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CARTA-PRÓLOGO

DE D. JOSÉ ALEMANY, ACADÉMICO DE NÚMERO
DE LAS REALES ACADEMIAS DE LA LENGUA
Y DE LA HISTORIA.

Revdo. P. Javier Gorosterratzu:

Mi distinguido y estimado amigo: Acabo de leer las capillas de su libro acerca de D. Rodrigo Jiménez de Rada, y me apresuro a felicitarle por la paciente labor realizada calladamente por usted en bien de la historia patria, y por el elevado y castizo espíritu con que en él nos expone el fruto de su trabajo. Más de la mitad de las noticias que en el libro nos da, referentes a la vida y época de tan preclaro varón, eran para mí desconocidas; y creo que lo serían también para muchos de los que a estos estudios se dedican, porque yacian olvidadas en los archivos junto con los documentos que las contenían, y que V. con su tenaz perseverancia ha logrado sacar a luz. Con éstos a la vista, demuestra V. la inexactitud de especies que corrían como hechos ciertos entre los historiadores; y pone en evidencia la verdad histórica. Por ello, a la pregunta que me hace acerca de si su libro es digno de publicarse, le contesto que sí; porque merecerá, sin duda, los plácemes de cuantos se interesan por la historia de España y de la Iglesia en general, y de la vida y época de D. Rodrigo en particular.

Ya me dijo V., cuando nos vimos en esa ciudad de Pamplona, pronto hará un par de años, que el motivo que le había determinado a emprender las investigaciones, cuyo fruto es este libro, no fué otro sino el haber leído en «Razón y Fe» los articulos que el venerable P. Fita publicó por los años 1902 y 1903, en los cuales afirmaba el docto jesuíta que la asistencia de D. Rodrigo al Concilio IV de Letrán era una fábula. Así lo creía yo, y, tal vez, como yo, cuantos leyeran los dichos artículos. Pero lo que se tenía por fábula queda convertido en realidad histórica, según demuestra V. cumplidamente en el capítulo X de su obra; realidad que habrán de aceptar hasta los más apasionados en sostener y defender, por motivos plausibles también, la no asistencia del celebrado arzobispo a aquel Concilio.

El libro, pues, como le digo, será bien recibido y aplaudido; todo cuanto V. afirma en él, viene documentado; queda resuelta ya definitivamente la presencia de D. Rodrigo en el Concilio IV de Letrán; fija V. con precisión la fecha de erección de la catedral de Toledo; la de la creación del vicariato de las misiones españolas en el norte de Marruecos y da además preciosas noticias relativas a la composición de las obras históricas del arzobispo. La obra, además, arroja nueva luz sobre la historia de San Fernando en muchos puntos particulares; tales como sus relaciones con la Iglesia, las segundas bodas del Rey Santo, etc. etc.; y nos ofrece también la ciencia de D. Rodrigo, no contaminada ni en un ápice por la cultura semítica a pesar de conocerla y de haber vivido en el ambiente de su influencia. De valor es, asimismo, el bulario copioso del apéndice, que podrán utilizar los investigadores.

Espera, por lo tanto, la pronta publicación del libro su affectísimo amigo y s. s.

q. 1. b. 1. m.

José Alemany.

EXPLICACIONES NECESARIAS AL LECTOR

Sepa el lector en primer lugar el origen y la razón de la presente obra. Casi se la puede llamar hija de la casualidad. Allá, en la época de los férvidos estudios acerca de los principios del cristianismo en España, al profundizar la veneranda tradición española sobre la predicación de Santiago en nuestra tierra, el autor de este libro leyó en un trabajo eruditísimo (1) del más prestigioso y reputado investigador español moderno, el insigne P. Fidel Fita, la afirmación de que la asistencia del gran Arzobispo D. Rodrigo Jiménez de Rada al cuarto Concilio de Letrán, en el año 1215, era una fábula. Y sostenía el docto jesuíta su aserción con el fin de mantener incólume la gloriosa tradición española, recriminando a la vez acerbamente la audaz ligereza del famoso catedrático de la Historia eclesiástica en Roma, Duchesne, que en los últimos días del siglo veinte había osado citar el testimonio de D. Rodrigo en aquel Sínodo ecuménico, para rechazar la venida del santo Apostol a España. Claro está que el P. Fita seguía en esto a los más eminentes críticos españoles, que desde el siglo diez y seis acá han defendido la predicación de Santiago en nuestra Península, como lo verá el lector en su lugar, si bien ninguno de estos llegó a calificar de fábula el célebre episodio de la asistencia de Jiménez de Rada a aquel Concilio. Examinada la argumentación del jesuíta, como también la de los antiguos críticos, nos pareció deficientísima respecto de ese episodio, y fundada en postulados históricos inadmisibles. Nos propusimos entonces esclarecer y defender con un estudio a fondo tan famoso y controvertido episodio, por medio de una investigación adecuada y más completa, escrutando los Archivos y examinando las biografías publicadas sobre el Arzobispo.

Cuando de lleno profundizamos en el estudio de la materia y en el conocimiento de la vida y hehos de D. Rodrigo Jiménez de Rada el asombro nos dominó completamente. La investigación nos descubrió una cosa, que no nos imaginábamos. Que D. Rodrigo, el sabio y poliglota sin par en la edad media española, el padre de la Historia patria, el guerrero eximio, que salvó a España en las Navas de Tolosa y ensanchó las fronteras de Castilla con gloriosas expediciones y conquistas, e inspiró y dirigió genialmente las empresas bélicas de Alfonso VIII y San Fernando durante cuarenta años, el Canciller incomparable, gran ministro y sumo político de Castilla durante la misma era, el divino consejero, que transformó en Héroe a Alfonso octavo, en Santo a Fernando tercero y en Sabio a Alfonso décimo, el que promovió y procuró la unión definitiva de Castilla y León, el Prelado asombroso, que encumbró a la mayor grandeza la Sede toledana, consiguiendo para ella el timbre de la Primacía con esfuerzos maravillosos, y dotándole de una Catedral incomparable y de bienes y territorios conquistados sin fin, la lumbrera admirada de los Concilios ecuménicos de Letrán y de Lyón, el oráculo incesantemente consultado por los grandes Pontífices Romanos, Inocencio tercero, Honorio tercero, Gregorio nono e Inocencio cuarto, el Pastor santo, portento de caridad, celo, sabiduría y prudencia, que iluminó con su doctrina a la Iglesia de Dios y santificó a su grey, el varón de más fecundas y variadas iniciativas y empresas en todos los

(1) Razón y Fe. Años 1902-1903.

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