciendo así, la necesidad de que nos hablan Martínez de la Rosa, Olózaga y Romero Ortiz, en magníficos discursos. Constitución alguna ha tenido preceptos más sabios que la nuestra. «En ninguna parte, dice un escritor, como en la monarquía de Pedro el Grande, estaban las prerrogativas de la Corona tan previsoramente limitadas, ni con tal firmeza garantidas las libertades públicas: ningún otro pueblo intervenía, con igual eficacia, los actos de todos los poderes: y así, ejerciendo pacifica, ordenada y constantemente esos amplios y tradicionales derechos, se formó el carácter aragonés; en el que la lealtad es proverbial, y el valor raya lan alto, que no bastando para enervarle dos siglos de servidumbres, Zaragoza, hizo en la Guerra de la Independencia, ante los héroes de las Pirámides, de Arcole, de Rivoli, del Beresina..., (repeliré lo escrito en otra parte)... (1) lo que si se leyera en la iliada, parecería una hiperbole del mendigo de Smirna. Yo bendigo la unión de las dos coronas, en las sienes de los Reyes Católicos, verificada merced á un conjunto de circunstancias dichosas, dispuestas por Dios; pero me duele que la noble España no cosechase las prosperidades que pudo, dadas sus condiciones. Porque es indudable; si el mis

(1) Diario de Avisos de Zaragoza,-3 y 4 de Febrero de 1881.

mo Fernando V, si el Emperador, si el sombrio Felipe, hubiesen llevado a los sitios en que la victoria coronó de laurel sus tercios, el hermoso y regenerador espíritu de las libres instituciones aragonesas, esta patria, conservando su preponderancia diplomática, según dice un autor moderno, y dirigiendo el movimiento intelectual que agitaba el mundo, hubiera sido la más considerada entre las grandes potencias; no habría pasado por la vergüenza del reinado de Carlos II y del tiempo de Godoy y Maria Luisa; en el que, sin Daoiz, Velarde, Mina, el alcalde de Mentellano, y otros héroes, hubiérase juzgado muerto el indomable espiritu que llevó a los almogávares al Bósforo y lanzó sobre el puente de barcas del Guadalquivir, á los sitiadores de Sevilla.

Aunque en un mismo blasón las barras y los costillos, la encina sagrada y los leones; no está perdida nuestra historia; no está perdida nuestra fisonomía; no está perdido nuestro carácter. Hoy como antes, no es el suelo aragonés fértil en personalidades insignes, por razones parecidas á las que han privado á España de tener una civilización propia, tan fecunda, tan acabada, tan influyente en el resto del linaje humano, cual la capitolina ó la griega. España no ha producido una civilización de la elegancia que nos cautiva en la artistica patria de Hesiodo y Fidias, por la intolerancia nativa de su raza; causa de «un fanatismo religioso ardentisimo, que aguijado por nuestro genio, en extremo nivelador y democrático, apenas ha consentido que nadie salga del camino trillado, ni que se levanten enérgicas individualidades y una aristocracia libre en las esferas del saber» (1). Los Almansur y los Cisneros, el cruel almoravide y el inquisidor sin entrañas, halagaron esta propensión; y encerrado el pensamiento en celdas más espantables, que las espantables celdas de la panóplica imaginada por Benthan, vino á caer en el ergotismo y en los más pueriles discreteos.

Dice con verdad el mejor de nuestros prosistas: «Dado que en nuestra historia no abundan los Haken II y los Alfonso X, es una maravilla que el árbol de la civilización no esté aqui caído». Agradezcámoslo, «á que es natural en nuestro suelo y en el tiene tan hondas raíces, que aunque se corte, reloña y reverdece». Ahora bien, en nuestro país natal, hay una razón más poderosa que en otro alguno, que impide el desarrollo de las elevadas personalidades, en

(1) Valera.

abundancia; siquier en él sea el ingenio, aunque algo tardo, digno del mayor elogio, y el aparejo y disposiciones de sus moradores para aventajarse en las letras y en las artes, cual testifican, Marcos Zapata, que es un Zorrilla en la leyenda; Unceta, que pinta el caballo, con el arte que han pintado, Troyon el toro, Greuze la paloma, R. Bonheur la cabra; Montañés, que en Badajoz, en el siglo xvi, habriase ganado la voluntad de Moroles; Ollela, que haciéndonos creer en la resurrección de Palestrina, con su admirable Miserere, da å las bóvedas de nuestras iglesias la magnitud del San Pedro de Roma; y Pradilla, que honra á su patria, cerca del sepulcro de Rafael, lo que un dia honró á la suya el Españoleto Ribera; aquel Españoleto Ribera!, «mendigo y opulento, libertino y virtuoso, enamorado y escéptico, que lo intentó y avasalló todo; la crudeza de la suerte, los halagos de la fortuna, la penalidad de los viajes, los tiros de la envidia, la variedad de los estudios, los tesoros de la naturaleza; y que tierno como el Corregio, áspero como Caravagio, anatómico como Miguel Angel, idealista como Sanzio, recordando unas veces al dulce Murillo y otras á Rubéns (1), contaba entre sus timbres, su silla en la Academia de San Lucas; el hábito de Cristo con que le distinguiese el Papa, y la amistad del triunfador é invencible que inmortalizó á sus amigos, á los principes, cortesanos y magnates con quienes conversaba; á los bufones cuyas gracias reía; el torno de la hilandera y los caballos y lebreles que más le apasionaban en los ojeos del Pordo; la munificencia de su regio padrino, pagada cop usura; la bondad de Spinola...; y que rey del arte tuvo por dinastia, al Tiziano, que Carlos V trataba como camarada, y el Arios. to honró en su inmortal poema; al Greco y al Mudo, que pertenecen a los tiempos del tétrico sucesor del solitario de Yuste, y al honrado y piadoso Tristán, cuya paleta es la joya de la época de Felipe III.

Esa razón más poderosa censiste, en que nuestro genio es el más democrático y nivelador de la Península, y tal circunstancia, unida al individualismo engendrado por nuestra característica altivez, y otras causas, hacen que las personalidades insignes en ciencias, en letras, en gobierno, no abunden aquí lo que en otras partes; que no tengamos el número de artistas, de poetas, de oradores, que la patria en que nacieron, el Duque de Rivas, el cantor de las Cortes de Córdoba y Burgos; García Gutiérrez, el inimitable G. Gu

(1) El Marqués de Molins.

tiérrez; Villegas, el autor del Bautizo; y Castelar, la figura más gronde de la historia universal de la palabra. Esta naturaleza, no es la amenisima naturaleza que sonríe y embalsuma el céfiro apacible, llenando el corazón de sentimientos, en las orillas en que Zurbarán poetizó el dolor y la resignación (1); ó en que nació el arte agraciada y pura de Juanes, ó en que se cultivó la seda para los ornamentos de la antigua Basílica de Recaredo; ó en que Garcilaso remedó en su lira de cristal y oro, los modos del Poeta de Venusa y del Poeta de Mantua: este sol, no es aquel brillantísimo, que quiebra sus rayos en mil suertes de luces, en las olas que se rompen, contra el adusto, aterrador y estéril peñasco, desengonzado de la tierra firme, entre el Mediterráneo y el Atlántico (2): el mundo que nos es visible, no excita la imaginación y pone en los labios, el copioso raudal de poesía, que la aérea, delicada y fascinadora Alhambra;bellisimo recuerdo de los que, primeramente, propagaron en Europa la astronomia, la alquimia, la pólvora, la artilleria, la brújula, el péndulo, el papel y los números; de los rivales de Bizancio, Persia, Damasco y la India, en la tapiceria, en la argentería, en los alfanjes y telas de algodón; de los que hicieron suyas las obras de Ptolomeo y Euclides, de Galeno é Hipócrates, del Jefe de la Academia y de Aristóteles el Stagirista; de los que erigiendo numerosas escuelas, acreditaron que los progresos humanos les eran con quista más preciada, que la de los paises sometidos á su dominio; de los que apasionados de lo grande y suntuoso, sin renunciar á su genio inventor, hicieronse, con el auxilio de éste, los imitadores modelo, en la historia de la humanidad (3). La riscosa montaña aragonesa y la grave melancolía de este cielo, estimulannos á meditar, á ser reflexivos; el apego a la idea de autoridad, nos induce á la imitación literaria; y sobria y austera la patria de Marcial y de los Horacios españoles, estas virtudes hacen, que viva siempre bajo la fronda del Arbol de Guernica de la Literatura; bajo el Arbol de los fueros del buen gusto.

El ingenio ibérico, en toda época, ha presentado los mismos caracteres; y si queréis convenceros, leed á Columela y á Rioja; la pintura del bosque druidico marsellés y la de la campiña de Florencia de Castelar, el cuadro de los Alpes, o el de los desiertos del Africa por Silio Itálico y las

(1) Gozlán. (2) Duque de Rivas. (3) Originalidad de la Agricultura árabe, por D. Francisco Enríquez.

descripciones de Valbuena; la Batalla de Lepanto del Pindaro andaluz y la Batalla de Guadalete de Espronceda. Y de igual modo, los mismos caracteres resplandecen en el ingenio aragonés, en la corte de los Césares, en la de los Felipes, y en la edad moderna; pues tanto podéis llamar á Marcial, Lupercio del Imperio y á Lupercio, Marcial del siglo xvii, como á Goya, Marcial y Lupercio de la Pintura: y... más aún!; si observáis el color blanco, en los lienzos del maligno cronista de las romerías y el color blanco en el lienzo de la Loca, creeréis que la paleta que hoy empuña el inmortal hijo de Villanueva de Gállego, es la que colgó la muerte, en lo hospitalaria tumba de los Goicoecheas. Si; los mismos caracteres adornan el ingenio de Aragón en los tiempos que corren, que en los que rodaron, cual hoja seca, a los abismos del pasado.

La nota satírica nos distinge:-aquella vocación especial para la Jurisprudencia; aquel sentido jurídico de nuestro antiguo pueblo vive aún, donde acaba de celebrarse un Congreso, que merece una página orlada, en la historia de las Asambleas científicas; donde se escribe sobre el Derecho, cual tienen acreditado jurisconsultos respetables (1), y hay hombres de foro que pueden contarse entre los buenos de España (2); fuimos el país de los poetas didácticos, preceplistas, historiadores y críticos insignes; y Andreu, Lagasca, Lera; como el Conde de Quinto y Lasala, a quienes deben las antigüedades de Aragón no menos que á Baggia y á la dramática pluma del primer Marqués de Pidal; como Principe, que forma con Samaniego é Iriarte, la trinidad de los Lafontaine españoles; como Julio Monreal que cultiva con fruto la sátira urbana, la sátira de los Argensola; como Oliván, uno de los espíritus analíticos más precisos y claros de su época; como D. Mariano Nougués Secall, el erudito portentoso, que contó entre sus timbres la atención con que le escuchaba, el que mejor conoce las jornadas de nuestras artes, las estatuas y los cuadros que poseemos, el que por la novedad de sus ideas, por el encanto singularísimo de su culto y atildado estilo, de natural elegancia, ocupa un lugar de honor, entre los que han dado

(1) Franco, Guillén, Savall, Penén, Martón Moner. (2) Herederos muy dignos de la toga y de la pluma de los Villalba, Laclaustra, Nogués y Lorbés, son los señores Gil Berges y Franco, los que mejor conocen sin duda el Derecho Aragonés en la Península; los señores Martón, Isábal y Espondaburu que con tal justicia han alcanzado una envidiable reputación, y por qué no contarle en el número, a pesar de su partida de bautismo?, el Sr. Escosura, que se encuentra a la altura de su apellido.

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